Hay libros que ayudan a entender mejor el mundo. La venganza de la geografía (RBA), de Robert D. Kaplan, es uno de ellos. El clima, la latitud, los mares, los ríos, las montañas, los desiertos, los recursos naturales, las etnias, marcan el destino de las naciones, las grandes migraciones, la viabilidad económica de los asentamientos masivos, el sistema de vida, el auge y caída de los imperios, la emergencia de nuevos poderes y áreas de influencias, la paz y la guerra.

Kaplan intenta demostrar que, cuando se fuerza esa lógica geográfica, el resultado se mide en términos de inestabilidad y tiende a corregirse. Fronteras artificiales como la que separaba las dos Alemanias o las que fundían realidades diversas en la Unión Soviética caen por su propio peso. Eso le lleva a pensar, por ejemplo, que ocurrirá algo parecido en la península coreana.

En La venganza de la geografía, Kaplan -veterano analista, periodista y viajero impenitente- bucea en el pasado en busca de las claves que explican el devenir histórico y permiten aventurar su evolución futura. Muestra un interés muy específico por “el mapa euroasiático”: Rusia, Oriente Próximo, India y China.

En el caso del Imperio del Centro, la superpotencia emergente que disputa la hegemonía a Estados Unidos, Kaplan señala que tiene la geografía a su favor, al situarse, al igual que su gran antagonista, al sur de la línea de los 50 grados de latitud norte, justo al contrario que Rusia, su rival natural más próximo. Pekín está a la altura de Nueva York, y Shanghai, a la de Nueva Orleans. China, que tiene una fuente de inquietud en las estepas del norte y noroeste, se articula en torno a sus grandes ríos: Wei, Han, Amarillo y Yangsé, que fluyen de oeste a este. Y, más que por las diferencias Norte-Sur, está condicionada, sobre todo en el aspecto demográfico, por el binomio centro-periferia.

En cuanto a las recientes disputas en torno a la soberanía de varios archipiélagos en los mares del sur y del este, suponen la expresión del deseo de reparar la injusticia histórica que se le infligió a la fuerza en una época en la que China sufría una clara inferioridad militar. Sin embargo, el motivo más pragmático es la conveniencia de controlar rutas comerciales de importancia vital para su expansión comercial.

Señala Kaplan que China combina su apuesta por la modernidad con una “civilización hidráulica” que, gracias a un férreo poder centralizado, permite modelar el potencial de sus ríos con grandes obras que exigen millones de trabajadores. Es parte del dinamismo interno que alienta el expansionismo, a medida que el país se desarrolla, que su población sale de la pobreza, que se potencia la clase media, que aumenta el bienestar y que crecen exponencialmente las necesidades de materias primas.

Kaplan se pasa algo de rosca cuando atribuye a Estados Unidos una “actitud misionera” en política exterior, como si su política exterior pretendiese expandir la democracia y la justicia, en lugar de defender estrictos intereses geoestratégicos. Y tiene razón cuando explica que China se basa de manera casi exclusiva en el pragmatismo. Pekín “no pretende difundir ninguna ideología o forma de gobierno”, señala, sino buscar fuera lo que no tiene, lo que la limita en sus ambiciones, desde la energía hasta minerales esenciales.

China, añade Kaplan, es “una potencia ultrarrealista” que pretende fortalecer su presencia en el África subsahariana –rica en recursos petrolíferos y minerales- y, de forma simultánea, asegurarse el acceso a sus puertos del Mar de China Meridional y el océano Índico, que “conectan su costa con el mundo del golfo Pérsico, rico en hidrocarburos”.

Según Kaplan, China no supone una amenaza existencial, y la posibilidad de una guerra con EE UU es remota. Su desafío es geográfico y se modela teniendo en cuenta los condicionantes de la globalización. Pero, en la práctica, eso supone que sus intereses chocan con los de Estados Unidos, que no se cruzará de manos si ve que se desvanece su influencia en el Pacífico, ya que eso consagraría su paso a un papel secundario, es decir, el fin de su hegemonía planetaria. De ahí las incertidumbre que se ciernen cuando es cuestión de años, y no ya de décadas, que China, tras superar a Japón, se convierta en la primera economía mundial.

Por otra parte, Rusia tiene aún más motivos de preocupación que EE UU respecto al auge chino. Tanto Mongolia Exterior (que fue satélite de la URSS), como el inmenso espacio geográfico y apenas poblado que se extiende desde el lago Baikal hasta Vladivostok constituyen un “área natural de expansión” para China y centro de reivindicaciones territoriales que siguen vivas.

Desde los Urales al Pacífico la población rusa es de apenas 20 millones de habitantes (menos de 7 millones desde Irkutsk), pero al otro lado de esas fronteras viven más de cien millones de chinos, En el extremo oriental la diferencia en la densidad demográfica es de 62 a 1.

Moscú ve ese desequilibrio como un grave riesgo potencial, no ya de que regresen las tensiones (y sus sarpullidos bélicos) de los tiempos de la Guerra Fría, sino de que se produzca una silenciosa invasión demográfica y empresarial que pueda conducir a un cambio más radical por la vía de los hechos consumados. En realidad, ese proceso está ya en marcha, tanto en Siberia como en Mongolia, donde decenas de miles de chinos llevan décadas estableciéndose y creando cabezas de puente comerciales.

Lo que Pekín busca no es tanto la expansión territorial, sino el acceso –que puede suponer un beneficio común- a los recursos naturales que necesita desesperadamente para alimentar su auge económico, y que sobran al otro lado de la frontera: petróleo, carbón, uranio, aluminio, cobre, níquel, hierro… China ha pasado de consumir el 10% de la producción mundial de metales a finales del siglo XX a un 25% en la actualidad, lo que da idea de su necesidad existencial de asegurarse fuentes de suministro.

Los titulares de prensa prestan mucha atención a los contenciosos con Japón, Vietnam o Filipinas por un puñado de islotes. Y está justificado, que así sea, pero no es fácil comprender que apenas se hable y se escriba de este otro gran reto estratégico, mucho más cercano y caliente. O de la competencia feroz entre Moscú y Pekín por la influencia en las repúblicas centroasiáticas de la antigua URSS, una pugna en la que China parece llevar ventaja, en parte por el ambivalente rastro que en esos países dejó el poder soviético y el rechazo a que se reproduzca.

Según Kaplan, esa frontera es “arbitraria y, por ello, hasta cierto punto atemporal”, o sea, inestable. Y se pregunta: “¿Podría la geografía separar de nuevo a Rusia y China, cuya actual alianza es principalmente táctica? ¿Sería posible que el beneficiario fuera Estados Unidos, al igual que en el pasado?” La historia y la geografía lo dirán.