Debía ser la celebración de un triunfo de la ingeniería asociado íntimamente con el nacimiento de Panamá como país independiente.

El festejo el viernes del centésimo aniversario del Canal de Panamá, no obstante, sorprende a la nación sumida en dudas en torno a su capacidad para aprovechar al máximo la expansión del paso con otro proyecto monumental considerado vital para el futuro de la vía interoceánica. La iniciativa ha sido golpeada por sobrecostos, huelgas y una posible competencia a la vuelta de la esquina.

El Canal, que en su momento revolucionó el comercio mundial y cuya construcción cobró la vida de miles de trabajadores, ha ido perdiendo relevancia al no poder admitir los barcos "post-Panamax", de gran calado que se usan ahora.

Muchos de ellos cambiaron de ruta y prefieren ahora usar el Canal de Suez, que es mucho más grande.

A esto se suma la posible competencia de un canal a través de Nicaragua.

Panamá que, alentada por Estados Unidos, se independizó de Colombia para construir el canal y asumió su control pleno en 1999, tomó el toro por los cuernos y encaró una expansión de 5 mil 250 millones de dólares.

Pensaban tener lista la obra para el 15 de agosto, día del centenario, pero a raíz de las demoras, una disputa por presuntos sobrecostos por mil 600 millones de dólares, que paralizó las obras de ampliación en febrero, una huelga de obreros de dos semanas ocurrida en mayo, la nueva obra estaría lista en el mejor de los casos a principios de 2016, según las autoridades del Canal.

En los últimos dos años, grandes líneas navieras como Maersk de Dinamarca y Evergreen de Taiwán han dejado de hacer tránsitos con buques de 4 mil y 5 mil contenedores entre Asia y la costa este de Estados Unidos para utilizar el Canal de Suez, por el que pasan barcos con más del doble de la carga que puede recibir el Canal de Panamá.

Panamá celebra el centenario aunque sin grandes actos o la presencia de líderes mundiales. El viernes habrá una romería para los millares de trabajadores muertos durante la construcción de la vía y se celebrará una gala en la que se presentará el cantautor panameño de salsa Rubén Blades.

De acuerdo con cálculos de la época, casi 30 mil obreros murieron durante la construcción del canal, principalmente a raíz de malaria y la fiebre amarilla causadas por mosquitos del trópico. Las muertes, en su mayoría de obreros de las islas de las Antillas, se dieron mayormente durante el período en que el proyecto estuvo en manos de una compañía francesa, entre 1881 y 1886.

La aventura francesa quebró y Estados Unidos compró los derechos del proyecto con el fin de terminarlo, para lo cual auspició el movimiento separatista panameño de una Colombia que había rechazado antes un tratado con los estadounidenses para proseguir la construcción por la que era entonces una provincia bajo jurisdicción colombiana "olvidada" y con la gente en condiciones "infrahumanas".

Estados Unidos, que antes había enfocado sus estudios en la posibilidad de construir un canal por Nicaragua, obtuvo la concesión a perpetuidad de la ruta panameña y una amplia zona de 8 kilómetros a cada lado de la zanja. Esto creó sendas fricciones con los panameños, incluso con episodios de enfrentamientos violentos que empujaron a la larga un tratado entre ambos países para la transferencia de la vía.

Panamá también heredó de la construcción del canal grandes infraestructuras viales, portuarias y zonas edificadas, además de que se libró de las enfermedades tropicales que devastaron a buena parte de la masa de trabajadores canaleros.

El canal le aporta en la actualidad a las arcas del Estado mil millones de dólares al año, aunque las actividades relacionadas con la vía representan casi el 20 por ciento del Producto Interno Bruto del país.

Muchos habitantes de poblados aledaños a la zanja, que estuvieron bajo control de las autoridades civiles y militares de Estados Unidos, quieren ver culminada la ampliación para ver pasar los buques gigantes.

"Este hubiese sido el momento para festejar esa obra, que necesitamos todos urgentemente", dijo Carlos Bennett, un taxista turístico de 60 años, del poblado de Paraíso, cercano a una de las esclusas y desde donde se ven pasar los barcos de cerca. En este lugar se mantienen vestigios de la antigua presencia estadounidense, como una estafeta de correo y un viejo caserón de madera con varios cuartos en que habitaron obreros y militares norteamericanos solteros.

"Panamá tiene que exigirle a los constructores extranjeros que se dejen de pleitos y nos entreguen la obra (ampliada) el otro año", agregó Bennett, nieto de un ex trabajador en la construcción del canal que emigró desde Islas Vírgenes británicas. "No podemos darnos el lujo de quedar como incapaces ante el mundo".