Los liberianos se han acostumbrado a vivir con demonios. Mucho antes de que llegara el ébola, Liberia sobrellevó 14 años de guerra civil, misma que acabó con 200 mil vidas y provocó actos de barbarie que devastaron al país.

La guerra produjo generales locos que encabezaban sacrificios rituales de niños antes de ir a la batalla, desnudos excepto por los zapatos y un arma. Produjo combatientes de 10 años estimulados por anfetaminas que portaban rifles M16 mientras cargaban mochilas de osos de peluche, y violadores que usaban máscaras y vestidos de novia.

Cuando finalmente llegó a su fin, en el 2003, lo que quedó fue una nación de sobrevivientes, un lugar donde casi todas las personas de cierta edad tienen una historia dolorosa qué contar. Sé todo esto demasiado bien, como liberiano nativo que emigró a Estados Unidos.

Mi familia tiene sus propias historias de guerra. Una her-mana fue secuestrada y luchó para proteger a su hijo de 1 año mientras marchaba durante días atrás de líneas rebeldes. Otra hermana pasó dos años —dos años— ocultándose en lo profundo del país en un área conocida solo como Territorio 3C después de presenciar cuando hombres armados destripaban a un compañero de trabajo frente a su hijo.

Desde hace mucho tiempo dejé de preguntarle a las personas qué les sucedió durante la guerra. Pero mientras me desplazaba en semanas recientes por esta ciudad donde nací, reporteándo sobre la epidemia del ébola, estuve consciente de esto: hay una fortaleza aquí de la que nunca antes me había percatado.

Mi amigo Wael Hariz, un ciudadano libanez que vive aquí y estuvo fuera u par de meses, dijo que regresó a fines de septiembre esperando lo peor, tras ver la cobertura del ébola en el extranjero. Parado junto al Boulevard Tubman, la principal avenida de Monrovia, veía a los autos y peatones pasar. “Me había olvidado, después de lo que han pasado, de lo resiente que es la gente aquí”, expresó.

Adquirieron esa resistencia por las malas. Éste es un hermoso lugar, donde los bosques tropicales dan espacio a playas vírgenes de arena blanca. Pero el liberiano promedio vive con US$1.25 diarios, no tiene acceso a agua limpia y no tiene inodoro en casa. El liberiano promedio vive con madre, padre, tía, tío y primos segundos, compartiendo colchones en hacinadas chozas de dos cuartos.

Cuando uno de esos familiares se enferma, el liberiano promedio recorre calles lodosas y llenas de baches hasta el Boulevard Tubman para tomar un ta - xi que los lleve a la clínica más cercana.

Cuando Comfort Fayiah, de 32 años, fue devuelta el mes pasado de un hospital privado, dio a luz a gemelas en la tierra cerca de la calle Du Port Road. Transeúntes la rodearon para tratar de brindarle cuanta privacidad podían, mientras que un hombre y una mujer de la localidad recibían a las mellizas.

El nuevo demonio, por supuesto, es el ébola, que ha cobrado la vida de 2 mil 500 liberianos y ha atacado al doble de esa cifra, paralizado al sistema de salud del país, estancado a la economía y convertido en paria internacional a cual-quiera con un pasaporte liberiano.

Pero muchos liberianos tratan a la enfermedad con la misma resignación que a los asesinos del pasado — aceptando que la amenaza esta allí y haciendo todo lo posible para jugarle la vuelta—. Se lavan las manos con cloro y llegan hasta los termómetros láser en las entradas de los edificios públicos para checarse la temperatura. Siguen cuidando a familiares que caen enfermos porque no hay alternativa.

He estado tratando de mantenerme tan ecuánime como mis compatriotas, pero ya llevo demasiado tiempo viviendo en Estados Unidos. La preocupación me consume. Mi hermana mayor es trabajadora del sector salud en Liberia que está profundamente involucrada en la respuesta al ébola. Otra hermana, Eunice, es una administradora de pensiones en la compañía Firestone; todos los días pensionados hacen fila afuera de su oficina a 56 kilómetros de Monrovia y extienden la mano hacia ella para recibir sus cheques. Mi sobrina de 9 años, Nyepu, quien padece anemia de células falciformes, ha estado encerrada en la casa desde julio. Tengo pesadillas de que escapará.

Dos días después de que llegué a Monrovia, surgió la noticia de que un caso de ébola había sido diagnosticado en el Hospital Texas Health Presbyterian en Dallas, el primero en Estados Unidos.

Igual que la gente en EE. UU., todo mundo en Monrovia hablaba sobre el caso de Thomas Eric Duncan, el paciente de Dallas. La pregunta más importante aquí era si EE. UU. evitaría que los liberianos viajaran a ese país. No es que muchos consigan visas de todos modos.

Pero, ¿y si el presidente Barack Obama saca a las tropas estadounidenses que ha enviado para construir unidades de tratamiento? Cuando Duncan murió, la primera fatalidad por el ébola en EE. UU., en Monrovia se sospechó de ambos gobiernos. “Que-rían que muriera, para darnos una lección” de que no tratáramos de ir a EE. UU. con la esperanza de sobrevivir a la enfermedad, me dijo una amiga.

Su tono era casual. La vi - da aquí conlleva un mayor nivel de riesgo.

Hace una semana viajé al norte del país para cubrir a la presidenta Ellen Johnson Sirleaf. Pernocté en Gbarnga, pero tenía que regresar a Monrovia, a cuatro horas de camino, a las 5 de la madrugada. Un elemento del servicio de seguridad de la presidenta a quien yo conozco, Varsay Sirleaf, subió al auto conmigo. “No quiere que vayas solo”, comentó. Sabía que no tenía caso discutir.

Además, el camino era de terracería en partes, con baches y oscuro. Unos 30 minutos después de partir, en el tramo más os curo del camino, los faros delanteros detectaron una forma a un lado. “¡Deténte!”, gritó Varsay. “¡Es un cuerpo!”. Salió a toda prisa del auto, tomando una linterna y una pistola. “Pon los seguros”, dijo y se alejó.

Mi mente de inmediato viajó a la guerra civil, a soldados mágicos que salían saltando de los arbustos. Todo estaba silencio excepto por el latido de mi corazón.

Finalmente, Varsay re-gresó. “No estaba muerto”, me dijo. “Estaba borracho. Lo desperté y se metió en-tre los arbustos”.

No podía creer que él se acababa de acercar a un cuerpo a un lado del camino. “¡Pudo haber sido una emboscada!”, grité. “¡Pudo haber tenido ébola!”.

Varsay me miró. “¿Eso es lo que ustedes hacen en EE. UU.?”, preguntó.

Volteó hacia el frente. Luego, habló de nuevo. “Simplemente no puedes dejar a alguien junto al camino a morir”.