En la Escuela Rafaela Herrera, del distrito VI de Managua, a eso de las 7 de la mañana, luego de que los niños de primaria y preescolar han ingresado a sus salones de clases, inicia un ajetreo en donde suenan pailas, cucharones y trastos, mientras grandes porciones de arroz o de frijoles sin cocer son trasladadas de una pana a otra. El lugar donde está pasando todo eso es la cocina de la escuela, y allí no manda la directora ni mucho menos los maestros del centro. No. Allí es el reino cinco mujeres de entre 30 y 50 años de edad, madres de algunos de los 1 mil 325 estudiantes que tiene el Rafaela Herrera.

El arroz, los frijoles y los demás productos que estas mujeres preparan diariamente corresponden al programa de Merienda Escolar, que el Gobierno Sandinista con el apoyo de organismos internacionales, desarrolla en la búsqueda no solo de disminuir los índices de deserción escolar, sino también para garantizar que cada niño tenga un complemento de vitaminas y nutrientes indispensables para su aprendizaje.

Un ejemplo de entrega

En el Rafaela Herrera mientras unas mujeres limpian los frijoles, otras lavan el arroz y otras palmean tortillas. La labor es ardua pero se realiza en un ambiente ameno, donde sobran los guiños propios del hablar nicaragüense.

En la cocina nadie se queja, todas ellas parecen disfrutar su trabajo, ya que además de ser voluntario también tiene un significado muy especial: es para que coman sus propios hijos.

“Aquí hay muchos niños que vienen sin desayunar. Se han dado casos de niños que hasta se han desmayado. Por eso estar aquí en la cocina haciéndole su comidita a los estudiantes es una alegría, una satisfacción para nosotros como padres de familia”, expresa Arelys García, 30 años de edad y madre de dos estudiantes del centro.

García desde hace tres años colabora en la preparación de la Merienda Escolar, haciendo labores que van desde freír tortilla, cocinar el arroz o preparar la bebida de los niños, que consiste en un cereal fortificado exclusivo para infantes en edad escolar.

“Aquí tenemos que mantener el orden de todo, porque aquí es una fila enorme de niños a los que les damos de comer”, asegura esta joven madre mientras palmea a toda prisa decenas de tortillas de maíz.

Si para García el trabajo que más disfruta es echar tortillas, para Milagros Ortega, de 37 años, poner a cocer los frijoles es su tarea diaria, aunque ello no le exime de colaborar en las demás cosas.

“Nosotros creemos que haciéndole voluntariamente la comida a los niños ellos van a elevar su rendimiento académico. Si hay un niño que vino a clases sin desayunar pues aquí tiene asegurada su comida y que su estomago no esté vacío mientras está recibiendo sus clases”, afirma Ortega, quien tiene una pequeña hija en cuarto grado.

Cocina completamente nueva

La subdirectora de la Escuela Rafaela Herrera, Silvia Elena Bermúdez, manifiesta que si bien el Gobierno Sandinista garantiza todos los productos de la Merienda, los padres de familia siempre dan complementos como chiltomas, tomates, cebollas, etc.

“Este es un trabajo compartido”, afirma la subdirectora, añadiendo que la cocina donde se prepara la comida de los más de 1 mil 300 niños de este colegio, también es un ejemplo de la solidaridad y del modelo de responsabilidad compartida, ya que fue donada por la asociación INTERVIDA junto a decenas de pailas, calderos y cucharones.