Las flores que bordearon el lugar, ancladas en tupidas ofrendas, no se quedaron calladas, desprendieron su suave olor hasta inundar el pequeño mausoleo instalado en el Parque Central, junto a la Plaza de la Revolución y en medio del mausoleo del Comandante Carlos Fonseca y el Coronel Santos López, donde fue sepultado el Comandante Tomás Borge.

Centenares de jóvenes lloraron su partida. Gritos y puños erguidos anunciaban ¡Tomás! ¡Tomás! ¡Aquí estamos presentes!, mientras Marcela Pérez, ahora viuda de Borge, lloró mientras miró bajar lentamente el féretro, descargado dentro del mausoleo por unos diez hombres que trabajan para la Alcaldía de Managua.

Los demás hijos e hijas del Comandante Borge se abrazaron entre sí; la familia total estaba desgarrada y triste; apenas quisieron volver la mirada a los asistentes, porque su atención se desvelaba hacia el pequeño ataúd de madera que, descendido por el arrastre gradual de unas correas amarillas, se bamboleó ligeramente quizás por la fuerza, la energía de aquellos que presenciaron un adiós angustiante.

Igual de angustiados se mostraron el Presidente de la República, Comandante Daniel Ortega y la Compañera Rosario Murrillo, quienes con el rostro compungido y la mirada nostálgica, probablemente evocaron tantos momentos vividos con el Comandante de la Revolución, quien se marchó dejando su corazón repartido para aliviar el dolor de quienes extrañarán su ausencia física.

Decenas de flores cayeron dentro de la tumba luego de que el Comandante Borge se encontrara en ella, y se volvió a escuchar un grito enarbolado, un grito que evocaba miles de voces al unísono: ¡Viva Tomás! ¡Viva Tomás!, y luego un silencio lo abarcó todo, hasta el aire se quedo estático, hasta las ofrendas florales se quedaron como silenciosas, y los faroles blancos y amarillos proyectaron su luz sobre la oquedad del mausoleo.

Los diez hombres de la Alcaldía de Managua amarraron la lápida con las bandas amarillas, y de esta forma se les hizo más fácil arrastrarla sobre la tumba, donde el Comandante Borge ya descansaba dulcemente con su traje color caqui. Los hombres levantaron la lápida, y la fueron dejando caer como en cámara lenta, para no estropear los bordes del sepulcro.

Cientos de hermanos provenientes de Venezuela, Cuba, el Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua, entre otras repúblicas, se mostraron condolidos, al igual que la Juventud Sandinista, las madres, los trabajadores, los campesinos, los niños y niñas que despidieron el cuerpo del poeta, el revolucionario, el amigo, pero se quedaron con su alma, y no le dijeron a nadie, solo se fueron callados hasta sus casas, y no le dijeron a nadie.