En la mente de doña Nohemy Orozco aún reina la confusión. Era poco más de ocho de la noche cuando estando ya acostada escuchó lo que creyó era rayo. Momentos después la fuerte tormenta que azotaba Managua le dejaba un recuerdo imborrable: su hijo Douglas Javier Orozco, de 18 años, y la compañera de este, Jenny Rayo, de 15 años, yacían muertos bajo toneladas de tierra y concreto. Lo que doña Nohemy había escuchado no era un rayo, era la rotura de un enorme muro perimetral que dejó como saldo 9 personas muertas en el barrio 18 de Mayo, en lo que fue una trágica noche para todos los managuas.

El cuerpo de Douglas está siendo velado en la iglesia del barrio, y a pocos pasos del ataúd su mamá no hace más que rememorar esos primeros momentos de angustia cuando sus vecinos se abalanzaron para tratar de sacar los cuerpos de debajo de los escombros.

Doña Nohemy habitaba a pocos pasos de la casa de su hijo y recuerda que lo único que se le ocurrió fue usar sus manos para escarbar la tierra y las piedras, pero esto era un esfuerzo inútil. “No había nada que hacer”, señala embargada de dolor, mientras sus vecinos y amigos tratan de consolarla.

“Fue una cosa horrible. Ya estaban acostados”, agrega.

En la iglesia donde está siendo velado Douglas, también estaban los cuerpos del joven José García y de Jenny Rayo, sin embargo, fueron trasladaros hacia la comarca San Isidro de La Cruz Verde donde están siendo velados por sus familiares.

Momentos de miedo y confusión

Doña Nohemy afirma que el lugar donde habitaban era un punto riesgoso, pero que sus condiciones de pobreza no les permitían optar por un terreno más seguro. Tras la tragedia, sus deseos están enfocados en irse del lugar de la tragedia.

Asegura que el día lunes cuando ocurrió el terremoto magnitud 7.3, cundió el pánico entre los vecinos de que el muro colapsara, sin imaginarse que sería la lluvia la que finalmente lo llevaría a tierra.

“Era inesperado. El día que esperábamos que cayerá, no cayó. Cayó hasta después”, expresa esta dolorida madre.

Su compañero de vida, Marcelino Cortez García, indica que primero creyeron que la casa había colapsado debido a la lluvia, pero al percatarse de la realidad de la tragedia empezaron a pedir auxilio a los demás vecinos.

“Nosotros pensábamos que era la casa que había caído sola, pero vamos viendo que (realmente) era el pedrero que había caído encima de la casita. A esa hora empezamos a llorar y a gritar que nos ayudaran”, refiere.

Douglas era un muchacho que cotidianamente asistía a la iglesia evangélica del barrio. El pastor Reynaldo Lainez, recuerda que estando en su casa en el barrio 19 de Julio veía las noticias de última hora sobre los estragos de la tormenta cuando las imágenes se enfocaron en la tragedia del barrio 18 de Mayo. En ese momento se percató que los muertos eran sus hermanos en la fe.

“Douglas era mi hermano, y yo siento mucho (dolor) no solamente la muerte de él sino la de los otros porque fueron miembros de la Iglesia”, expresa.

“Este es un dolor que todos lo sentimos, porque somos hermanos no solamente en Cristo, sino en sangre porque somos todos humanos, somos hijos de un solo Padre”, subraya el pastor evangélico.

Para evitar que esta tragedia vuelva a suceder, el Gobierno de Nicaragua ha evacuado varias familias del barrio 18 de Mayo hacia un centro de albergue donde son atendidos por las diferentes instituciones del Estado.