Los créditos del estadounidense William Randolph Hearst (1863-1951) son lamentables, pero su funesta obra es objeto de culto para quienes cuentan con el abominable poder de llevar el odio a expresiones sofisticadas.

Fue el fabricante de la primera maquinaria de guerra mediática aceitada para matar famas y glorias, y convertir, con sus fatales tirajes, a los próceres en bandoleros. Sin embargo, no todo lo que se publica es responsabilidad paterna del periodismo. ¡Sus padres son otros!

La mala prensa es amarilla como pálida resulta la muerte. Exenta la sociedad de los pecados del poder en manos infames, los “Cara Pálidas” contaron la historia de los “Pieles Rojas”. El magnate Hearst movía sus rotativas y carretes de sus noticieros de cine como las orugas de acero de un tanque Sherman sobre pueblos enteros. La Muerte con mayúsculas narrando nuestras vidas en minúsculas. ¡No es de Dios que esto sea así por los siglos de los siglos!

Padre del Periodismo de Ocupación, abuelo de los partidos impresos, sabemos que lo suyo fue el gran negocio que continúa hasta hoy: redactar países “inestables” y publicar realidades de papel.

La prensa de Hearst fue un instrumento de desintegración de las historias nacionales, de identidades culturales y valores, a cambio de una incierta globalización donde nos “aplauden” por sacarnos la terminación de “rotar” en la Tierra como subalternos, pero nos niegan el derecho de ganarnos el Premio Mayor de una Lotería controlada por las metrópolis: ser el Eje. O crearlo.

Las transnacionales de la “información” no forman ni informan: deforman. Es el relato del consumo masivo. En sus salas de redacción, los editores son desplazados por los guionistas y el periodista es una especie en vías de extinción, arrinconado por las “estrellas” de turno. Es la hora de las “celebridades”, la “información” degradada a mercancía, la “noticia” como talk show.

No hay reporteros, sino encargados de especular para ser parte del golpe espectacular “en desarrollo”: transmitir en vivo el aborto de legítimos gobiernos gestados en el vientre de la democracia: las urnas.

Falsificar países enteros

En estas superproducciones no bastan que las situaciones reales hablen por sí solas. La “noticia” ya no se encuentra donde estuvo en todos los tiempos: en el lugar de los hechos. Hoy apenas es un “eco”: una leyenda que lleva el sello de la sede mundial de la cadena internacional. Además, debe estar en cámara un “analista neutral” para pasar en limpio la “sucia” verdad, hasta alcanzar los niveles óptimos de calidad que exige toda mentira limpia para que el mundo la crea.

No es periodismo falsificar países enteros como Venezuela para derrocar a su gobierno electo, ni tampoco estar “al servicio de la democracia”. Mucho menos cumplir el Mandamiento de Dios: No levantarás falso testimonio.

Como Hearst, invierten los papeles: descafeínan a los violentos, armados de molotov y llevados por el demonio de la destrucción, y los difunden como “valientes ciudadanos que luchan por la libertad”. A las autoridades legítimas, las tildan de “tiranías”, y al pueblo que sale a defender la democracia, lo proyectan al mundo como “turbas”, “fanáticos” o “matones”.

Ni qué decir del bombardeo sistemático internacional que sufre el gobierno constitucional de Venezuela, las 24 horas del día por aire, mar y “prensa”. Una lágrima de Mario Vargas Llosa trata de lavarle sus inmundicias y daños colaterales: “Es triste, aunque no sorprende, la soledad de los valientes venezolanos que luchan por su país”. ¿Soledad? Solo algo justifica la falacia de este íntimo y apasionado enemigo de la realidad: la verdad nunca gozó de prestigio en su exquisito mundo ficticio.

Con el Gobierno Sandinista liderado por el presidente Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo, el martilleo es constante, para publicar una república a pocas varas del abismo, falseando cada día la realidad, y en carrera de fondo, la historia misma.

Salvando al Contra Reagan

Un ejemplo se puede ver claramente con el análisis de la agencia EFE, y la relación del Gobierno constitucional con los Estados Unidos.

Del cable original, publicado en El Nuevo Herald de Miami (“Presidente de Nicaragua colabora con EUA en materia de seguridad”), así como en otros medios como El Nuevo Diario, casi al final se lee:

“Nicaragua y EEUU fueron enconados rivales en los años 80, durante el primer régimen sandinista (1979-1990), cuando los Estados Unidos financió a la “Contra” para derrocar con las armas a los sandinistas, en una guerra civil que dejó miles de muertos en el país centroamericano”.

“El líder sandinista se presenta ahora como un gobernante aliado de una parte de la jerarquía católica y que puede mantener al tiempo relaciones tanto con Irán, Rusia, Cuba y Venezuela como con EEUU, la Unión Europea y Taiwán”. (16 de marzo)

El partido impreso desvirtuó así el servicio de prensa, al publicar: “Ortega fue enconado rival de Estados Unidos en los años ochenta y ahora se presenta como un gobernante aliado de una parte de la jerarquía católica y que puede mantener al mismo tiempo relaciones tanto con Irán, Rusia, Cuba y Venezuela como con EE.UU., la Unión Europea y Taiwán”. (17 de marzo)

Nótese la manipulación chabacana: cambian el nombre de Nicaragua por Daniel Ortega y “borran” todo rastro de responsabilidad de los halcones republicanos -- cuando dominaban el escenario político de los Estados Unidos-- en su apoyo económico-militar-mediático a los que pretendían derrocar al gobierno legítimo de la Revolución Sandinista.

El interés de “La Prensa” es demonizar al Presidente, personalizando la situación de aquella época, que no empezó en Nicaragua, para presentarlo como “enconado rival” de Estados Unidos. A la vez, “salvan” a Ronald Reagan, quien se presentaba descaradamente con el estampado “I'm a Contra” en su camiseta, como el “Gran Cara Pálida” que soñaba aplastar la Revolución Sandinista.

Una cosa es el periodismo, otra desbancar la realidad por el guión de nostalgia de aquel Sheriff de la Guerra Fría que veía “Pieles Rojas” por todas partes.