Desde el comienzo del siglo XXI, los expertos en política exterior han estado prediciendo que los días de los Estados Unidos como potencia hegemónica mundial están llegando a su fin. Pero en lugar de preguntarse qué país tiene más probabilidades de reemplazar a Estados Unidos, deberían cuestionarse si el concepto de hegemonía global todavía se aplica a nuestra era.

Parece cada vez más que el mundo ya no tendrá una sola superpotencia, o grupo de potencias, que imponen orden en las política internacional. En lugar de ello, se contará con una variedad de poderes -incluyendo naciones, corporaciones multinacionales, movimientos ideológicos, delincuencia global y grupos terroristas, y las organizaciones de derechos humanos- compitiendo unos con otros, en su mayoría sin éxito, para lograr sus objetivos. La política internacional se está transformando de un sistema anclado en principios predecibles y relativamente constantes, a un sistema que es, si no intrínsecamente incognoscible, mucho más errático, inestable, y carente de regularidades de comportamiento. En términos geopolíticos, se ha pasado de una época de orden a una era de la entropía.

La entropía es un concepto científico que mide el desorden: cuanto mayor es la entropía, mayor es el desorden. Y el desorden es precisamente lo que va a caracterizar el futuro de la política internacional. En este mundo sin líderes, las amenazas son mucho más propensas a ser frías que calientes; el peligro vendrá con menos frecuencia en la forma de guerras abiertas entre los grandes poderes que difusos desacuerdos sobre cuestiones geopolíticas, monetarias, comerciales y ambientales. Los problemas y las crisis se producirán con más frecuencia y, cuando sucedan, se resolverán menos cooperativamente.

DESTRUCCIÓN CREATIVA

La entropía es un concepto científico que mide el desorden: cuanto mayor es la entropía, mayor es el desorden. Y el desorden es precisamente lo que va a caracterizar el futuro de la política internacional. En este mundo sin líderes, las amenazas son mucho más propensas a ser frías que calientes; el peligro vendrá con menos frecuencia en la forma de guerras abiertas entre los grandes poderes que difusos desacuerdos sobre cuestiones geopolíticas, monetarias, comerciales y ambientales. Los problemas y las crisis se producirán con más frecuencia y, cuando sucedan, se resolverán menos cooperativamente.

Con la llegada de nuevos reyes, estas guerras hegemónicas también acababan con el antiguo orden, reseteando la institucionalidad de modo que una nueva arquitectura global, más adecuada a los tiempos, pudiera ser construida a partir de cero. Las guerras eran por tanto algo bueno en cierto modo, ya que inyectan al sistema internacional nuevas energías al servicio del orden mundial y una paz duradera. En ausencia de las mismas, ya no tenemos una fuerza de "destrucción creativa", capaz de restablecer al mundo. Y al igual que los mares no funcionan sin el soplo de los vientos, una paz prolongada produce inercia y decadencia.

El poder es hoy más difuso de lo que nunca lo ha sido. Y esta tendencia crece cada año. Estados Unidos sigue siendo un poder importante, pero se sabe que ya no domina a todos sus contendientes. Cargado de una creciente deuda, Washington ha reducido su política exterior a unos pocos objetivos básicos. Sin embargo, el deterioro de la Pax Americana no se debe únicamente a la decadencia de los Estados Unidos. También es un problema de voluntad — una que tiene sus raíces en ir desapareciendo la determinación nacional de usar esas ventajas de poder que Estados Unidos todavía disfruta.

Las interacciones entre los actores políticos también se caracterizan por una mayor entropía. La revolución digital ha permitido que la información se difunda cada vez más, empoderando a ciudadanos comunes, celebridades, corporaciones, terroristas, movimientos religiosos, y oscuros grupos criminales transnacionales. El poder que estos grupos pueden ejercer, sin embargo, es poco convencional. Ellos tienen el poder de interrumpir, impedir que las cosas sucedan, pero no tienen el poder de promulgar sus propias agendas. Twitter, Facebook y la mensajería de texto han permitido a los ciudadanos organizar manifestaciones masivas y derrocar gobiernos dictatoriales. Pero hay pocas razones para creer que los ciudadanos organizados a través de los medios sociales sean capaces de instituir cambios políticos.

SOBRECARGA DE INFORMACIÓN

La entropía no sólo crece en el sistema internacional. Las personas también están experimentando una mayor entropía personal, a medida que descubren que son incapaces de manejar la velocidad a la que se transmite la información digital. La información llega con mayor rapidez y fuerza cada día. Cada vez más, las personas modernas pueden sentir, como el psicólogo y filósofo William James lo hizo en 1899, que un "aplanamiento irremediable está llegando el mundo”. Aplanamiento referido aquí a una sensación general de banalidad y pérdida de sentido. En lugar de producir un elevado sentido de la estimulación y la conciencia, el exceso de información produce aburrimiento y alienación. A como el economista Herbert A. Simon ha explicado, una "riqueza de información crea una pobreza de atención". Esto es debido a que en "un mundo rico en información, la riqueza de la información significa una carencia de algo más: la escasez de lo que sea que la información consume. Y lo que la información consume es bastante obvio: la atención de sus destinatarios”.

En ese sentido, la sociedad moderna sufre de un trastorno colectivo de déficit de atención. No importa lo mucho que estimulemos nuestros cerebros con drogas destinadas originalmente para el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer y la narcolepsia o intentemos "entrenar" nuestro cerebro utilizando Cogmed o Lumosity, probablemente seguiremos distraídos por la avalancha de información digital de Google, Twitter, correo electrónico, lectores de RSS, Netflix, las pestañas de Firefox, y Flickr photostreams. Las organizaciones también se enfrentan a este problema. La Agencia Nacional de Seguridad de EE.UU. intercepta y guarda de casi dos mil millones de e-mails, llamadas telefónicas y otras formas de comunicación por día. "La complejidad de este sistema es indescriptible", se lamentó John R. Vines, un general retirado del Ejército de los EE.UU. que revisó los esfuerzos de inteligencia del Departamento de Defensa de EE.UU. el año pasado. "Nosotros, en consecuencia, no podemos evaluar eficazmente si esto nos está dando mayor seguridad.”

Tener una mayor cantidad de información a nuestro alcance no ha producido una mayor sabiduría. En vez de eso, ha dado lugar a una entropía de la información. A medida que el volumen de información procesada o difundida aumenta, esta se convierte en ruido. En la era digital, la información se distorsiona de forma rutinaria, enterrada en el ruido, o de otra manera imposible de interpretar. El resultado es que la gente responde a muchos "hechos" contradictorios y a "opiniones informadas” que son vertidas de modo que selecciona e interpreta hechos haciéndolos coincidir con sus propias ideas personales, idiosincrásicas, y muchas veces equivocadas sobre el mundo. El conocimiento ya no se basa en información objetiva, sino, más bien, en atractivos hechos que sean “lo suficientemente verdaderos". Conocimiento lleno de agujeros pero que parece lo suficientemente cierto como para continuar el dominio sobre aquellos que simplemente quieren creer algo que se siente correcto.

BIENVENIDOS AL PURGATORIO

Un nuevo mundo de creciente entropía estructural y de información significa que la historia no puede repetirse. No soportaríamos el infierno provocado por una guerra mundial, por ejemplo, o por una catástrofe económica total. Pero esta paz duradera no será el Cielo en la Tierra que uno podría desear. En su lugar, estamos en la cúspide de un purgatorio eterno. Será un mundo lleno de confusión e inestabilidad. La edad de la entropía será una época de desorden constante, una hostilidad sin rumbo pero contundente frente al status quo - una hostilidad que inspira el uso generalizado de los prefijos despectivos anti-y post-(como anti-occidental, post-Americano, postmoderno) y la promesa de reinventar gran parte o todo el actual orden mundial y sus instituciones asociadas. Pero la esperanza de que deshacerse de "lo que es" va por sí mismo a crear algo nuevo y viable para ocupar su lugar es exactamente eso, una mera esperanza. En una entrevista con la revista Time, el ex presidente egipcio, Mohamed Morsi lo puso de esta manera: "El mundo es ahora mucho más difícil de lo que era durante su revolución. Es aún más difícil. El mundo. Más complicado, complejo, difícil. Es una estructura tipo espagueti. Se confunde”.

Nada de esto quiere decir que vamos a habitar un mundo miserable de tristeza infinita y fatalidad, en donde nosotros y las generaciones futuras están destinadas a soportar vidas miserables de infelicidad perpetua. Aunque no podemos revertir el proceso de la sobrecarga de información, podemos encontrar la mejor forma de adaptarnos, y tal vez incluso aprender a convertir el flujo de información en conocimiento útil y fiable. No hay estrategias que pueden garantizar el éxito. Sin embargo, la atención debe centrarse en la creación de redes descentralizadas y auto-organizadas que sean capaces de responder a entornos que cambian rápidamente.

La edad de la entropía no será una utopía, pero no nos tiene que llevar a la desesperación. El desorden no suprime todo lo que es bueno en el mundo. Sin grandes guerras, hemos disfrutado de tiempos prósperos y pacíficos. Tampoco es el desorden en sí algo que temer ni odiar. "La lucha misma", como Albert Camus famosamente señaló, "es suficiente para llenar el corazón del ser humano. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”. Como Sísifo, necesitamos abrazar lo desconocido, aceptar nuestro mundo ininteligible y nuestra lucha inútil de llegar a un acuerdo con su incomprensibilidad. Para bien o para mal, no tenemos otra opción.