Es difícil, por no decir imposible, que la historia de los hombres dé una segunda oportunidad, a menos que el propio Dios de la Historia autorice un “¡adelante!”, porque de alguna forma, y sobre todo de fondo, reconoce la sinceridad de los corazones que luchan por un mejor país.

Con esa bendición en el camino, lo sensato es desandar los errores para andar en la luz; amalgamar Nicaragua con su gran destino y no con la oscuridad de los viejos tiempos, cuyo nefasto pensamiento disuelve, mediante el acto litúrgico de sus páginas menores, la memoria trascendente de los héroes.

Nunca fue el propósito del Altísimo que las fuerzas hostiles a la dariana grandeza de la Patria, la degradaran a un papel bajísimo en la historia.

Por rebelarse el sandinismo a esos vetustos patrones del atraso que nos llevó desde la Independencia rendirle culto al subdesarrollo, es que los descendientes políticos de Adolfo Díaz y Emiliano Chamorro aborrecen a los continuadores del General Augusto C. Sandino.

Pasar del “paisito” que nunca pudo, por la palabra sin alma de sus líderes --- que cuando hablan de los que avanzan, mal dicen--- al país que sí puede, es porque se piensa en grande y hay un pueblo dispuesto no solo a reconocer las puertas que abre Dios, sino entrar, haciendo.

De eso se trata el buen gobierno, no el poder por el poder. Por eso es que se hace una Revolución, no un pastiche para los malos recuerdos.

El punto es construir el porvenir y dejar el pasado en los siglos que arruinó. Pero ahí respira su gloriosa decadencia a través de los que se consideran nacidos para mandar.

Solo ellos son la “institucionalidad” y el “Estado bla, bla”, aunque guardan para la prosapia, porque son “linajes mayores”, la toma del poder; entonces sí y solo así, “Nicaragua volverá a ser República”.

Se hace República…

Cuando la abstracta democracia baja de su inmaculado pedestal retórico para mancharse de vida real con los excluidos que ahora son protagonistas de programas económicos y sociales, y educación gratuita.

Cuando en lugares remotos, 146 mil 307 familias, desde 2012, abandonaron la Edad del Candil.

O cuando, por primera vez, un Presidente traza el cuadro completo para alcanzar una limpia soberanía energética (hoy 60%), apagando el antiguo paradigma de alumbrarnos con las sombras de la dependencia contaminante.

Al legalizar 68 mil 882 propiedades a igual número de familias, mientras en los últimos dos años se entregaron 36 mil 440 viviendas…
Cuando, por ejemplo, inversionistas como Cargill, de Estados Unidos, y un afiliado a Calsa, de Nicaragua, tienen confianza en la seguridad jurídica y económica de nuestra nación y deciden invertir, los primeros, otros 50 millones de dólares para ampliar su base productiva en Nicaragua, y los segundos, 18 millones en la reinvención nororiental de Managua.

Cultura del descarte

Cómo una minoría puede hablar de República si nunca se dio una vuelta electoral, en la última zona poblada de los escombros que quedó de la Managua devastada en 1972. Estas familias fueron tan descartadas por los candidatos de la derecha que ni su voz ni su voto les interesaba.

Esa cultura del descarte, advertida por el papa Francisco, la practican las agencias de “derechos humanos”, que yendo por motivaciones políticas hasta el último rincón de Nicaragua, jamás se interesaron en incluirlos en su lista de escándalos mediáticos. Y eso que al menos estaban a unas cuantas cuadras.

Ahora, aquellos sobrevivientes, ignorados hasta hace poco y damnificados de la codicia organizada desde hace mucho, poseen una morada decente y viven una República de verdad, no la frase prestada para ornamentar cualquier falacia.

De una parte acá, al ver que la Revolución, como dice la intelectual Rosario Murillo, ha creado “de la Mano de Dios, Nuevos Tiempos, Nuevas Realidades…, Más Convicción” entonces una vanidosa minoría intenta colocar, otra vez, la confrontación en el altar.

El arzobispo Leopoldo Brenes, en su primer aniversario de su incorporación al Colegio Cardenalicio, dijo en una entrevista realizada por Alberto Mora, que “el demonio quiere la confrontación”.

Fingiendo un “Alzheimer” político, aquellos que fueron huéspedes temporales e inexplicables de la Izquierda, y hoy apasionados mayordomos de la derecha, desean repetir la época triste.

Uno de estos personajes llegó a ignorar, por conveniencias de sus siglas de maletín, la presencia de sujetos que actúan al margen de la ley, denunciados por cafetaleros.

El Nuevo Diario precisó hace un año: “Alarmados se encuentran algunos productores de café (…) de Matagalpa, La Dalia, Rancho Grande y la zona limítrofe con Jinotega, por la aparición de una banda delincuencial que se moviliza buscando el día de pago a los cortadores del grano de oro.

“…estos delincuentes (armados con AK y mira telescópica) son dirigidos por Walter Flores, Saúl Linarte y otro solo identificado como Isaac, alias "Toro". Se movilizan desde El Paraíso hasta Fila Grande”. (27 de enero de 2014).

Pero la élite conservadora, ansiosa de contar con “alzados en armas”, se queja porque autoridades policiales las catalogan “peyorativamente” de “bandas delincuenciales”.

La zaranda

Sin la zaranda del 90 al 2001, es improbable un Frente Sandinista en la cúspide de la confianza ciudadana. No obstante, para sumar dos al hilo, 2007-2011, fue crucial la modernización del partido empujada por el presidente Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, y en especial el reconocimiento de que a cada Izquierda según su Historia.

Por eso, con la sacudida de las derrotas quedaron los que realmente llevan en la sangre una Revolución, no la de los estrechos manuales o la de los altos cargos o embajadas, desde donde, cómodamente acríticos y ahistóricos, todo “lo veían lindo” en los 80.

El sandinismo con su nueva generación, sin ayer revolucionario por falta de calendarios, reconoce en la patria a toda la ciudadanía. Y por supuesto, la necesaria zaranda cuando un alcalde o alcaldesa, permita, por omisión o mala administración, ensuciar dolosamente la divisa rojinegra.

Este es el FSLN de la paz, un partido no compuesto por ángeles, sino una organización de carne y hueso, ideales y realidades, errores y aciertos; sin el primitivo vicio del rencor y con la admirable virtud de la solidaridad cristiana en épocas de desgracias colectivas, como terremotos, derrumbes, sequías y diluvios, o personales.

Bien se ve, el sandinismo no es una estirpe condenada a la soledad como en la novela de Gabo, pues su batalla no se apertrecha de odios ni de dogmas: es Nicaragua misma en su lucha por no desperdiciar de nuevo otros cien años.

Por eso ameritaba una segunda oportunidad sobre la tierra.