Tomás estuvo allí siempre, formó parte de los jóvenes idealistas que fundaron el Frente Sandinista de Liberación Nacional en una triste y clandestina casa de Tegucigalpa. Allí estaba Carlos Fonseca, allí estaba Silvio Mayorga, allí estaban valientes hombres hondureños que le dieron el apoyo a la revolución.

Uno se recuerda de Sandino y le viene a la mente como el comandante Tomas Borge en una de sus frecuentes huidas de la guardia somocista llegó descalzo a un importante diario e Tegucigalpa, y fue entrevistado por uno de los escritores más laureados de Honduras y que formaba parte del partido comunista de Honduras, Ramón Amaya Amador. De allí en adelante su nombre y su rostro nos fue familiar, mas aun cuando la autoridades hondureñas reguardaban las fronteras pensando que por las aduanas se exportaban revoluciones, y fue él quien dijo categóricamente al conservador gobierno de Suazo Cordova que los buenos ejemplos traspasan lo controles fronterizos.

La iconografía grandiosa de la revolución nunca podrá olvidar ese rostro firme forjado en las cárceles infrahumanas de la dictadura somocista, ni tampoco de ese traje verde olivo con ribetes rojos que le daba identidad imaginaria a esos nuevos hombres de Nicaragua.

La historia de la intervención estadounidense la conocemos en sus más últimos detalles, incluso con los montajes artificiales con que quisieron disfrazar la realidad en todos esos vaivenes de la dialéctica y de las paradojas con que se mueve la historia con y al margen del protagonismo humano. Y precisamente allí estuvo Tomás Borge, sacrificando su vida y sus pequeñas complicaciones humanas para parir la Nicaragua que hoy da ejemplos de solidaridad humana, que ya los desearía cualquier democracia formal siquiera para engañar los números que certifican alabanzas y reciclan apremios.

¡Buen viaje comandante Borge porque la revolución no conoce de pausas!