La Virgen de Nazaret es una convocatoria a la obediencia a Dios.

En estos días suenan las bombas, triquitraques y cachinflines. Una parte de nuestro pueblo considera que ofrece un saludo explosivo a la bendita madre de Jesús, mientras se aprecia la sensibilidad de los funcionarios y trabajadores públicos católicos, en la elaboración de los altares en la Avenida De Bolívar a Chávez.

Las obras colectivas se magnifican en el mes más propicio para estas composiciones, cuya firma lleva la devoción que echa raíces en la formación cultural del Pacífico nicaragüense.

Al Gobierno Sandinista se le ataca de “ateo”, “insensible” y sin “valores cristianos” si se desmarca de esta veta popular en la recreación de los altares a La Purísima.

Si contribuye, como en efecto se aprecia en la principal avenida de Managua, los amargos le cuestionan de “manipular” la religión.

El cinismo de los líderes de la minoría derechista es evidente, porque mientras critican al sandinismo, quieren ganar el pueblo que no tienen, cambiando su desprestigiada tribuna por el púlpito ajeno, su poco creíble discurso por las pastorales, y sus plazas vacías por las procesiones. ¡Y dicen que no manipulan!

Ciertamente, si el presidente Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, el diputado Edwin Castro y la bancada del FSLN en la Asamblea Nacional, quisieran aprovechar los sentimientos religiosos, el tiempo indicado era el proceso de reforma a la Constitución. Ellos hubieran anulado el artículo 14, “El Estado no tiene religión oficial”.

Por falta de votos no se quedaban cortos para, de una vez por todas, declarar la república católica. De paso, halagarían al clero y nos convertiríamos en un Estado Parroquial. Gracias a Dios, no fue el caso.

Hay otro tipo de realidad más allá del efecto del ambiente acústico y lumínico de la tradición. Nuevas generaciones nutren otros credos sin pólvora y que, definitivamente, cambian el otrora mapa religioso de Nicaragua.

II

La Virgen María es una experiencia de fe que a la vez se vuelve en un símbolo de la unidad entre el Cielo, donde está el trono del Señor y la Tierra, estrado de sus pies. Percibirla como factor de disputas podría ser un asunto religioso, pero no de amor cristiano.

La Biblia al darnos las tempranas coordenadas de quien sería la madre del Señor, no narra una sola tilde donde pudiéramos arrancar una nueva religión, que es la única división con olor a incienso de la que pueden vanagloriarse los hombres.
El Espíritu Santo no entregó esta historia, y las subsiguientes referencias, como si fuera un menú para que cada quien se quedara con la parte que mejor le gustara.

Si la mujer más bienaventurada en toda la humanidad es una proclamación del mismo Creador para subrayar la unidad entre el mundo sobrenatural y el mundo natural, algo, o alguien más, debe estar operando en sentido contrario para destruir la revelación que culmina con el nacimiento de Jesús.

Hay, lamentablemente, posiciones fundamentalistas entre algunos miembros de denominaciones evangélicas que se hacen eco de ciertos predicadores internacionales que hablan, en tono despectivo, de “la María”, anulando su protagonismo. No es una actitud bíblica.

La virgen María entra en una relación directa con lo que podría llamarse otra dimensión o plano de vida: las puertas de una realidad donde obtuvo las bendiciones del Señor en todos los órdenes de su vida, hasta el punto de llevar en su seno al Primogénito de Dios.

Las bendiciones se extienden a quienes tengan en su corazón a aquel Hijo, quien aseguró: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. (Juan 10:10) En caso contrario, el mismo Redentor advirtió: “El ladrón sólo viene para robar y matar y destruir”.

III

Es impresionante que el Señor YHVH haya escogido a una muchacha de aldea, en la remotísima Israel y de un lugar que los mismos israelitas trataban con aspereza: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?”.

De estar delante de la presencia del Creador del Universo, de los cielos, la Tierra y sus mares, como confiesa el mismo Gabriel, pasó a la casa de “una virgen desposada con un varón que se llamaba José”.

“Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. No temas, porque has hallado gracia delante de Dios (Lucas 1: 28). Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS”.

Al preguntarle la Virgen cómo sería aquello, porque no conocía varón, el mensajero celeste le dijo que el Espíritu Santo la cubriría con su sombra, porque “nada hay imposible para Dios”.

Sí, Dios la prefirió a ella en vez de buscarla en los palacios imperiales del Palatino entre las hijas de la nobleza romana.
Ningún varón, ninguna muchacha, que puedan estar atravesando alguna tribulación, deben sentirse, aunque las circunstancias digan lo contrario, un olvidado de Dios.

Aquella jovencita reconoció a Dios por elevarla a su plenitud: “Engrandece mi alma al Señor; Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva”.

Dios puso en movimiento la historia con una jovencita anónima, cuando envió al ángel a la región de Galilea.

La propia Virgen María declara: “Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones”.

Ella es la madre del Verbo encarnado, Jesús, único puente que Dios tendió desde su Reino a los efímeros, hechos de baja arcilla, para devolverles la eternidad perdida: la reconciliación con el Señor.

La Virgen de Nazaret no se enredó en teologías humanas ni tradiciones. Solo obedeció la Palabra de Dios. Es su gran mensaje.
Sin importarle las consecuencias de su valiente decisión, de lo que pensara José, de morir lapidada según la Ley (Torá), y en un país sometido al Imperio Romano, ella respondió al ángel: “Soy la sierva del Señor, que se cumpla todo lo que has dicho”.