El informe del Comisionado General, Francisco Díaz, Sub Director de la Policía Nacional, desmiente que haya una pandemia de criminalidad contra la mujer.

El índice de muertes violentas por cada 100 mil habitantes del sexo femenino, a nivel regional, oscila entre 11 y 13 mujeres. En El Salvador, Guatemala y Honduras, se registraron en 2013, siete, ocho y once muertas respectivamente. Nicaragua y Panamá, dos, Costa Rica, una.

Claro que después de la polvareda mediática para forzar un Estado de Emergencia, al final se ha querido crear un estado de pánico. La realidad es que de las 45 privadas de la vida en el primer semestre, 18 son femicidios. Por lo visto en el informe semestral, el record manejado por ciertos movimientos se abultó con otro tipo de crímenes: tres por asesinato, 23 homicidios y un parricidio.

Una muerte que sea, es triste. Pero sacar provecho al dolor, para otros propósitos, manipulando datos y ocultando otros, ya será asunto de cómo anda el alma, pues el tema de la violencia contra la mujer no debe abordarse de forma sesgada para prefabricar en Nicaragua un cuadro apocalíptico.

No se debe menospreciar el esfuerzo del Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, y la Policía, a través de la estrategia de prevención de la violencia con los Gabinetes de Seguridad Humana, las promotorías solidarias y el modelo de alianzas con las iglesias evangélicas, católica y el sector privado.

El alto jefe policial recordó en el programa “En Vivo con Alberto Mora”, que en 17 años de gobiernos neoliberales, apenas se contabilizaban 24 Comisarías de la Mujer. Desde 2007, con el Gobierno Sandinista liderado por el presidente Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, se han instalado 164 comisarías.

A pesar de estos avances inéditos en Nicaragua, algunas oenegés aceleraron una campaña contra los órganos y poderes del Estado para cubrirlos con un manto de desconfianza, incluso, una vocera los culpó desde los medios de comunicación, de favorecer la impunidad. Y esto, cuando, de paso condenan al gobierno de coartar la libertad de expresión.

El tema de la mujer víctima, desde esa sospechosa perspectiva, se ocupa como una oportunidad para infamar no solo al Gobierno Sandinista, sino a todo nuestro país, y desmontar el posicionamiento de Nicaragua en el turismo mundial. ¿Por qué se quiere espantar a las turistas atraídas por la nueva imagen de la nación, que incluye como su máximo soporte, gracias al referido modelo de alianzas, ser el país más seguro de Latinoamérica?

Manipulación

La Ley 779 publicada en La Gaceta número 35, el 22 de febrero de 2012, precisa, aun con la reforma posterior, que “Comete el delito de femicidio el hombre que, en el marco de las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, diere muerte a una mujer ya sea en el ámbito público o privado, EN CUALQUIERA DE LAS SIGUIENTES CIRCUNSTANCIAS: a) Haber pretendido infructuosamente establecer o restablecer una relación de pareja o de intimidad con la víctima; b) Mantener en la época en que se perpetre el hecho, o haber mantenido con la víctima, relaciones familiares, conyugales, de convivencia, de intimidad o noviazgo, amistad, compañerismo, relación laboral, educativa o tutela”; y seis numerales muy específicos.

Sin embargo, las tendenciosas oenegés adulteran la Ley para acomodarla a su visión particular, al partir el enunciado, o marco, presentándolo como un punto autónomo, e iniciando un nuevo párrafo al injertar, apócrifamente, la conjunción disyuntiva “o” para abrir otro listado de imputaciones. De acuerdo a la Real Academia Española de la Lengua, la “o”, en este caso, “denota diferencia, separación o alternativa entre dos o más personas, cosas o ideas”.

Así “leen” la Ley los derechistas, para dar “credibilidad” a sus declaraciones en “La Prensa”:

“El artículo 9 de la Ley 779 establece como femicidio: ´El hombre que, en el marco de las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, diere muerte a una mujer ya sea en el ámbito público o privado´”.

“´O cualquiera de las siguientes circunstancias: relación de pareja o de intimidad, relaciones familiares, conyugales, de convivencia, de intimidad o noviazgo, amistad, compañerismo, relación laboral, educativa o tutela´”.

Como se ve, el texto original de la Ley fue desfigurado para apuntalar mediáticamente la acusación de que la Policía “minimiza” los femicidios.

Si ocurren hechos muy puntuales en el sistema de justicia, en la que quizás la víctima no se le atiende a como es debido, esto no debe considerarse la norma, de acuerdo al alterado juicio de algunas voceras de oenegés.

De hecho, hay hombres que han ido a parar a la cárcel por falsedades propias de una supuesta víctima para despojarlos de sus bienes que a lo largo de toda una vida de sacrificio lograron obtener.

Así que no es verdad lo que en un medio escrito expresó una señora cuando asevera: “es común que se ponga en duda la palabra de la mujer, en dependencia de quién es el denunciado”. Hay hombres también víctimas y no necesariamente “en dependencia de quién es la demandante”. ¡Cuántos inocentes no han sido condenados en las democracias más alabadas del mundo!

Por supuesto, hay mucho que hacer, donde las iglesias evangélicas y católicas, los hombres y mujeres de buena voluntad deben unirse, sobre todo los padres de familia, en una lucha directa contra los antivalores que, incluso, algunas madres, ya no digamos los hombres, inculcan a sus varoncitos desde muy temprano, al programarlos como “el hombre de la casa”.

La escritora Rosario Murillo enfatizó que “el desarrollo espiritual de todos y todas, nos permitirá avanzar en la lucha contra la pobreza, que no solo es material. Porque, muchas cosas, muchas conductas, muchas actitudes tienen que ver también con la pobreza espiritual, con la precariedad, de la que tenemos que salir, en términos espirituales”.

Cuando unas voceras oenegés descalifican como “show” y “circo” la actitud enérgica de las mujeres que desde el Estado asumen su papel frente a la violencia intrafamiliar y de género, en nada contribuyen a la lucha por erradicar ese lastre secular.
Que una ciudadana labore en una institución gubernamental no la hace menos mujer que la directora de una organización no gubernamental. De ahí que el sectarismo de ciertas feministas revele que la publicitada defensa que proclaman es política y nada solidaria

El enemigo es el machismo y todos los antivalores que lo alimentan. No es la batalla de un grupo de “iluminadas y solitas” contra el mundo. El compromiso en la vida real es de todos y todas.

También se violenta a la mujer cuando se la ocupa de bandera para ondear otros intereses.