Era la tarde-noche del 26 de febrero de 1978, hace 36 años. Soldados y tanques de guerra se apostaron frente a la humilde vivienda de Los Sabogales, una casa de seguridad donde los compañeros Camilo Ortega Saavedra, Moisés Rivera y Arnoldo Quant, resistieron hasta que cayeron asesinados por la genocida Guardia Nacional, durante la Insurrección Popular de Monimbó.

Ese episodio de la lucha por la liberación de Nicaragua cobró decenas de vidas y presos políticos; compañeros y compañeras se unieron a la lucha, cansados de vivir las atrocidades cometidas por el régimen somocista, e inspirados por la lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en todo el país.

Aquella tarde en que la sangre de Camilo, Moisés y Arnoldo regó el fértil suelo de Los Sabogales, se encendió la llama del pueblo indígena de Monimbó.

Joven presenció asesinato de Camilo, Moisés y Arnoldo

Desde que se unió a la lucha insurreccional es conocido como “Pelele”, pero su nombre es Alfonso Antonio Téllez Hernández. En 1978, “Pelele”, con apenas 18 años, fue detenido por la Guardia Nacional a pocos metros de Los Sabogales.

“Nosotros estábamos en la carretera cuando nos percatamos que venía la Guardia con sus tanques. Yo me crucé la carretera y me refugié en una vivienda, pero los guardias llegaron y me sacaron, alguien les dijo que yo estaba en Los Sabogales y andaba un par de bombas de contacto”, recuerda “Pelele”.

El joven trató de disuadir a los guardias argumentando que él nada tenía que ver con la lucha contra el régimen, pero sus explicaciones no fueron escuchadas.

“En ese momento otros guardias matan a Camilo, a Moisés y a Arnoldo. Estoy ahí cuando matan a Camilo y me dicen a mí: andé recogé a esos hijos de la gran p… y tiralos al camión”.

“Los guardias se llevaron los cuerpos y a mí me apresaron. Me vendaron los ojos y amarraron las manos, me subieron a un helicóptero, sólo escuchaba el ruido del papalote y no dilatamos nada en llegar, seguramente me llevaron al Coyotepe”, continuó el relato.

Alfonso recuerda que durante 15 días estuvo preso al lado del compañero Sebastián Escobar.

“Me quitaron la venda de los ojos, me dicen: ‘conque vos sos el chiquito que andaba ahí en Los Sabogales’. Yo les dije que iba a traer unos reales pero que yo no andaba ahí. Entonces, me meten a la cárcel, apuntaron mi nombre, yo les di mi nombre verdadero. Y me dicen: vas de viaje para adentro… y bueno a aguantar la garroteada. Ahí, en una celda a la par, estaba Sebastián Escobar. Cuando él mira que yo entro me pregunta: qué te pasó; yo le respondí: me agarraron en Los Sabogales. Alistate, me respondió él”.

“Diario me sacaban a media noche. Yo estuve quince días preso y todos los días me garrotearon. Ellos me preguntaron sobre Camilo, que si yo estaba con él, pero nunca les di esa información”, asegura el joven que hoy tiene 54 años.

En esos días el Cardenal Miguel Obando y Bravo, intercedió ante el régimen para otorgarles la libertad a los reos y presos políticos. “Ahí fue donde salí yo. Cuando salgo de ahí, salgo todo conchudo, me fui al mercado viejo donde una tía mía vendía frescos”, recordó.

“Yo miraba los sufrimientos de la gente, de ver cómo sufrían, cómo los reprimían, por eso me uní a la lucha”, manifestó “Pelele”, quien habita en el barrio Monimbó.

Camilo decidió quedarse y enfrentar a la Guardia

“Pedro”, era el seudónimo que Justo Agapito Mercado Méndez, hoy de 65 años, utilizaba cuando la lucha insurreccional de Monimbó.

Agapito conoció a Camilo Ortega desde 1972, pero fue hasta 1977 cuando ambos se encontraron nuevamente como compañeros de lucha.

“Nosotros nos miramos aquí en el Colegio Salesiano cuando él estudió ahí, se nos desapareció y regresó en el año 77 que ya vino aquí a comenzar a trabajar con nosotros. El trabajo de él con nosotros era organizativo, buscar compañeros para luego hacer acciones que nos iban a encomendar, nosotros no sabíamos qué acciones eran”, recuerda.

Agapito relata que a él le tocó buscar compañeros para luchar como combatientes, además de instalar casas de seguridad y aportar al trabajo organizativo en acciones como el Asalto al Palacio, donde 7 combatientes monimboseños participaron activamente.

El combatiente histórico recuerda que uno de los detonantes de la lucha popular fue el asesinato del doctor Pedro Joaquín Chamorro. “Después de su asesinato las cosas se vinieron recrudeciendo, ya vino la Guardia Nacional reprimiendo a los ciudadanos, a los jóvenes y las mujeres”.

También explica que fue Camilo quien les enseñó a disfrazarse para despistar a los guardias de Somoza.

“El Comandante Camilo nos decía cómo nos teníamos que enmascarar. Nosotros nos hacíamos cicatrices en la cara con pega, como que ibas cortado, nos vestíamos como campesinos de sombrero viejo, de zapatos viejos, o descalzos, a veces usábamos camisas manga larga todas rotitas y pantalones rotos, a veces andábamos bien chajín”, rememora.

Uno de los momentos que Agapito recuerda con mayor nitidez es la conversación que sostuvo con el Comandante Camilo la mañana del 26 de febrero de 1978.

“Yo le dije: Comandante, viene la Guardia Nacional, en el punto que no teníamos gente ahí desembarcaron. Le digo: Comandante, no rompieron el cerco, pero sí desembarcaron donde no pusimos gente. Él me dice: no te preocupés, que ya a Hilario lo mandé a la Natividad, a Carlitos y a Manuel los mande para Granada”.

“Sería mejor que se retire, le dije yo, porque ellos vienen para este lado. Déjamelos, que me vuelo pija con ellos, me respondió. Él estaba en Los Sabogales”, recuerda Agapito.

Según el combatiente, la Guardia Nacional penetró en Los Sabogales por el área conocida como los yucales, en uno de los costados del actual museo Camilo Ortega.

“Ahí como a esta hora – 05:00 pm- fue que sucedió que la Guardia Nacional entró al lado de Las Flores, entraron los tres tanques con los guardias. Al ver que nadie responde por ningún lado, me dice Sebastián Putoy: nos cruzamos a verlos. Le digo: ya están encima de ellos, y cuando en eso miramos que el tanque nos aprieta a nosotros, salimos de ahí y nos venimos buscando El Calvarito de Monimbó”, explica Agapito.

“Regresamos a Los Sabogales, en la nochecita, la Guardia estaba ahí dando vueltas, disparando. El tanque estaba adentro. La noticia de la muerte del Comandante la recibimos a los 5 días del mes de marzo. Nosotros pensamos que se había retirado, hasta después vino la información que habían muerto los tres compañeros”, recuerda.

Pueblo de Monimbó le bautizó el Apóstol de la Unidad

Este combatiente recuerda que Camilo era un dirigente digno de respeto. “En el teníamos a un hombre que inspiraba confianza en la victoria de nuestra lucha”.

“Siempre te hablaba de la Unidad, por eso aquí nosotros le decimos el Apóstol de la Unidad. Ese título se lo dimos nosotros. Aquí en Monimbó se le dio ese título, porque él tenía tanto Amor para este Monimbó que él te hablaba como hermano”, comentó.

Si yo llegara a caer, ¡ustedes sigan adelante!

Argentina de la Luz Jarquín, de 61 años, recuerda muy bien al Comandante Camilo Ortega. Hablar sobre lo que pasó ese 26 de febrero de 1978, le emociona al punto del sollozo.

“Cuando yo conocí a Camilo tenía como 27 años. Él estaba chavalo. Era delgadito, él bromeaba. A él yo lo conocía. Él era bien amigable y cuando había que bromear, bromeaba y decía: vaya deje esto allá en las flores. Ahí me iba con los papeles, me los metía y yo me iba”, recuerda.

Hoy Argentina se dedica a cuidar el Museo Camilo Ortega, lugar donde se reunían Camilo, Arnoldo, Hilario y otros compañeros de lucha.

De Camilo recuerda que era popular “muy recto en sus cosas y bien amigable” y que siempre decía: si yo llegara a caer, ¡ustedes sigan adelante!.

“Y eso fue lo que nosotros hicimos”.

“Eso es lo que me recuerdo y que bromeaba, a veces él bromeaba pero de broma en broma nos decía cómo era que íbamos a comportarnos”.

“El día del asesinato, nos dimos cuenta por la radio. Su pérdida para nosotros fue un golpe. Yo sentí algo como se me había muerto alguien, que ya quedábamos sin nada, sin un miembro. Eso me afectó, el no haber estado y no saber cómo fue”, comentó.

Sin embargo, Argentina reconoce que ahora Camilo está vivo en cada acción del gobierno revolucionario que preside el Comandante Daniel Ortega.

“Este es el legado que ha dejado Camilo. Por ejemplo, él decía que había que aprender a leer, que si se daba el triunfo de la revolución, que ya los niños iban a tener a donde irse a educar. Y que iban a cambiar muchas cosas”, indicó.

Insurrección: lucha por la justicia y la libertad

A pesar del paso de los años, en la memoria de Justo Román González, mejor conocido como “Justo Tarzán”, aún viven los recuerdos de cada uno de los momentos que vivió en compañía de sus compañeros de lucha insurreccional, entre ellos Camilo Ortega Saavedra, con quienes apostó por la libertad de un país que en ese momento se encontraba bajo las garras de una de las más crueles dictaduras de Latinoamérica.

“Nuestra lucha inició un 19 de enero, cuando presenciábamos la misa de 40 días de muerto de Pedro Joaquín Chamorro en la iglesia de San Sebastián, nosotros llegamos a ese lugar a manifestar nuestro descontento y luego de la misa participaríamos de una marcha por las calles de Masaya y esa fue una de las causas que enardeció a la Guardia Somocista y la impulsó a tirar desde helicópteros una gran cantidad de bombas lacrimógenas, las que afectaron a muchos niños que se encontraban en un colegio cercano a la Iglesia”, señaló.

Luego de esta acción en contra del pueblo, los monimboseños cansados de tantas muertes y dolor en las familias por causa de la Guardia, deciden organizarse y de esta manera evitar que situaciones como la ocurrida en la iglesia se volviesen a repetir.

“El acto en contra de los niños fue para nosotros la gota que derramó el vaso y es por eso que comenzamos todos a reunirnos en pequeñas células durante las noches y cuidar que la Guardia no regresara a atacar, sin embargo para ese entonces lo único con lo que contábamos eran palos, piedras y huleras, sin embargo no nos dimos por vencidos porque ya estábamos cansados de seguir siendo pisoteados”, añadió.

“Recuerdo que para ese entonces los jóvenes, mujeres y ancianos se sumaron a las trincheras de nuestra lucha, porque las barbaries que la Guardia había cometido aquel día, instó a la población a manifestarse en las calles, a formar parte de los frentes de batalla en los que el objetivo principal era exigir el retiro de Somoza del Gobierno”, señaló.

Siendo muy jóvenes y con la desventaja de no contar con las armas necesarias para enfrentar a los soldados, los guerrilleros utilizaron su ingenio y de esta manera lograron hacer armas caseras y así impedir que la Guardia entrase a Monimbó, sitio que para ellos era una amenaza ya allí convergían muchos revolucionarios.

“Nosotros quebrábamos botellas de vidrio y las colocábamos en las calles de acceso a nuestros barrios y de esta manera obstaculizábamos el paso de sus vehículos, recuerdo que en esos momentos la población de manera voluntaria y enardecida se sumó a nuestra causa y todos de alguna manera aportaron a la lucha”, destacó.

El surgimiento de las bombas de contacto

La falta de armas y los deseos de acabar con la represión, dieron paso a que un grupo de jóvenes dedicados al trabajo de elaboración de pólvora, el cual lo practicaban de manera artesanal, tomaran la iniciativa de hacer explosivos que pudieran frenar el avance de las fuerzas armadas genocidas.

La familia de artesanos de la pólvora conocidos como los “comejenes” fueron los que crearon las bombas de contacto, sin embargo la persecución que sufrieron por los guardias hizo que éstos, por algún tiempo, dejaran de fabricarlas, sin embargo durante estuvieron al frente de la elaboración, los guerrilleros lograron concretar muchos acciones en contra de las fuerzas represoras.

“La primera acción a la que me sumé fue un operativo de ataque al cuartel que la Guardia había instalado en Monimbó y es ahí donde conozco por primera vez las bombas de contacto, las que fueron lanzadas a la Guardia, recuerdo que las arrojamos sin saber el tipo de armas que llevábamos en nuestras manos, ni la peligrosidad que estas tenían para nosotros mismos”, destacó.

“Luego que los muchachos que elaboraban las bombas deciden dejar de fabricarlas por temor a la Guardia, uno de ellos decide compartir sus conocimientos con algunos de los que conformábamos los frentes de lucha y es ahí cuando uno de mis compañeros y yo decidimos aprender a procesarlas y de esta manera seguir contrarrestando las acciones genocidas”, expresó.

El temor a la muerte fue uno de los grandes factores que en reiteradas ocasiones hizo que muchos de los guerrilleros no se pusieran al frente de la fabricación de los explosivos, sin embargo, “Justo Tarzán”, venció esa barrera y se convirtió en uno de los principales herederos de la fórmula que permitía la elaboración de los detonantes.

“El que diga que nunca sintió miedo en esos tiempos es mentiroso, nosotros teníamos miedo pero aún así nos aventuramos a la fabricación de las mismas, por varios días practicamos hasta que obtuvimos el producto deseado, siempre tomamos las medidas de seguridad y fue de esta manera que nos convertimos luego en el segundo grupo de fabricantes de bombas de contacto”, recordó.

Para este hombre, en cuyo rostro se aprecia el paso de los años y la experiencia adquirida en esos momentos de lucha clandestina, la satisfacción de haber contribuido al proceso revolucionario y la libertad de su pueblo fue un hecho que marcó su vida y que hoy lo recuerda con mucho orgullo y satisfacción.

“Si de algo estoy agradecido con Dios, es haber participado en ese momento porque fuimos ejemplo para otros países, fuimos parte de una historia de lucha desigual, porque el acto que hicimos fue valorado a nivel nacional y mundial, con esto mostramos a todos que fuimos capaces de vencer y librarnos de una tiranía que sin medida alguna acabó con la paz, la libertad y la felicidad de nuestro pueblo”, expresó.

“Valió la pena haber vivido ese capítulo de nuestra historia, quizás los resultados de nuestra lucha no los vimos en ese momento, pero sí los vemos ahora que nuestros jóvenes tienen derecho a la educación y tienen un futuro, hoy tienen las oportunidades que nosotros nunca tuvimos, hoy vemos el progreso en nuestras comunidades, vemos el crecimiento económico de los pequeños productores y por esas y muchas razones es que si valió la pena haber combatido y haber contribuido a la libertad de Nicaragua”, finalizó.