Casi nadie sabía a lo que se iba a enfrentar el pasado fin de semana en el Maxim Rock. El cartel anunciaba a Ciclo, una banda nicaragüense desconocida para el público local. Pero la incógnita no fue óbice para que una avanzada de las tropas rockeras se abandonaran a la noche en la nueva meca del rock patrio, comandada por la entrañable María Gattorno, para ver de qué eran capaces los integrantes de esta alineación perteneciente a la nueva ola del rock nicaragüense. Ciclo venía de probar sus armas con éxito en las exigentes lides de las Romerías de Mayo y ahora se disponían a atacar al público capitalino.

La incógnita se fue disipando cuando los miem­bros de la banda abrieron fuego con un repertorio a medio camino entre las sonoridades del rock alternativo y el metal, una sonoridad que alimenta sus influencias de la tradición rebelde de la música alternativa latinoamericana y de la escena indie estadounidense.

La alineación presentó sin miramientos un re­pertorio sólido y firme conformado a base de sus primeros discos Fragmentos y El descenso. Tras el primer tema, comenzaron a superar la presión de enfrentarse a lo desconocido y lograron que los asistentes respondieran a las intensas dosis de energía rockera que fue atrayendo, incluso, a los rockers congregados fuera del Maxim. La banda, a pesar de su poco kilometraje sobre los escenarios internacionales, se mostró sólida y acoplada con un potente directo en el que los Ciclo pusieron toda la carne en el asador con energía, convicción y talento.

Los músicos tuvieron a su favor esas ganas de comerse y cambiar el mundo que debían atesorar en el código genético todos los jóvenes. Pusieron su talento como instrumentistas al servicio de una filosofía que utiliza el rock como un camino para dar rienda suelta a las inquietudes existenciales y políticas y crear puntos de unión entre las per­sonas.

La banda despachó un ataque generoso, combinado con temas rápidos y rotundos, acompañados del hábil trabajo del baterista Bikentios Chá­vez y del guitarrista Juan Carlos Ortega Mu­rillo. El vocalista y bajista Noel Portocarrero de­mostró que es otro de los puntales de la alineación. Hi­zo lo suyo con dinamismo y entrega y con variados registros en la voz para tributar al empuje del director de la formación que, por momentos, hi­zo recordar a los argentinos de Carajo. A lo largo de casi una hora los músicos llevaron a los rockers cubanos a un viaje al interior del rock nicaragüense, una escena que si tomamos en cuenta el contundente directo de Ciclo, podemos asegurar que vive un momento de plena expansión y vitalidad.