La democracia plena no existe, pero aun así, con el aliento del cristianismo, trata de darle sentido a un mundo incompleto que no acepta la paz por adorar la guerra y desprecia el bien común de la consistente mayoría por el culto a la codicia de una vana minoría.

Solo en Nicaragua un grupúsculo de la derecha, naufragando en su propio crepúsculo, reclama un amanecer ajeno, una victoria como galardón de sus fracasos obtenidos, un pueblo que hace tiempo le dio la espalda y una República a la que siempre maltrató.

Con el tema del Canal Interoceánico de Augusto C. Sandino, ni siquiera se han cuidado de maquillar su abominable práctica de República, porque carecen de su honroso concepto. Solo disponen de una herrumbrada armazón de entreguismos y falacias, fabricada con la misma envenenada materia prima de aquellas tristes republiquetas del siglo XX: los patio-traseros…

La conducción soberana de nuestro país, el mejor sueño del General de Niquinohomo, no comunica nada a estos líderes de la soledad perdurable. Ni siquiera en los 16 años de su mandato entendieron lo que encarna una República, peor que lo comprendan fuera de él.

Haga usted una revisión de la tendencia actual de los países del subhemisferio, y se encontrará con una creciente demostración, no vista antes, de sentido patrio, de reivindicación frente a las soberanías destartaladas por las potencias, en un claro abandono de las políticas del pasado para estrenar voces independientes, sin que ello derrape en una declaración de hostilidades. Repúblicas, no ecos; Causas-Patrias, no (d) efectos; partidos nacionales, no sometimientos adornados de huecas filosofías importadas.

Si ciudadanos de China Continental vienen al país, la derecha subalterna chilla desesperada cuando la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC, unánime se abre al gigante asiático. Es decir, hay que andar pidiendo permiso para esto y lo otro, con el primitivo cuento de la geopolítica, esperando la fosilizada señal de la metrópolis.

¿Acaso Richard M. Nixon pidió autorización “al mundo libre” para estrechar las manos de Mao Tse-tung y Chou En-lai en 1972 y jugar la primera partida de la diplomacia del ping-pong? 43 años y aquí siguen con el ¡uyuyuy el comunismo chino!

Democracia es la celebración del multiplicado voto superior – el de las muchedumbres – por una opción política. Es lo que hizo la ciudadanía en 2007 y 2011, y lo sostiene en 2015: el presidente Daniel Ortega Saavedra y la escritora Rosario Murillo generan un nivel de vasto apadrinamiento desde los fondos del pueblo que lleva ocho años.

No hay otra forma de ver el andar del Guerrillero de Las Segovias sino en las huellas de la multitud.

En las dos primeras encuestas con que las consultoras M&R y Cid Gallup inauguraron 2015, se comprueba que el liderazgo del sandinismo goza de una robusta salud, mientras la derecha conservadora se consolida en la nulidad.

La ciudadanía ve realidades, no las delirantes angustias de un mínimo sector que no reconoce su lúgubre lugar, si acaso tiene uno en el ranking de la preferencia nicaragüense.

El código de conducta democrática del sandinismo quedó escrito en piedra en la madrugada de pesadilla del 26 de febrero de 1990. Ahí se dio un paso en firme por la democracia. Pero una cosa son esas virtudes rubricadas de una forma recta a través de los avatares del tiempo y de las derrotas y otra los renglones torcidos de la derecha provinciana. Y la historia de la debacle opositora no es la Historia de la de Democracia, menos la de Nicaragua.

Estamos aquí ante una enorme impostura, en una malversación de valores y de la misma cultura nicaragüense. Se miente con propósito cuando se banaliza el concepto “Democracia” para degradarla a un precario sinónimo de “partidos democráticos”, en referencia a la extrema derecha.

Algunos medios, analistas y, por supuesto, los mismos políticos, sean partidos oficiales o encubiertos de oenegés, difunden la supersticiosa idea de que el papel periódico de la derecha, es decir ellos mismos, es el de ser la divinidad tutelar de la democracia.

Campañas trogloditas

Mientras ganó, jamás la derecha acusó de fraude al árbitro electoral en el 90, 96 y 2001; en el 2006 recurrieron al sambenito de culpar a la “división”, como si el sistema democrático fuese diseñado para trogloditas, donde el miedo sustituye la razón y el molote la fiesta cívica: “echar la vaca” y no la conciencia personal en la urna es irreconciliable con el auténtico espíritu de la República.

De partido a partido, el soberano siempre favoreció al FSLN. Por eso, ante la escasa fuerza partidaria, la derecha conservadora debió acudir a expedientes nada democráticos, rozando con el fascismo, que atrofiaron el crecimiento del país en todos los órdenes, desde el espiritual hasta el material:

1) Polarización. 2) Campañas sucias e intimidantes. 3) Tourrorismo de la extrema derecha internacional. 4) Amenaza de ciertos empresarios a sus trabajadores de que si perdía su candidato quedaban sin empleo. 5) Implacable manipulación religiosa. 6) Atentados a la moral del periodismo, como escribiera Gabriel García Márquez.

Los fonomímicos de la democracia cuando logran articular algunas palabras con sus propios labios, por inercia escupen vivas a los Golpes de Estado como el ejecutado en Honduras o las intentonas en Venezuela. Hasta sueñan reciclarlos en Nicaragua.
Y si hoy “disertan” sobre la división de poderes, ayer aceptaron alegremente, sin la hipersensibilidad “patriótica” de ahora, la detestable subordinación de poderes que significó la campaña electoral que hizo Oliver Garza a favor de su candidato Enrique Bolaños. ¿Fue Eduardo Montealegre a “golpearle la mesa” al embajador de George W. Bush por semejante intromisión?

No se sabe cómo es que estos conservadores “evocan” la República, ignorando la que de verdad se construye, pero sí conocemos que su patética manera de concebirla no se corresponde con ninguna civilización brillante.
En un mundo incompleto, hasta las nostalgias suelen ser postizas.