Puede ser que si el cronista de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, hubiera vuelto a la vida, antes de la apertura del Puerto Salvador Allende y otras obras de recuperación espacial urbana, describiría a Managua como la dejó en 1528, cuando desmintió los fabulosos informes de Pedrarias Dávila y Francisco Hernández de Córdoba, dirigidos al emperador Carlos V:

“… a la verdad fue una hermosa y populosa plaza, e como estaba tendida a orilla de aquella laguna, yendo de León a ella, tomaba mucho espacio; pero no tanto ni habiendo cuerpo de cibdad, sino un barrio o plaza, delante de otro con harto intervalo; e cuando más próspero estuvo (antes que entrase allí la polilla de la guerra) fue una congregación extendida e desvariada, como en aquel valle de Alava o en Vizcaya e Galicia…”. (1)

Después del 23 de diciembre de 1972, Managua se convirtió en la única capital del mundo que no tenía una ciudad donde recostar su cabeza.

Hoy, sin discurso de por medio, a punta de hechos, la otrora Leal Villa de Santiago le da de nuevo la cara al Xolotlán, víctima del primer mega ecocidio que ejecutó un gobierno liberal en 1930, al decidir que se descargaran todas las aguas negras en el bello espejo de los pescadores.

Y fue también un régimen liberal, tras cercarlo con un cinturón industrial, que ordenó en 1973 que la costa del desafortunado cuerpo de agua se convirtiera en el cementerio de los edificios demolidos.

Durante la mayor parte de las administraciones liberales o neos, nunca hubo siquiera el amor de fachada de las tribunas, menos el interés, vía Presupuesto, para construirla, porque no se trata de “reconstruir” Managua, sino de volver a hacerla. Y se está haciendo.

Con este trascendente paso, el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, reconcilia y une a la ciudad con el segundo lago importante de Nicaragua. Ahí, al norte de Managua la gente puede, además de palparlo, caminar dentro del mejor símbolo del cambio: la recuperación de lo perdido, y las posibilidades abiertas de futuro que sintetiza la ruta del Frente Sandinista.

El GRUN y las autoridades municipales se han propuesto promover el complejo urbanístico, a dotarlo no solo de una infraestructura, porque esto no es asunto de hierro, cemento y atrevidas propuestas, sino también contribuir con los managuas a darle un sentimiento de ciudad.

Hasta el impulso de la ampliada Avenida de Chávez a Bolívar, el Parque Infantil Luis Alfonso Velásquez Flores, la remozada Avenida Sandino, antes Roosevelt, el Malecón y la Plaza de la Revolución, Managua ni siquiera contaba con un centro.

El interés sandinista es que deje de ser la primera capital del planeta sin calles para vivirla. Y no hay ciudad si no se le camina, si no se le anda, si no se le siente, como se aprecia en el inspirado Paseo Xolotlán.

Ignorancia especializada

El líder de uno de los PLI, Eduardo Montealegre, dijo algo que exhibe una ignorancia especializada: que “el gobierno de Daniel Ortega será recordado como ´destructor´ por su afán de destruir todo lo que edificaron los gobiernos anteriores”.

Pregunta: ¿y qué es ese “todo” que “edificaron” los gobiernos anteriores? Las administraciones señaladas se inauguraron con el desmantelamiento del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, FP de N, y desconectar Managua del candor humano, cultural y laborioso que le daban las comarcas y pueblos por donde pasaba el tren. ¿Qué ganó Nicaragua con esa atrocidad de acabar con más de 100 años de Historia, desde que la locomotora se encarriló en su primer tramo Managua-Masaya, en 1884?

Lo único nuevo que los regímenes de derecha fundamentalista le hicieron a la capital fueron unas fuentes, tres rotondas y un desorden babilónico al sur de Managua.

Los políticos que hoy se reciclan como “ecologistas preocupadísimos”, no enviaron especialistas a estudiar los daños en las zonas de recarga acuífera Las Sierritas-Ticuantepe.

Ni sus alcaldes ni sus presidentes demostraron algún modesto amor por Managua: no se preocuparon por rescatar su centro, o crear otro. Una ciudad sin corazón no es ciudad, solo es un montón de inmuebles, asentamientos y barrios, desarticulados, sin vida, extendiéndose sin misericordia con pegostes habitacionales y comerciales.

La Plaza de la Revolución

Uno de los hechos dirigido a desintegrar lo poco que conservaba Managua de urbe, y que se salvó de las fuerzas telúricas, fue la atroz idea de “construir” en la Plaza, una llamada “fuente musical”, para despedir el siglo XX. En ningún lugar del orbe cabe arruinar el emblemático espíritu que da razón, gusto y prestancia al principal emplazamiento de un país, ahogando de paso el Kilómetro Cero.

La Managua que encontraron Pedrarias y su capitán de avanzada, contaba con la plaza estimada de los aztecas, por vía de los pueblos escindidos de esa cultura máxima, y los colonizadores españoles respetaron y definieron esa expansión, trazada a cordel después.

La Plaza Mayor, en este caso la Plaza de la Revolución, es lo que hace de Managua parte del concepto acuñado por Jorge Hardy: el “modelo clásico de la ciudad hispanoamericana”. Es, pues, “un elemento estructural fundamental. Es el centro de la ciudad, centro geométrico, centro vital y centro simbólico”. Además, “en el trazado urbano es su elemento generador. Toda la ciudad se organiza a partir de él”, la extendida cuadrícula española en América, que nos organiza básicamente en calles, cuadras y manzanas.

En 1573, es decir, 50 años después de fundada la primera ciudad, Granada, el rey Felipe II, en las Ordenanzas de Descubrimiento y Población, aprecia el valor de respetar el corazón que bombea de orden una verdadera ciudad: “Comenzando desde la Plaza Mayor y sacando desde ella las calles”. (2)

El FSLN, dirigido por el comandante Ortega y la escritora Rosario Murillo, empezó esta enorme operación a corazón abierto de la antigua Villa para devolverle su centro y articularlo por sus cuatro costados. Es más, acabó con la relación inhóspita de la capital con el Xolotlán: Managua recobró su alma lacustre, un histórico acontecimiento cuya corona principal es la reconciliación ambiental.

Los capitalinos mayores tienen derecho hasta de heredar sus nostalgias por el área devastada, y las nuevas generaciones contar con una ciudad, ser parte de su paisaje humano y latir con ella.

Notas:
1) Nicaragua, sus gentes y paisajes. E.G. Squier. P. 261
2) El sueño de un orden. Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo, España. pp. 14-15-71.