Este dos de Noviembre con la esperanza en la resurrección a una vida plena nos acercaremos a las tumbas de nuestros familiares, amigos, hermanos, compañeros y evocando la voz del poeta les diremos al oído como en un susurro del alma: “No están muertos los que en paz descansan y disfrutan de una tumba fría. Muertos son lo que tienen muerta el alma y aún viven… Verdad profunda. Hay personas con cuerpos vivos, pero con almas muertas, indiferentes, insensibles, sin conciencia, avaros que solo buscan su propio bien olvidándose de los demás.

Queridos hermanos y amigos, la muerte es nuestra aliada permanente, se presenta sin ser invitada y nos arrebata lo que más amamos, sin embargo su acción se limita al cuerpo. El Espíritu trasciende, de ahí la interpelación apostólica de San Pablo cuando con fe y esperanza exclama: ¿Dónde está oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro tu victoria? (1 Corintios 15: 55)

Hoy al recordar a los que nos han antecedido, lo hacemos con profundo respeto, consientes que nosotros – los que aun vivimos- caminamos hacia ese mismo rumbo, como viendo al invisible, preparándonos para el trance de muerte a vida. Hoy presentes y mañana ausentes. Pero mientras estemos en este cuerpo terrenal nuestra misión debe ser de servicio a los demás, porque el que no vive para servir, no sirve para vivir. “Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: “Sorbida es la muerte en victoria, porque presentes o ausentes del cuerpo somos del Señor”.

Es esa fe bíblica basada en la resurrección de Jesús, que nos permite afirmar que la muerte no es el fin, la misma es solo un vehículo, un instrumento que nos hace pasar de muerte a vida, del presente al futuro, del aquí al más allá, de la dimensión limitada del cuerpo material a la dimensión superior del espíritu que trasciende al dolor y al llanto, para situarnos en el espacio y en el tiempo donde “no habrá más llanto y dolor” lugar donde cobrará vigencia plena la promesa del Jesús resucitado: “ Yo soy la resurrección y la vida , el que cree en mi aunque este muerto vivirá”.

(El autor es Presidente de la Coordinadora Evangélica-CEPRES y de la Comunidad de Fe)