El Ayataki (literalmente "La canción por los muertos": poema que se recita o se canta a la muerte de un ser amado, de un gran guerrero o una personalidad notable) fue organizado por Pilar Roca (cineasta nacional) y Federico García (cineasta también, además de escritor y poeta, presidente del Gremio de Escritores), y contó con la participación de destacadas personalidades del campo de la cultura, entre los que se encontraban poetas, pintores, músicos, cantantes, periodistas, luchadores sociales, miembros del cuerpo diplomático acreditado en el Perú, amigos personales y la familia del comandante Tomás Borge.

El Ayataki por Tomás se inició con unas palabras de bienvenida a cargo de Pilar Roca, quien explicó en qué consiste esta usanza ancestral: el ayataki es un antigua costumbre andina, que consiste en recordar al ausente y buscar su trascendencia a través del legado intelectual, político y moral que ha dejado en esta tierra. Un rito a la vez alegre y triste, celebración de la cosmovisión andina que ve la muerte como un viaje de vuelta a la vida.Nos apenamos por el alejamiento del ser amado o respetado, y nos alegramos porque sabemos que su muerte inicia un nuevo ciclo. Sobre todo un rescate de la memoria, que nos devuelve la presencia del ser amado y perpetúa su ejemplo.

Tras esta breve explicación para los no-iniciados, abrió la ceremonia don Avelino Rodríguez cantando con su charango un Ayataki compuesto por él, sobre unos versos, en quechua y castellano, de Federico García:


Tomás Wauqellay

Ña kutimunkiña hawra pahaman

Allinta llankámuranki

waqchasapa runakuna maytúspa

Wauqechay Tomás

Mayichaña kashanki

Hatun llankánchispi qémispa

Qéqsimuyumpi illarispa

Wauqepanaykunata yanapaspa

Punapúnchay sapapúnchay

Káqllataq wauqechay

Tupananchiskama hanapachapi

Wauqechay Tomascha

Chay sutiykita rimaspa

Qonqorikuni



Hermanito Tomás


ya volviste al cielo

allí estarás trabajando

a favor de los pobres.

Hermanito Tomás

¿dónde estarás ahora?

preocupado por el pueblo

liberando sus cadenas

ayudando hombres y mujeres

todos los días del año

igual que siempre.

Nos volveremos a ver

en el cielo infinito

Hermanito Tomás

pronuncio tu nombre

con respeto.


Luego ocuparon la mesa de honor los poetas: Rosina Valcárcel, Eduardo Arroyo, Winston Orrillo y Federico García quienes dieron testimonio de su amistad con Tomás, leyendo poemas del Comandante y textos propios por él inspirados. El poeta aymara, José Luis Ayala, lo conminó a regresar transformado en el viento que sacude los árboles (...) en la lluvia matinal que hace germinar la semilla (...) y multiplica las mieses para quienes nunca tuvieron nada (...) galopando al lado de Manuelita y Simón Bolívar.

Seguidamente, tocó el turno de los diplomáticos: los embajadores de Ecuador, Venezuela y Bolivia hicieron uso de la palabra para evocar la vida y obra del poeta y revolucionario nicaragüense. Víctor Cáceres, Primer Secretario de la Embajada de Bolivia, dijo que Tomás era un Jilata (amigo): un verdadero Jaq'e (hombre/ humano) con un supremo ideal ético que lo hizo defender los derechos de los más vulnerables. Alexander Yánez, Embajador de Venezuela, lo imaginó atravesando bajo el arco de sables de los Húsares de Junín, para ser bienvenido por el Libertador, y condecorado con la pluma y la espada, por Augusto Sandino y Rubén Darío.

Por último vino la intervención de Marcela Pérez Silva, en su doble condición de compañera de Tomás y flamante embajadora de Nicaragua. En un momento muy emotivo, Marcela agradeció la presencia de todos y las muestras de cariño, que habían logrado hacer de esa velada un momento mágico e inolvidable, convocando el espíritu y las enseñanzas de su esposo. También recordó anécdotas de su vida junto al Comandante y evocó pasajes de La paciente impaciencia. Terminó citando parte de un discurso del homenajeado cuando con voz de trueno y miel decía:

El hombre que no es capaz de soñar es un pobre diablo, un eunuco. El hombre que es capaz de soñar y de transformar sus sueños en realidad es un revolucionario.

El hombre que no es capaz de amar es un animal, un primate (no es casual que llamen "gorilas" a los asesinos uniformados de América latina). El hombre que es capaz de amar y de hacer del amor un instrumento de cambio, es también un revolucionario.

Un revolucionario es por lo tanto un poeta, un amante, un soñador. Porque no se puede ser revolucionario sin lágrimas en los ojos y sin dulzura en las manos[1].