Ahora serán capaces de rasgarse las vestiduras ante la masacre de cinco nicaragüenses sandinistas, más los heridos, y presentarse como los abanderados de la paz y la tolerancia, pero esa misma minoría, la del pasado organizado, es la que ha otorgado a los criminales el sospechoso título de “grupos armados con motivaciones políticas”.

Ahí están los prefabricados “paladines”, como aquel que utiliza un “pistolón hermoso y grande”, según lo detallara cierto político embelesado que ha patrocinado la unidad liberal con los mismos resultados de sus ungidos en los comicios: el fracaso total.

Jamás se atizó el odio con una minuciosa y envenenada dedicación como solo se sufrió durante los 45 años de dictadura somocista. Algunos han servido de relacionistas públicos oficiosos de los delincuentes, presentándolos como exultantes epifanías que algunos las “han mirado”.

A falta de pueblo, con el fin de presentar un país sin gobernabilidad, le dan apoyo publicitario a individuos que ya demostraron lo que son, después de incubarlos mediáticamente: atroces asesinos, vendidos como “campesinos desesperados”, “los antifraudes, porque están peleando por la libertad de Nicaragua”. Un político religioso si no los absolvió, al menos los ensalzó en octubre de 2011 como “gente que tuvo la osadía de armarse”.

El Jefe del Ejército, general Julio César Avilés, en agosto de 2013 desmintió las falacias de aquellos que tratan de investir a elementos delincuenciales “con fines políticos”. “Hay gente que mal informa y toman esa información como un hecho real y verídico”, dijo en esa oportunidad, cuando arreciaba la endemoniada campaña.

La escritora Rosario Murillo dijo el domingo: “¿Cuánta gente, cuánta gente ha promovido acciones como estas desde corazones enfermos? Pocos, poquísimos son... pero cuánta actividad tienen, porque se despliegan a incitar odio en unas cuatro, cinco personas y, de alguna manera cuando incitamos el odio cosechamos los frutos del odio, y producimos esos dolores que no se quieren ya en Nicaragua”.

Cuando el presidente Daniel Ortega, en el acto del 35 aniversario de la Revolución, invocó la Oración Simple de San Francisco, para ser un instrumento de la paz, respondía a los que se encargan cotidianamente de hostigar el alma nicaragüense que no quiere más guerras: “Oh, Señor, hazme un instrumento de Tu Paz. /Donde hay odio, que lleve yo el Amor. / Donde haya ofensa, que lleve yo el Perdón”.

Fascismo

No se debe encubrir el odio con la política, ni tratar de lavar los fiascos no solo electorales sino de liderazgo, acusando al gobierno sandinista de un supuesto “cierre de espacios democráticos”, para luego manipularlos como “causas” para que cualquiera pueda descargar un arma en la humanidad de jóvenes y mujeres indefensas.

Se sabe bien cómo opera en la psicología del delincuente la divulgación de su perversidad, que después de cometerla se solaza al ver proyectada su imagen en un medio masivo de comunicación. Es lo que ocurre cuando para adquirir mayor notoriedad, una banda, delictiva desde el momento en que se arma y se dispone a atacar, secuestrar y sembrar el terror, sabe que entrará en la narrativa política de ciertos extremistas de derecha y sus medios como “evidencia” de sus “denuncias”.

Los “respetuosos” de la Constitución que no ocultaron su admiración a esos “grupos armados”, les vale que el artículo 95 de la Constitución restringe que “No pueden existir más cuerpos armados en el territorio nacional que los establecidos en la Constitución, ni grados militares que los establecidos por la ley”. Aun así, ciertos medios no ahorraron tinta y ondas hertzianas para inflarlos de “comandantes”, “columnas”, “guerrilleros”.

Es injustificable que a los 14 años del nuevo siglo, un grupo ignore olímpicamente la Carta Magna, porte armas de guerras, de asalto o cualquier instrumento letal para ejecutar sus fechorías y por encima de toda ética, unos cuantos operadores políticos les premien con discursos y coberturas dignas de mejores causas.

El Cardenal Miguel Obando en su mensaje de solidaridad con las familias de las víctimas, hace una irrefutable radiografía del por qué ocurrió el abominable hecho, alentados por intereses oscuros:

“Es lamentable que existan todavía personas en nuestra patria anquilosadas en el pasado y que FOMENTEN LA CULTURA DEL ODIO Y DE LA MUERTE. Los nicaragüenses hemos sufrido ya demasiado por aquellos que no quieren abrir sus corazones a la paz, a la esperanza, a la fe, a la vida”.

El odio es tan expresivo que se nota con facilidad cómo esculpe su amargura en los rostros de ciertos personajes del radicalismo opositor cuando comparecen en programas de TV. Un escrito quizás nos dé pistas:

“De la noche a la mañana, el odio puede tomar cautivo a un ser humano, llenarlo por completo, incrementarse más y más, hasta llegar, incluso, a ser adictivo. El mismo puede tomar posesión de una persona, de tal manera que la misma ya no es dueña de sí misma. Algunos investigadores opinan que el odio, incluso, puede transformar el cerebro. Es como un veneno inyectado, que se extiende más y más en el cuerpo. Primero llena los pensamientos, luego se refleja en las expresiones faciales y en los ojos, conduciendo a las palabras correspondientes y, finalmente, toma control del cuerpo de entero y de todas las emociones. El odio puede llevar al ser humano a los actos más dementes”. (Norbert Lieth, Llamada de Medianoche)

Tanto la masacre como el odio son dos caras de la misma moneda diabólica. Vade retro, Bajísimo. Que reine Jesús, Hijo del Altísimo, en los corazones. Ahí está la verdadera grandeza humana. Así sea.