El papa Francisco aprobó la calidad de mártir para el obispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero, asesinado por escuadrones de la muerte en 1979, despejando así el camino para declararlo santo.

El martirio de Romero, que significa que el Vaticano considera que murió defendiendo las ideas de la iglesia, había sido cuestionado porque en su momento se argumentó que en realidad murió por motivos políticos y no por la fe.

El obispo abogaba desde el pulpito por los pobres y frecuentemente criticaba a los militares y al gobierno de ese tiempo, subordinado a la política de Estados Unidos.

Romero fue asesinado mientras ofrecía misa en una iglesia de la capital salvadoreña a manos de un francotirador que nunca fue juzgado, no obstante haber confesado públicamente el crimen. Como actor intelectual se ha señalado al exlíder del partido derechista ARENA, Roberto D’Abuisson, quien murió en 1992 cuando la guerra civil salvadoreña que se extendió por 12 años, ya había terminado.

Monseñor Romero, quien denunció incansablemente en sus homilías dominicales la represión militar y manifestó públicamente su solidaridad con las víctimas de la violencia, fue asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospital La Divina Providencia para enfermos de cáncer.

Un día antes de que fuera baleado por un francotirador, el arzobispo hizo un llamado al Ejército para que pusieran fin a las masacres.

"En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión", pidió el arzobispo.