Hay un sentido magnífico de la Navidad. De hecho, es el que nos provee la Biblia: Dios con nosotros. La estrella de la cercanía, no las cinco de los palacios que separan a los efímeros, ha guiado a los sabios a adorar al niño que los mayores nos enseñaron a querer con todo el oro, el olíbano y la mirra de nuestros villancicos y sones de pascua.

La estrella, si hubiera sido enviada por los hombres, seguramente habría pasado lejos de Israel, para esquivar un pueblito olvidado y posarse mejor, reforzada con cuatro más y un laurel, sobre la residencia del César, en el Palatino romano.

He aquí, el Hijo de Dios, sin aferrarse ni a un celeste gramo de deidad, asumiendo su igualdad con los excluidos, al grado de nacer, según los antivalores de la soberbia humana, en el lugar menos digno de la nación hebrea sometida al imperio de Augusto: Belén Efrata, y por si fuera poco, en un establo.

Ahí estaba el sentimiento del Señor, tan tierno como su amor hacia a la raza caída, en el Verbo hecho chigüincito del Medio Oriente, aunque algunos se lo imaginen parecido al bebé Gerber de los tarros de cereales.

Mantener presente que Jesús tuvo por cuna un pesebre y no los escaparates, que es Hijo del Altísimo y no del bajísimo mercado, debe ser un compromiso cristiano, porque a Dios no le plació anunciarlo con las distinciones vacías de la vanidad mundana. Al contrario, el mensaje es, cada quien un Belén, con la humildad de aquel villorrio sin alegría prefabricada, escogido por el Santo de Israel.

Es que Jesús nacerá en un alma sin arrogancia, a través de la superior de las virtudes que alguien puede practicar: el amor que transpira solidaridad y no odios ni resentimientos. Y es lo que promueve el Belén que el Gobierno Sandinista, en una espléndida ambientación bíblica, construyó en el parque Luis Alfonso Velásquez Flores.

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.

Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Yahveh de los ejércitos hará esto”, profetizó Isaías (9:6-7)

Belén en el ABC de Managua

Belén de Judea es una celebración de la vida, un mensaje tangible de lo que se entiende por cristianismo: nunca se había visto a tanta cipotada ejerciendo su fundamental derecho de ser niña/os a como Dios manda.

El alto grado simbólico de esta puesta en escena es algo inusual en las llamadas democracias rendidas a los pies de Mammón, el actualizado dios del neoliberalismo, sin que los religiosos de derecha descalifiquen a sus líderes y banqueros de paganos. Todo lo contrario, bajo la luz navideña de este espacio que anima la transformación de la capital, no se observa un solo Santa Claus.

Quién diría que el corazón destrozado por el terremoto de 1972, volvería a palpitar con la fuerza de una chavala y que comenzaría a erguirse con su columna totalmente nueva: la Avenida de Bolívar a Chávez, el ABC donde Managua aprende a ser ciudad, naciendo con los Nacimientos.

Sí, la Managua caótica empieza a erigirse y dirigirse por donde debió haberse levantado desde 1973: con calles donde se pueda andar y sentirla, porque las urbes se quieren caminándolas, y si sus avenidas y plazas se dejan recorrer es que son ciudades de verdad, no montones de hierro, cemento y asfalto con existencias presurosas, carteles y pistas peligrosas.

Con perdón de los nostálgicos, la vieja Roosevelt ni por sombra se le acerca a este impresionante Paseo de la Humanidad que remata al norte con el Malecón y su diamante, el Puerto Salvador Allende. Por primera vez la capital pone un agradable rostro al otrora despreciado Xolotlán. ¡Es hora de componer nuevos recuerdos y dejar en paz los antiguos!

Belén es un alto en el camino, pero provechoso también es palparla; es reconocer en voz alta y “la conciencia alzada”, como bien dice la escritora Rosario Murillo, nuestras raíces judeocristianas. De esta formidable recreación de la arquitectura israelita donde hace más de 2 mil años fue iluminada por la gloria de Dios, parecen emanar las buenas nuevas: que la niñez y la juventud gocen de las oportunidades que la codicia organizada les negó a las anteriores generaciones.

Ver a las criaturas, incluso extranjeras, dándole rienda suelta a las primeras hojas de sus calendarios, sintiendo diciembre en su mayor intensidad; mirar a los chavalos jugando sobre la grama artificial, en fin, todos exhibiendo en sus caritas rotundas la libertad bendita, es una adelantada señal para los hombres y mujeres de buena voluntad: Nicaragua ya no volverá a ser la misma. A Dios gracias.

“Y hacia Belén, la caravana pasa…”.