Siempre he tenido como parte fundamental de toda democracia el respeto a las minorías. Yo pienso que desde cualquier punto de vista ser mayoría implica tener una gran responsabilidad porque desde la superioridad numérica los que están sintonizados en una misma frecuencia son más y además capaces, por efecto de una voluntad común, de materializar ideas y concretar planes porque la mayoría con unidad crea poder.

Sin embargo, siempre es importante tener presente lo que las minorías piensen, porque aún en el reducto, en lo más pequeño o invisibilizado, uno puede encontrar elementos que enriquezcan lo que la colectividad aprecia sobre cualquier asunto, que, sobre todo, esté perfilando beneficios que sean comunes a la sociedad que es a lo que las mayorías y las minorías deberían apuntar en las prioridades de su agenda, por supuesto en aquella que se nutre por la madurez.

Esto que de entrada expongo, el respeto que nos merecemos todos, de las mayorías hacia las minorías, seguramente es una máxima en el mundo democrático y no lo dudo, pero para que esto funcione se necesita de dos, igual que un Tango para ser bailado, y eso implica también, que, en este caso, para que funcione, debemos hacer del RESPETO, la música para poder bailar ese Tango.

Es correcto que las mayorías respeten a las minorías, pero es igualmente correcto que las minorías respeten a las mayorías. Lo que planteo es una ecuación, es una ruta de dos vías, que nos permite ir y venir, estirar y encoger, dar y recibir, como parte de la naturaleza humana para ser seres sociales. Si este código no es descifrable entre los más y los menos nos vamos a enredar porque cuando las porciones, independientemente de sus tamaños, se saben violentadas, irrespetadas, abusadas, entonces lo que se impone es un mecanismo de defensa natural porque se puede ser manso, pero no menso y desgraciadamente quienes más ciertos deberían estar de esto, las minorías, son quienes menos lo observan.

Aquí tenemos suficientes herramientas y elementos que nos permiten deducir de qué lado está la mayoría, quien es, a quien sirve y también que hace la minoría en este país y lo primero que se me ocurre sobre este ínfimo reducto de fracasados es que por muchísimo menos de lo que nos han hecho a la mayoría en esta Nicaragua que quiere paz, también en cualquier otro país, como lo hicimos aquí en su momento, los hospedarían como inquilinos del más exigente sistema penitenciario y esto que expreso no tiene ninguna contradicción con el tema que desarrollo: El respeto que nos merecemos todos.

El respeto es la piedra angular de la convivencia y es uno de los valores fundamentales que debemos cultivar desde la primera escuela que es el hogar, desde el colegio donde aprendemos, desde la universidad donde nos preparamos profesionalmente, desde nuestro trabajo donde construimos el desarrollo y es algo tan determinante que corresponde implementarlo con nuestra familia, entre amigos y entre todas las personas que nos rodean porque el respeto es una piedra angular sobre la cual se levantan los más extraordinarios monumentos.

El respeto es la base sobre la que sustentamos las relaciones con las personas, con nuestro medio ambiente, por tanto, es esencial para que exista una sana convivencia y para que se imponga la armonía en la comunidad que habitamos.

El respeto es el norte para el desarrollo sano en cualquier nación porque sin él la razón se convierte en nada en un mundo donde lo único que puede imponerse es el caos y la anarquía como principal estímulo para la delincuencia.

El respeto es una vía que nos conduce hacia lo correcto. Sin respeto las relaciones interpersonales se llenan de conflictos e insatisfacciones porque entonces dejamos de tener parámetros civilizados que como fronteras nos tracen una raya para tener una idea clara entre lo que se puede permitir y lo que no podemos traspasar. Si no respetamos a los demás, los demás no van a respetarnos a nosotros y si no nos respetamos entre nosotros tampoco vamos a ser respetados por los demás entendiendo que los demás es ese mundo que siempre está atento de nuestras polémicas, aunque generalmente confundido.

El respeto es esencial para sentirnos ocupantes de un espacio de seguridad donde nos podamos expresar sin miedo a ser juzgados, humillados o discriminados, por el pensamiento ajeno por muy contrario que este pueda ser al nuestro, porque el respeto es el padre de la tolerancia, porque la tolerancia, de la misma manera, es la que nos conduce a la paz pues de ella surge la auténtica democracia donde las mayorías respeten a las minorías pero donde también las minorías respeten a las mayorías sin pretender por cualquier sinrazón recurrir a sofismas para arrebatar espacios que ni les corresponden ni están dentro del consenso de las grandes mayorías.

El respeto no es guardar nuestros pensamientos, nuestras ideas, nuestra ideología o nuestra preferencia política porque a alguien, a pocos o muchos nos les agrada lo que se vaya a expresar, sino que el respeto es aceptar que el que está al otro lado tiene derecho a decir lo que piensa y que el que no está de acuerdo con mi línea de pensamiento puede hacérmelo ver pero sin insultos, sin descalificaciones, sin odio, sin creer que por no estar en su misma frecuencia entonces yo soy su enemigo y tan enemigo que me desee por eso la muerte o me quiera matar.

El respeto en la familia es aquel amor que no se mide en función de la igualdad de pensamientos, porque es una falta de respeto que, entre padres e hijos, entre hermanos y primos, entre tíos y sobrinos, tomemos distancias porque pensamos diferentes o políticamente andamos por caminos diferentes, eso es más que absurdo y lo digo hasta por experiencia propia y no creo que este fenómeno sea exclusivo de mi familia. El respeto debe ser por lo que profesamos o pretendemos representar, por la perseverancia y empeño que pongamos por una causa, siempre y cuando esta no dañe a nuestro entorno ni a los entornos ajenos.

Al respecto debo decir que escucho cada vez con más recurrencia cómo feligreses católicos desdicen de quienes pretenden ser pastores como profesionales de la fe. En este caso cuando algunos obispos y sacerdotes utilizan los templos, que son casas de oración, ofenden a su feligresía sí, pero también, que es más grave, a Dios, a nombre de quien siguen santificando las más grandes barbaries que el nicaragüense sufrió como en aquel 2018.

Es una falta de respeto que medios de comunicación que se autoproclaman como abanderados de la verdad absoluta todos los días mientan por un interés tan fanáticamente politiquero, que a cambio de la paga que reciben descaradamente del imperio, lo que a muchos hace mercenarios no periodistas, se lancen contra su propio país para destruirlo.

Señores el respeto no se impone el respeto se gana, el respeto se siembra y se cosecha. Puedo ser lo más feo del mundo, pero si hago cosas buenas la gente me mirará bonito y me respetará y eso tiene que ver, no con el cosmético que me pueda poner para hacer amable mi rostro, porque eso no es lo que influye en el respeto, sino lo que cada quien pueda ser capaz de irradiar y dar desde su propio testimonio de vida.

Como dije antes hay gentes que fueron mis amigos y que por no pensar ahora como ellos me irrespetan, pero no son tantos como aquellos que habiendo sido antes mis enemigos ahora me estiman y me respetan, no por pensar igual que ellos sino porque fui capaz de ver, desde el terreno de la realidad, quienes hacen por la paz, quienes hacen obras, quienes hablan de reconciliación, quienes han sido capaces de poner la otra mejilla, quienes no se detienen frente a la adversidad, quienes son capaces de luchar contra monstruos desde la razón que les asiste y aun así sobrevivir y estar de pie con la frente en alto, digno ante el poderoso, que cree que es grande por su tamaño, pero al final enano ante la historia de un David vencedor.

Así las cosas, el respeto no puede ser exclusivamente para los superiores. Es una norma indispensable para tener relaciones armónicas con quienes nos rodean y en consecuencia es una cualidad que debemos cultivar con esmero en la familia.

Todos necesitamos que nos respeten para sentirnos apreciados y valorados. No solo hay que respetar la ley, las normas de cortesía, los horarios, los reglamentos, sino que, ante todo hay que respetar a los demás, a los padres y a los abuelos, a los jóvenes y a los pequeños, a los conocidos y a los desconocidos y, en primer lugar, a los seres más queridos que suelen ser a quienes más nos atrevemos a irrespetar porque damos su amor por descontado.

El respeto no hay que demandarlo sino ante todo hay que merecerlo y modelarlo. Son nuestras conductas, actitudes y virtudes, y no el temor que infundimos lo que nos hace merecerlo. El respeto es la amabilidad con que tratemos al prójimo para demostrar que deseamos sentirnos dignos del respeto y admiración de los demás. Respetarnos es también sacar lo mejor que tenemos para enseñar con nuestro ejemplo por el bienestar de los demás.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.