Cuando viajé por tierra la última vez a San Carlos, en 2006, le dije al doctor William Martínez que Nicaragua terminaba en Acoyapa. Una cosa es lo que abundaba en el mapa y las consignas nacionalistas de “Río San Juan es 100 % nica”, y otra la realidad que empezaba en un dudoso intento de carretera hacia el olvido.

Aquella “soberana” agitación se reducía a Managua que vibraba de titulares, declaraciones, noticieros, eufóricos cintillos en la TV y pegatinas en los automotores.

Después, la lejanía se encargaba de apagar el ruido y lo que quedaba atrás, mientras uno veía disolverse Acoyapa entre nubes de polvo, era una Nicaragua incompleta que no se había encontrado jamás con la Nicaragua que le faltaba.

Sin Canal Interoceánico nuestro país estaba partido y ninguno de los que hoy vuelven con su histeria patriotera se preocupó de juntar el departamento sureste con el resto de la República, primero porque eran los años del neoliberalismo, segundo, formaba parte del así-fue-siempre y tercero, qué les importaba a los gobiernos conservadores que los niños de aquellos poblados fronterizos entonaran el himno de Costa Rica, los enfermos se curaran allá…

Igual a los fariseos, hoy se rasgan las vestiduras y tratan, de acuerdo a su patético catálogo de megafalacias y melodramas, convertir el proyecto en un dragón infernal: “separación de familias y confiscación”, tema vendido a los organismos de derechos humanos; “división” desde las iguanas y anfibios, hasta los peces y venados, eje distribuido a algunos oenegés político-ambientalistas; y el “fin” del “incontaminado” Cocibolca, tema estrella de los “invitados especiales” para los simposios que deban realizarse.

Ahora que el Gobierno Sandinista, dirigido por el presidente Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, ha integrado el Río San Juan, la derecha fundamentalista tan apática con la suerte de esa importante porción del país, acusa a la Administración de querer “partir” a la patria.

La historia desde ya patentiza que esta es la primera Presidencia que en honor al General Augusto César Sandino, unifica la nación, al empeñarse en extender el desarrollo hasta sus abandonados linderos con la carretera de todo tiempo de Acoyapa - San Carlos- San Pancho y el puente Santa Fe, el más grande del país, en la frontera con Costa Rica. En tanto, gracias al trabajo del comandante Edén Pastora, se ha recuperado la navegación del río San Juan, donde se estima introducir 15 dragas el próximo año.

Volver a transitar lo que era intransitable, ocho años después, es una comprobación de cómo el Gobierno Sandinista va uniendo tantos “vigores dispersos”, sin importarle que estas regiones, despreciadas por la derecha neocolonial, no tengan un peso electoral significativo.

Con los recuerdos del fango y de las lagunetas que anegaban la vía hacia el trópico húmedo, el recorrido nos obliga actualizar las imágenes: el lodazal por el pavimento, los rústicos puentes, casi hechos para el paso de las viejas carretas, por modernísimas estructuras con tensores antisísmicos donadas y diseñadas por Japón como si fueran para una metrópolis; la angustia de los pasajeros del transporte colectivo que subían al bus con los primeros rayos del sol en Managua para bajar literalmente al ocaso de San Carlos, por unas cinco horas de viaje libre de atolladeros; la tribulación de siglos por la alegría de ver que por fin los hijos y las hijas de San Juan son ciudadanos tan nicaragüenses como los de León o Matagalpa.

Vino nuevo

El puerto fue para la dictadura de Somoza una Isla de Pinos, un castigo para los perseguidos políticos en la desembocadura del Gran Lago y, como región condenada que era entonces, así se le trató durante los años 90 y arranques del siglo XXI.

Ambientes escolares agradables, centro de salud impresionante, cancha sintética para la recreación de los muchachos, un hermoso boulevard y el remozamiento del aeropuerto, son algunas de las tantas obras que empiezan a cambiar su precario destino que permanecía intacto desde el paso de Mark Twain en 1866.

A pesar de los esfuerzos del Gobierno Sandinista, buena parte de San Carlos le sigue dando la espalda al Gran Lago, al río, a todo su potencial, y eso le decepciona al doctor Martínez. La ciudad en definitiva es otra, físicamente, pero todavía cuelga sus tristes calendarios, a veces más tangibles que el presente, para orearlos en el tendedero de la costumbre.

Tuberías de aguas grises que desembocan en el cuerpo de agua, jóvenes que lanzan desde el muelle a las cinco de la tarde, botellas plásticas; en otra parte “navegan” los vasos descartables, bolsas, paquetes de cigarrillos, la basura flotante…

De nuevo, uno verifica que el “amor” de ciertas oenegés al Cocibolca es platónico, por no decir demagógico, porque inventan seminarios, simposios, campañas en los hoteles de cinco estrellas en Managua, o en las aulas magnas de la universidad de turno, contra el Canal Interoceánico, pero son incapaces de ahorrarse esos montajes mediáticos para destinarlos a instruir a la ciudadanía en una verdadera querencia al Gran Lago.

El puerto cuenta con las armas de guerra más sonadas de la historia. Y seguramente los turistas querrán ver los cañones con que Rafaela Herrera venció a Nelson, pero no está registrado si el célebre Almirante dejó también en su huida el terrible olor a amoníaco que se desprende del emplazamiento de los artefactos y que ahora espanta a los visitantes.

Sacarse de la cabeza todo el pasado no es solo asunto de infraestructura, sino de educación: hasta el moderno edificio gubernamental, en la calle principal, se construyó calcado al antiguo molde de pueblo desamparado que sigue sin dar la cara al Lago. De ahí la necesidad de ajustar los Nuevos Tiempos al espíritu. Jesús advirtió: “Nadie echa el vino nuevo en odres viejos porque entonces los odres se revientan, el vino se derrama y los odres se pierden; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan”.

Así veo a San Carlos, la ciudad que se apaga tan temprano como si se hubiera quedado anclada en sus desgracias de antaño, sin entender su valor lacustre, sin conciencia colectiva de su propia belleza porque tampoco se aprecia en la noche que se apoya en las fundidas farolas de la plaza y el Malecón, para maltratarla de oscuridad.

Por ahí andamos, eso sí, con una seguridad ciudadana de país nórdico, porque la gente emana tanta paz que quizás por eso no se observan policías a pie en las calles.

Y un señor con su machete en reposo, recostado en una de las bancas frente al Lago, impasible como una escultura inmemorial, miraba el agua enmarcada entre el arco iris del Este y la transparente tarde del Sur donde al final amagaba, en su incertidumbre celeste, la silueta recortada del volcán Rincón de la Vieja, de Costa Rica.

-Ustedes no son de aquí

El señor parecía salir de sus pensamientos. “No”, le confirmamos. Platica, también imperturbable, y podría juzgarse hecho de otro lenguaje. Sus ojillos recuerdan los de Chac Mool. No le gusta que lancen plástico al Lago o que hablen contra el Canal, “¡claro que será bueno!”; no le gusta lo que a otros les complace hacer contra el formidable espejo de agua, tal vez sea parte de él, sí, tal vez sea el mismo Cocibolca que de vez en cuando sale a tratar de descifrar la ciudad de sus orillas.