No solo Francia está dolida. El acto de barbarie excepcional, como lo dijo su presidente François Hollande, también sacude la conciencia mundial y sobre todo, nos exhibe hasta dónde los radicalismos despiadados y venganzas execrables pueden causar graves pérdidas en todos los sentidos, en una centuria considerada la superior de la humanidad.

El grupo integrista musulmán, del cual no son culpables los pacíficos practicantes del Islam, nunca podrá justificar las muertes de 12 personas entre editores, periodistas y caricaturistas del semanario Charlie Hebdo, de París. La reacción del planeta es solidariamente dramática: “Yo soy Charlie”.

Charlie Hebdo no es un cuartel militar como no lo eran las Torres Gemelas; no es objetivo de guerra como tampoco Atocha; no constituye mucho menos una fuerza élite de comandos altamente adiestrados en asalto, como jamás lo fueron los maratonistas de Boston. La sala de redacción no es un campo de batalla. ¡Dios, su personal no merecía esa forma tan inicua de muerte!

¿Quién abrió la caja dónde estaban ocultos estos demonios? ¿Aparecieron de la nada? ¿Acaso hay alguna causa, una mano siniestra que destapó lo que debió estar reducido, aislado y condenado a su extinción para siempre?

Aunque haya una sola respuesta, nunca será lo suficientemente convincente para encontrar un pretexto que sirva de temporal analgésico para los corazones que hacen latir este siglo. Ninguna mortandad, ninguna masacre como la de Charlie Hebdo tendrán una explicación moral que pueda ponerse en pie, pero eso no quiere decir que la impunidad termine disfrazándose de olvido.

¿Qué diría Carlos Fuentes?

Hubo un escritor que abordó con la precisión de un formidable cirujano las guerras lejanas supuestamente “contra el terrorismo” que llevó peligrosamente un hombre sin luz, pero irresponsablemente poderoso. Nunca ofreció un argumento de peso más que un inmenso repertorio de falacias para llevar adelante sus propios experimentos como el fallido de las abejas asesinas en 1957, solo que en el impredecible terreno humano y con diabólicos propósitos: George W. Bush.

El finado novelista Carlos Fuentes dijo en 2004 a la Cadena Caracol: “El presidente Bush, en su pequeñez, quería vengarse de su padre (el ex mandatario George Bush), quería decirle: mira, papi, yo hice lo que tú no hiciste: derribo a Saddam Hussein, quien era una de esas criaturas, esos 'Frankenstein' que Estados Unidos crea de tiempo en tiempo y que luego se les rebela”.

Bush “ha conducido al mundo a una catástrofe absoluta, en la que ha desaparecido el derecho internacional y la justicia”. Este hombre “desastroso”, dijo, le asestó “un duro golpe a la lucha mundial contra el terrorismo, al desviar sus objetivos en favor de intereses personales”.

El ensayista se congratuló el noviembre de 2006 cuando “El elector de EE UU, al fin, se dio cuenta de que la guerra de Irak se basó en un rosario de mentiras. Sadam (Hussein) no tenía armas de destrucción masiva, lo que tenía era petróleo y el vice Cheney es tributario permanente de la poderosa petrolera Halliburton”.

Obviamente, el tejano no pertenece a la estirpe de los Washington, los Carter y los Clinton. Su código genético de “tonto y perverso” lo liga a Ronald Reagan, para Fuentes un “tonto y obsesivo”, y muy por debajo de los “inteligentes y perversos” Lindon B. Johnson y Richard M. Nixon. Y nada que ver con el “brillante y sacrificado” John F. Kennedy.

El intelectual describió a Sadam como “un déspota que no admitía ni de broma un terrorista en su feudo mesopotámico. Hoy Irak es lugar de cita del terrorismo mundial, y el espejismo de Bush -extender la democracia del Mediterráneo al Caspio- ignoró las profundas divisiones religiosas, políticas y tribales que separan a suníes, chiíes, kurdos y a sus respectivos aliados en Arabia Saudí, Afganistán, Pakistán y, sobre todo, Irán”.

Fuentes estaba preocupado por los efectos trágicos de aquellas invasiones cuyo jefe ignoraba la cultura, la religión y la historia de la región. Lo que le interesaba a Bush y Cheney eran los hidrocarburos, no hacer del planeta un mejor lugar para vivir.

Y Europa fue pasiva ante la maniática embestida de los teólogos neoconservadores, la otra cara del fanatismo religioso, que se tomaron Washington (2001-2009). “Dios quiere que yo sea Presidente”, dijo Bush.

Radiografía del escritor: “Guerra mentirosa: derrocar a Sadam no era la razón de la guerra y en Oriente Medio hay más de un tirano. Guerra contraproducente: Sadam y Osama Bin Laden eran enemigos, no aliados. La ocupación norteamericana dio a Al Qaeda la entrada a Irak que Sadam le negó”.

En 2007, Fuentes hendió su pluma así: “Bush no sólo invadió sin causa. Agravió. Creó menos seguridad. Resucitó la plétora de inquinas religiosas y nacionalistas en Mesopotamia. Hoy, Irak es un campo de batalla incontrolable por la fuerza de ocupación norteamericana. Suníes, chiíes y kurdos combaten por la supremacía. La balcanización religiosa y regional impide todo intento de unidad nacional”.

El doctor José Borjón, investigador del Colegio Veracruz, México, subraya las incisiones de Fuentes en su reseña del libro “Contra Bush”:

“… es cierto que los fundamentalismos son fuente de agresiones que se retroalimentan, el terrorismo se origina no sólo en el fundamentalismo religioso sino en la miseria económica, la opresión política y en la percepción distorsionada que el débil puede tener del fuerte. De ahí la obligación de éste, de promover políticas constructivas que eliminen los focos de tensión a los cuales acuden los insatisfechos y los fanáticos. George W. Bush no sólo no ha contribuido a resolver el problema del terrorismo, sino que lo ha exacerbado. Para vencerlo, habrá que drenar las aguas insalubres que lo crean”.

¡Cuántos atentados terroristas, además de guerras inútiles, se hubiera ahorrado el mundo con Al Gore de cuadragésimo tercer Presidente de los Estados Unidos! Pero ahí estaba Jeb Bush, en La Florida, para purgar de las listas de votantes a 57 mil afrodescendientes y demócratas, según investigó el fraude electoral Greg Palast, de The Guardian.

El camino de su hermano a la Casa Blanca estaba allanado.