Se necesitaría padecer un alma perdida en los meandros de la miseria humana para no reconocer en Cuba a un país entregado a las causas justas. Su reciente decisión revela de qué valores está compuesta la Revolución: ir al África Occidental para enfrentar una peste surgida de los suburbios del Apocalipsis.

El elogio del gobierno del presidente Barack Obama y su Secretario de Estado, John Kerry, a la acción de combatir la plaga que tiene en vilo al planeta, salta por encima del inexcusable Muro Económico, Comercial y Financiero de 54 años.

Es obvio que Obama y Kerry no heredaron este bloqueo con todos los odios de sus constructores ni mucho menos el bilioso resentimiento del cada vez minoritario, pero mediático, grupo de Miami.

“Ya estamos viendo a países grandes y pequeños contribuir de forma impresionante a la primera línea (de combate al ébola). Cuba, un país de solo 11 millones de personas, ha enviado 165 profesionales, y planea enviar casi 300 más”, exaltó Kerry.

Los republicanos suscritos al ultra conservatismo serían incapaces de ofrecer una palabra amable hacia la República de Cuba. Peor si se tratara de Ileana Ros-Lehtinen, anclada en los años del macartismo, a quien la derecha ortodoxa de Nicaragua y la “izquierda” arrepentida idolatran hasta el disparate totalitario de creer que ellos tienen los sellos exclusivos de la verdad y la democracia.

Uno de los más respetado diarios norteamericanos, The New York Times, dedicó un editorial de espaldarazo a la República caribeña, y cita de Kerry el “coraje de todo profesional médico que está asumiendo este desafío”.

Es bien claro que el gobierno del presidente Raúl Castro no actúa empujado por lograr réditos políticos. Si hoy se da cuenta el mundo es debido al temor generado en Occidente por la pandemia.

La Revolución desde sus comienzos ha enviado misiones a más de 100 países en situaciones de emergencia por cólera, inundaciones, tsunami, tragedias como el terremoto de Managua en 1972. En esta ocasión luchará contra la muerte en sus propias fauces. Y nadie excede los límites del riesgo si no es por pura convicción.

NYT celebra

NYT cuestionó: “El pánico que ha generado la epidemia alrededor del mundo no ha producido una respuesta adecuada por parte de las naciones que tienen la capacidad de contribuir”.

Este fue el espíritu del planteamiento del presidente Daniel Ortega en La Habana, durante la Cumbre Extraordinaria del ALBA-TCP sobre el Ébola, la semana pasada, y que lo manipuló el partido impreso con el concurso de una derecha en el apogeo de su decadencia.

Mientras las autoridades norteamericanas y NYT públicamente confiesan su gratitud a Cuba, lo primero que sacan a relucir los conservadores nicaragüenses, a través de sus medios y rencores completos, es la ruindad ante situaciones tan trágicas como las que viven Liberia, Sierra Leona y Guinea Conakry.

Es lo triste de las almas pequeñas que no toleran la grandeza de aquellos que ante la cubanísima actitud revolucionaria, se autoconvocan para contribuir con una respuesta global. Tan descontrolados andan de malos espíritus que ni cien homilías juntas del obispo auxiliar de Managua, Silvio Báez, serían capaces de exorcizar.

Sin embargo, Nicaragua fue una de las naciones que destacó al pueblo de Cuba en ser “el primero del mundo que movilizó brigadas médicas como Gobierno hacia el continente africano”, según refirió la escritora Rosario Murillo, el 10 de octubre.

El reflexivo editorial de NYT dice que Cuba “podría terminar jugando el papel más destacado entre las naciones que están trabajando para refrenar la propagación del virus”.

También da una lección a quienes desde el extremismo conservador han endurecido su corazón, cuando debería esperarse lo mejor del género humano:

“Es lamentable que Washington, el principal contribuyente financiero a la lucha contra el ébola, no tenga vínculos diplomáticos con La Habana, dado que Cuba podría terminar desempeñando la labor más vital. En este caso, la enemistad tiene repercusiones de vida o muerte, ya que las dos capitales no tienen mecanismos para coordinar sus esfuerzos a alto nivel”.

El Contingente “Henry Reeve” es un símbolo tangible de lo que es capaz de hacer un pueblo por los desamparados de este siglo, y aunque no es el propósito del Gobierno Revolucionario aprovechar el momento para que la Casa Blanca derribe el Muro Económico, es muy cierto lo que el citado diario señala:

“Para la administración Obama, este dilema tiene que enfatizar la idea de que los frutos de normalizar la relación con Cuba conlleva muchos más beneficios que riesgos”.

La verdadera izquierda de Latinoamérica y Europa, y los hombres y mujeres sensatos de otras banderas políticas, urgen la caída del Muro Económico y la liberación de los tres antiterroristas cubanos que guardan prisión en los Estados Unidos: Gerardo Hernández, Antonio Guerrero y Ramón Labañino.

Cuba no promueve el terrorismo, sino la vida: ha llevado salud, educación y ciencia a los países subdesarrollados y los muertos, en todo caso, los ha puesto esa extraordinaria nación en labores humanitarias. Si algún peligro representa para la Tierra es el de resultar contagiada de su constancia samaritana.

Demoler el último monumento a la estupidez que aún queda en pie del atroz manicomio de la Guerra Fría, el bloqueo tan venerado por el ala neurótica de la derecha, es una demanda planetaria.

Es lo menos que se puede hacer por Cuba.