"El pueblo de Costa Rica me ha dado el más preciado de sus bienes, su confianza, no lo traicionaré", declaró Laura Chinchilla en 2010, tras convertirse en la primera mujer en gobernar el país centroamericano. Aquellas palabras de una eufórica presidenta se las llevó el viento. Cuatro años después, los problemas se han incrementado y no ha dejado un legado a seguir, lo que complica aún más la situación para el próximo Gobierno.

Las elecciones presidenciales de Costa Rica se han celebrado este domingo en un clima de máxima incertidumbre, sin ningún candidato como posible ganador, en parte generado por la desconfianza en la política alimentada por su actual mandataria. Cuando el próximo 8 de mayo abandone la Casa de Zapote, pasará a la historia como la líder de Costa Rica peor valorada de los últimos seis gobiernos.

Chinchilla, de 54 años, llegó al poder como la sucesora del Premio Nobel de la Paz Óscar Arias, muy admirado por los costarricenses y que ya había gobernado el país en dos ocasiones (1986-1990 y 2006-2010). Parecía una apuesta segura, ya que había sido su ministra y vicepresidenta, y suponía la continuidad del oficialista Partido de Liberación Nacional (PLN). Además, el hecho de ser una candidata femenina atrajo la mirada internacional, ya que por aquel entonces la única mujer que llevaba las riendas de un país latinoamericano era Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de Argentina.

Demasiadas expectativas puestas en esta politóloga, que ha pasado desapercibida en el plano mundial y nacional por lo inoperante que ha resultado su Gobierno. "Nunca tuvo un proyecto político claro, consensuado y bien comunicado", explica Gustavo Adolfo Araya, presidente del organismo Instituto Ciudadano. Su legislatura ha estado salpicada por manifestaciones de diversos sectores de la sociedad molestos con sus políticas, y su imagen no ha calado entre la población, que suele criticar sus apariciones públicas. Además, su vida personal ha sido objeto de burla por la gran diferencia de edad con su marido, el abogado español José María Rico, de 79 años.

Falta de visibilidad

Esta semana Chinchilla asumió la Presidencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en La Habana, quizás uno de los pocos actos que le han hecho visible a nivel internacional.

La larga tradición democrática de Costa Rica, sistema establecido en 1949, es lo que marca su diferencia respecto a la inestabilidad reinante en el resto de Centroamérica. Una fórmula de Gobierno que empieza a perder adeptos, como advirtió el último Latinobarómetro.

Tres son los casos polémicos que han disparado la falta de popularidad de Chinchilla: la construcción de la carretera 1856 en la zona fronteriza con Nicaragua, que ha desestabilizado las relaciones con el país vecino; su viaje a Perú en el jet privado de un polémico empresario para acudir a una boda y el fracaso de su plan fiscal, que ha dejado un déficit de más del 5% de su PIB.

En la actualidad, Costa Rica sufre muchos problemas, algunos ya heredados por Chinchilla. "Desde la perspectiva ciudadana: la corrupción, una tasa de pobreza del 21%, el desempleo y la inseguridad", señala Claudio Alpízar, profesor de Ciencias Políticas y Administración Pública en la Universidad de Costa Rica.

Aumento de la desigualdad

La brecha entre ricos y pobres cada vez es mayor, según el informe anual del centro de estudios Estado de la Nación. Además, el Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe 2013, elaborado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), lo señala como el segundo país con más desempleo en la región, con un 8,3%.

Este país es el más estable y desarrollado de Centroamérica, lo cual no es sencillo al encontrarse en una región gobernada por la violencia y el narcotráfico. En los últimos tres años ha conseguido reducir su porcentaje de homicidios, según el Estado de la Nación. Preservar ese estatus privilegiado deberá ser uno de los retos del próximo gobernante.

En los últimos años los sectores de la salud y la vivienda se han visto perjudicados. El buen funcionamiento del primero siempre ha sido una señal de identidad del estado de bienestar costarricense, sin embargo, ahora atraviesa dificultades de financiamiento.

En el plano económico, el país necesita "más competitividad, mejor infraestructura y más claridad sobre una posible reforma fiscal", añade Alpízar.

Al futuro presidente le queda mucho trabajo por hacer, pero ante todo deberá tomar decisiones rápidas porque los costarricenses están cansados de no ver resultados y de no encontrar soluciones a sus problemas cotidianos.