Al levantarme el martes 1 de mayo de este 2012, las noticias de la muerte de Tomás Borge me sacudieron. Inevitablemente recordé aquellos días de diciembre de 1979, cuando la revolución estaba apenas iniciándose y pude ver cómo las calles de Managua, León y Masaya todavía mostraban los estragos de las balas y de las bombas. Los nicaragüenses y el país entero vivían lo que Francesco Alberoni ha llamado “el estado naciente” que es lo mismo en el enamoramiento y la revolución. Es el momento en donde la vida sonríe y el futuro parece luminoso. Las manos están llenas de sueños y esperanzas y es imposible ver defectos en el ser amado. Diez años después, en julio de 1979, regresé a Nicaragua y aquella época había terminado. Años enteros de bloqueo y guerra de baja intensidad habían agotado ya al pueblo nicaragüense. Ese 19 de julio de 1989 marché con un enorme contingente que conmemoraba la gesta revolucionaria. En el estrado estaban los nueve comandantes históricos, Tomás entre ellos. El discurso de Daniel Ortega, con el cual arrancaba su campaña electoral rezumaba combatividad y optimismo. Pero algo noté en aquella masiva marcha: el entusiasmo ya no existía.

Y en una conversación con Carlos Vilas, un estimado amigo y notable sociólogo argentino, pude entender lo que pasaba. Nos hizo a un grupo de visitantes el relato desgarrador de las madres que despedían a sus hijos que cumplían el servicio militar obligatorio y que seguramente lloraban porque caerían en combate o regresarían mutilados. Poco antes en el palacio de las convenciones había escuchado la portentosa oratoria de Tomás Borge. La sonoridad de su voz contrastaba con su tamaño menudo, tan menudo que noté que usaba zapatos de tacón alto para disimularlo. Era prodigioso Tomás Borge, su discurso improvisado en el momento, era un rosario de metáforas y sentimientos. Recordé lo que a mi padre le decía su amigo nicaraguense Leonte Pallais: “En Nicaragua el talento es peste”. La obra de Tomás Borge sustenta ese dicho porque además de prisionero político, avezado luchador clandestino, guerrero audaz, el menudo comandante fue un escritor y poeta notable. Basta leer su libro “La paciente impaciencia” para aquilatar sus extraordinarias dotes. Por ello no pude sino lamentar en 1994 cuando regresaba de mi estancia en la Universidad de Stanford, el enterarme que había publicado una biografía del paladín del neoliberalismo y una de las figuras siniestras de México. El libro se llamó “Salinas. Los dilemas de la modernidad” y fue publicado en 1993. Tengo presente cómo mi amiga Raquel Sosa, hoy una estrecha colaboradora de Andrés Manuel López Obrador, me comentó de manera crítica el texto de Borge. No era para menos, Salinas había llegado a la presidencia como consecuencia del fraude electoral de 1988 y durante su mandato imperó el autoritarismo, la corrupción, la presidencia imperial y las arrasadoras medidas neoliberales. Salinas no merecía las virtudes de la pluma de Tomás Borge, las cuales fueron mejor utilizadas en “Un grano de maíz: conversaciones con Fidel Castro” (2009).

Una nota publicada por El Nuevo Diario de Nicaragua, así como otras notas publicadas en diarios conservadores, titulan su obituario diciendo que ha muerto “el temido ministro del interior de la Nicaragua sandinista”. Borge fue el encargado de la seguridad interna de Nicaragua en un momento en el cual los Estados Unidos de América le habían declarado una guerra sorda a Nicaragua. No podía ser una Madre Teresa de Calcuta en el cargo, pero su desempeño fue esencialmente distinto al de figuras tenebrosas como la de Donaldo Álvarez en Guatemala, Gustavo Álvarez Martínez en Honduras o José Alberto “el chele” Medrano en El Salvador.

Todos los seres humanos tenemos miserias y grandezas. En Tomás Borge predominarán por siempre las grandezas. Ahora que ha entrado a la historia, comienza el transcurrir de los tiempos que lo colocarán al lado de los grandes próceres de la patria de Rubén Darío y Augusto César Sandino.