Hay imágenes que cavan su propio nicho en el alma, quizás ayudados con los umbrales prestados a las modas, la publicidad o la costumbre, pero al final uno termina convencido de que ni la tradición ni cualquier artificio humano pueden volver perdurable lo que ya nació para siempre.

Una de esas imágenes capaces de tallar un recuerdo en diamante fue la de un señor que debía ser importante, según la precaria noción de un niño. Lo veía sin saber quién era ni por qué se asomaba desde el calendario con su rostro de hombre manso, por encima de las fechas de gloria y de tantos nombres de santos al pie de los días y de las lunas crecientes y menguantes.

Muchos años después me di cuenta que aquel señor era Juan XXIII (1958-1963) y que no necesitaba de su solideo, ni de su estola para merecer su lugar en la recordada cartulina de la farmacia tal; que sin palio ni báculo, ni la aureola que ahora le pondrán, ya era un santo, no para arrodillarse o pedirle alguna sanación, sino para darnos cuenta del milagro supremo que Roma tardó en enterarse: de que en un siglo de odios y disputas, de guerras frías y calientes, y de conflictos por encargos, la mano de Dios no se había retirado de nuestra época.

Después vinieron otros papas y una excepción, una dulce luz, la luz de Albino Luciani, breve pero tan luminosa como una verdad anunciada en Galilea. Y llegó Francisco, pero el retrato de Angelo Giuseppe Roncalli constituyó una referencia inamovible solo comparable con la impresión que me produjo el sacerdote Odorico D´Andrea la mañana que lo conocí en una ermita jinotegana. Parecía abrirse paso con sus campesinos a través de un lienzo clásico de Diego Velásquez. Sí, nada menos que el “pintor de pintores” tan escaso para la composición religiosa y yo, permítanme entrar a la procesión sin ser católico, negado por el mismo Decálogo para dulías e hiperdulías y otras rimas de ajenas alegrías.

De veras, salvo Juan XXIII, el clérigo de San Rafael del Norte y Juan Pablo I, en toda la iconografía oficial es difícil hallar ese fulgor de santidad que los artistas tocan y retocan para empujar la fe de los Tomás. El papa Juan no necesitaba de decretos, ni de milagros apresurados, ni multitudes de sintonía mediática, mucho menos haber dejado a un lado los asuntos eclesiásticos para poner a brillar su nombre en las marquesinas temporales de los hombres.

Con este antiguo Patriarca de Venecia logró pasar el primer canonizado que llegó en calor de reflectores, disparos de flash y todos los privilegios de una estrella del relato unipolar. ¡Juan XXIII, un conocido y bendecido de Dios, era el gran desconocido en la Plaza de San Pedro!

De las primeras planas, el famoso saltó al altar. ¡Santo súbito!, tituló el mundo, y Francisco no tuvo más remedio que mandar imprimir en el santoral el nombre de Karol Wojtyla, un conservador de peso completo, tanto como la Dama de Hierro, Margaret Thatcher y el que convirtió la Aldea Global en una mala película del Salvaje Oeste, Ronald Reagan.

Argentina y Nicaragua

Juan Pablo II llegó a Nicaragua un año después de su viaje a Argentina. En ambos países no produjo uno los hechos extraordinarios que el Señor exhortó en la montaña: “Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios”. (Versión Reina Valera-Gómez).

Nunca hubo en Nicaragua una “provocación ideologizada” al Papa Juan Pablo II, como algunos suelen rasgarse sus vestiduras provincianas. Se trataba de unas madres cuyos hijos fueron las primeras víctimas de la agresión financiada por Reagan. Ellas solo pedían una oración para cesar las hostilidades. Los muertos no eran inventados y la guerra desde el exterior tampoco. Nada de lo que sucedía eran meros supuestos del discurso sandinista, sino parte del presupuesto del Congreso norteamericano de aquellos días.

No fue la primera vez que el papa negaba el clamor de la realidad para imponer otra, en una mezcla del fierro oxidado del ala ultraconservadora del Vaticano con el barro cocido de la ideología que olvidaba las formidables piezas maestras del teólogo Roncalli en su lucha por humanizar el planeta.

En Argentina, el jerarca polaco demostró, contrario a Jesús y a las Encíclicas de Juan XXIII, en qué bando se movía su corazón. El jefe de la grey católica llegó en la víspera de un nuevo ataque ordenado por Thatcher a las islas Malvinas. El pueblo quería unas palabras de aliento ante el inminente asalto a su soberanía.

El 11 de junio de 1982, por toda respuesta, Juan Pablo II condenó, en medio de una calculada retórica de paz, “el nacionalismo estrecho”.

Los ingleses lanzaron su ofensiva sobre las posiciones argentinas en las islas. En el próximo encuentro con las muchedumbres, escuchó de ellas: “¡Papa, te amamos como a las Malvinas! ¡Santo Padre, bendice a nuestros soldados!”, y otros clamores que no escuchó en aquellos terribles momentos. Lo que sí salió de su séquito de monseñores y cardenales, camino al aeropuerto, registran viejos reportes, fue una queja que retrata al personaje con su misma tinta: “Aquí gritan más ¡Argentina, Argentina! que ¡Viva Juan Pablo!”.

32 años después surge una explicación sobre la sordera pontificia, que de paso aclara meridianamente el capítulo de Nicaragua. El portal de Proceso, de México, reveló el 2 de mayo de este año, las pláticas entre los dos “paladines” de la libertad de información, Wojtyla y la Thatcher. “Curiosamente”, ambos ocultaron a la prensa lo tratado.

“Philip Willan, autor del libro El Vaticano en guerra, afirmó que los documentos secretos de Downing Street (residencia del Primer Ministro) ´demuestran que la Santa Sede estaba involucrada en diplomacia secreta para beneficio propio´”.

El papa estaba más preocupado por la caída de la dictadura militar de Galtieri que de la propia integridad territorial del país anfitrión. En su mente de hombre natural, auguraba que una derrota del régimen derechista en Las Malvinas aceleraría el triunfo de la izquierda. Y ya era demasiado en Latinoamérica con Cuba y Nicaragua.

De acá y de allá

Juan Pablo II así como escogía sus amistades del más acá, también hacía su lista preferida del más allá. A Josémaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, lo convirtió en un santo tan instantáneo como una taza de café, apenas con cinco años de fallecido. Mientras, Juan XXIII, tachado por la derecha ultraconservadora como el “Papa Rojo”, debió esperar ¡cinco décadas y cuatro papados! De monseñor Arnulfo Romero ya ni se diga.

¿Qué impedía la canonización del Papa Bueno? Pues dos poderosas razones y una tercera peligrosa: las innovadoras encíclicas, Mater et Magistra y Pace in terris, y la atrevida convocatoria al Concilio Vaticano II. Era la idea magnífica de que la milenaria institución volviera al seno del pueblo, que sus curas no le dieran la espalda literal y socialmente, y que hablaran su idioma, no el latín, mucho menos el lenguaje metálico de los semidioses de la codicia organizada.

Madre y Maestra

Roncalli, por ejemplo, no se dejó engañar por los tecnicismos de ciertas escuelas económicas que “canonizaron” el libre mercado como la última palabra escrita bajo el Cielo. En la Encíclica Mater et Magistra hizo ver que las relaciones entre los individuos no son el “producto de un impulso ciego de la naturaleza, sino, como ya hemos dicho, obra del hombre”.

El Papa retrató el lustro que le tocó en su mandato, sin embargo, sus palabras son tan actuales como sonaron en 1961, demostrando que el liberalismo descarriado es un ultraje a los pobres: “En unas naciones, frente a la extrema pobreza de la mayoría, la abundancia y el lujo desenfrenado de unos pocos contrastan de manera abierta e insolente con la situación de los necesitados”.

Por mucho que otros hayan querido cerrar las ventanas al aggiornamento --- el viento de los Nuevos Tiempos---, Juan XXIII constituye un antes y un después en la Iglesia Católica.

Bergoglio, con la proclamación de San Juan XXIII y Wojtyla, actuó con sabiduría al aplicar una imperecedera sentencia evangélica. Si Jesús la pronunció delante de los poderosos fariseos, el Papa no se quedó atrás frente a la vieja guardia conservadora: “A Dios lo que es de Dios y al mundo lo que es de este mundo”.