En pequeños botes, con los trasmallos y anzuelos listos, estas mujeres son una visión completamente diferente a lo que uno podría figurarse de cualquier pueblo de pescadores: allí las mujeres trabajan hombro a hombro con sus maridos y hermanos en la difícil tarea de la pesca.

El lago para ellas no es un lugar desconocido. Durante años vieron cómo los hombres se internaban en las aguas para volver, luego de varias horas de trabajo, con los botes repletos de pescados.

Viendo, preguntando y en no pocas ocasiones aventurándose lago adentro, estas humildes mujeres fueron aprendiendo el oficio de la pesca. Hoy tirar las redes al agua, “anzuelear”, “chuletear”, sacarle las vísceras a los pescados, y todo el sinfín de labores que implica la pesca, no es nada del otro mundo para ellas: simplemente es su trabajo.

Haciendo realidad un sueño


Hasta hace cinco años, su trabajo como pescadoras estaba prácticamente invisibilizado y ligado al trabajo que realizaban sus maridos. Sin embargo, con el apoyo del Instituto Nicaragüense de la Pesca (INPESCA) lograron desligarse y formar su propia cooperativa.

Comupasan, acrónimo de la "Cooperativa de Mujeres Pescadoras El Sueño del Archipiélago de El Nancital", más que un sueño, es la suma de los esfuerzos de estas mujeres y el gobierno, el cual trata de darle apoyo a los pequeños productores para mejorar no sólo la capacidad económica del país, sino también mejorar la calidad de vida de las familias rurales.

Esta ayuda se ha manifestado además de en la organización y legalización de la cooperativa, en capacitaciones, asistencia técnica y financiamiento.

Uno de los mejores ejemplos de este esfuerzo y de las capacidades que han logrado desarrollar estas mujeres es Tomasa Requene, de apenas 27 años. Esta jovencita parece ser bien ducha en la pesca. Ella cuenta que generalmente empieza a trabajar a eso de las cuatro de la mañana, pero cuando la pesca no es muy buena tiene que salir desde las dos de la madrugada lago adentro hasta encontrar el lugar adecuado.

“Yo pesco con mi hermana y mi marido. Cuando no va mi hermana, voy con mi marido”, explica esta muchacha, madre de dos hijos de nueve y dos años y habitante de la isla El Terrón, la más grande del archipiélago.

Una labor peligrosa


Encomendarse a Dios antes de salir a su faena es algo que parece estar incluido en el ADN de todos los pescadores. Estas mujeres no son la excepción, y esta joven es un ejemplo de ello.

“Desde que me levanto de mi cama le pido a mi Señor que nos ayude y que me acompañe en el viaje porque es muy largo”, señala Tomasa, quien reitera que estos viajes no los realiza diario, solo “cuando la pesca está mala”.

A pesar que en la costa de Acoyapa el lago Cocibolca es realmente calmo, la pesca no deja de ser una labor peligrosa, sobre todo para esas mujeres que se internan sin más salvaguarda que la protección de Dios.

“Puede ser peligroso. No usamos salvavidas. Nos metemos al lago como vamos vestidas. Sólo nos encomendamos al Señor”, manifiesta Tomasa, quien asegura que si bien sabe pescar desde los diez años, nunca aprendió a nadar bien.

“No sé nadar, pero aún así me arriesgo sólo pidiéndole a Dios que me proteja. Si me voy al agua siento que me voy a ahogar porque no sé nadar”, asegura.

Aunque siempre han colaborado con sus maridos en todo, estas mujeres consideran que su trabajo es fundamental para el sostenimiento de sus familias.

“Si yo le puedo ayudar a mi marido, lo hago. Hay veces que él me dice que no vaya a pescar, pero a mí me encantar ayudarle, porque los hijos es un compromiso de los dos”, señala con decisión.

“Vivimos de la pesca, así que hay que aprender a pescar”

Ana Julia Vega, de 37 años llegó hace 22 años a El Nacintal procedente de la comunidad San José. Habita junto a su marido y sus cuatro hijos en la isla El Coquito.

Cuando se le pregunta cómo fue que aprendió a pescar su respuesta es rápida y precisa: “Aquí nosotros vivimos de la pesca, así que hay que aprender”.

Vega asegura que desde hace cinco años que se formó la cooperativa, siempre ha recibido el apoyo de su marido.

“Él siempre estuvo de acuerdo de que yo trabajara. Nos ayudamos bastante, trabaja él, trabajo yo, y trabajan también nuestros hijos”, señala.

Dios nos ha bendecido

Si de algo están seguros los hombres de El Nacintal, es que sus esposas siempre les han echado la mano en el trabajo. Alberto Ramón Requena Canales, de 41 años, es el marido de Olga María Guadamuz, originaria de Acoyapa, quién en los veinte años de vivir en el archipiélago además de forjar un hogar de cinco hijos con su marido, también ha sabido forjar una vasta experiencia en la pesca.

Su marido dice estar muy orgulloso de ella, ya que gracias a su trabajo y a las bendiciones de Dios, su familia está bien.

“Me siento tranquilo, nos ganamos los realitos, y sobrevivimos de una manera muy tranquila, bendecidos y en el nombre de Dios. Hemos recibido de Dios todo lo que tenemos: malla, bote, hielera, la tilapia, el lagunero, el guapote, la mojarra, y nuestros hijos que son el brazo fuerte de nosotros y que nos ayudan”, manifiesta Requena, quien habita junto a su mujer e hijos en la isla El Terrón.

Para este hombre de baja estatura, de piel cobriza y complexión recia, el lago Cocibolca es una gran bendición para ellos, ya que la abundancia de peces les permite pescar desde 50 libras hasta inclusive dos quintales.

"No nos podemos quejar. Cuando hay bastante pescado es una belleza mirar este bote repleto”, señala junto a su esposa, a quien en esta ocasión ayudó a pescar desde muy de madrugada.

Él recuerda la primera vez que metió a su mujer a pescar dentro del lago.

“Antes sólo yo pescaba, ella no era pescadora. Pero hace unos 8 años la metí al lago y ella se asustó cuando las tilapias retumbaban”, recuerda riéndose.

“Ahora sabe todo. Sabe hace los quehaceres de la casa, pero también tirar el trasmallo, aliñar pescado, 'chuletear' mojarras. Yo siento que para mí ella es una gran ayuda”, refiere.

Las mujeres son fundamentales para la economía


Idalia González, directora de Fomento y Desarrollo del INPESCA, manifiesta que como parte de la ayuda que le dio el gobierno a la cooperativa están 7 botes, lo cual fue posible gracias a la Cooperación Española.

“Antes que nosotros interviniéramos como INPESCA, las mujeres se miraban como invisibilizadas, consideraban que el trabajo que hacían no era importante. Sin embargo, empezamos  a trabajar en función de que ellas se dieran cuenta que el trabajo que hacen es un aporte a la economía del país y que es importante para el sustento de sus familias”, destaca González.

La directora de Fomento y Desarrollo de esta institución señala que en el Pacífico del país hay 7 cooperativas de mujeres pescadoras y otras diez en la Costa Caribe. En el caso de la cooperativa de El Nancital, esta es junto a otra cooperativa de San Miguelito, en el departamento de Río San Juan, las dos únicas que hay en este sector del Lago Cocibolca, dirigidas fundamentalmente por mujeres.

Da gusto trabajar con ellas


Para Steadman Fagoth, director ejecutivo del INPESCA, el gobierno ha orientado sus planes de desarrollo impulsando tres ejes fundamentales: la organización, el financiamiento y la formación de especialistas en la materia.

Desde el 2007, de acuerdo a Fagoth, la inversión en el sector se ha triplicado, y en el caso del apoyo a las cooperativas pesqueras no ha habido excepción.

“No hay mes, no hay semana, en que una dos o tres cooperativas no estén siendo beneficiadas con préstamos”, asegura.

Un punto que destaca de las mujeres es que son mejores pagadoras y mejores administradoras que los hombres.

“Por todos lados están cumpliendo con sus compromisos (…). Cuando vos te encontrás con este tipo de grupo te motiva más. Ir de la mano con este grupo es la mejor experiencia que puede tener este gobierno”, señaló Fagoth.

Fotos: Carlos Cortez