I

Hombre de Paz, Rubén Darío portaba en su maleta de viajero tres libros infaltables: el de su referencia de vida, la Biblia. El de su recurrente fuente literaria: la mitología. Y el de su brújula humanista: El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha.

Por esa misma Paz exaltada por Rubén, Don Quijote fue por el mundo con adarga, lanza, espada, rodela, su Rocinante y sus ideales, para dar protección a los desvalidos, a los huérfanos, a los oprimidos, y luchar contra todo género de injusticias, que ese era su noble fin.

Por si no bastaba, lo que más le incomodaba eran los malvados, por gigantes que fueran. 

Del bendito linaje del Caballero de la Triste Figura son los hombres y mujeres sensatos. Rubén, entre ellos. 

Es decir, no somos hijos del odio ni de la violencia. Somos de la misma sangre del autor de Azul…

Nuestro inmediato referente es, causalmente, y no “casualmente”, la Biblia.

Queremos la paz. 

Quien desee lo contrario no es hijo de paz, no es hijo de la Patria Grande soñada por Rubén. 

No es hijo de Dios.

Y toda paz debe ser defendida con el decoro que más se ajuste a ella, que en la historia nacional sobran los debidos ejemplos. 

Paz es progreso. Luz. 

Es el Himno unísono de un país intenso que lucha de raíz por salir del subdesarrollo, meta de un pueblo inmerso en la dirección correcta. 

Reconocemos hoy que Jesús nos ha dado su Paz, y no como el mundo la da”. 

No nos dio una paz enjaulada.

Porque no es “paz” la que está más agujereada de condiciones que un queso gruyere sitiado por ratas hambrientas. 

No es paz la que es apéndice de las conveniencias de los establishments que quieren meter el siglo XXI de la Humanidad en la caja fuerte de los intereses creados de la deshumanización.

Ahora bien, solo un desquiciado convoca y provoca la violencia, y peor los que le hacen caso. 

Tal comportamiento caracteriza a los que adolecen de valores, de un espíritu cristiano. Porque hacer uso de la fuerza, para dar rienda suelta a la bajeza de sacrificar el bien común por los deseos y egos de unos cuantos maledictos (malditos), es propio de hígados insalubres. 

Pero estos patógenos infecciosos son anacrónicos. Ya no pertenecen a esta época, como esos virus desperdigados contra los cuales ya se descubrió la vacuna, aunque muy cierto es que contra la miseria humana y la traición no hay remedio que valga: es lepra

Lepra incurable del alma

Nicaragua días ha que dejó de ser “banana republic”. 

La Patria de Augusto César Sandino ya no es la desventurada subalterna de las metrópolis.

Tampoco es un estrado de las insolencias foráneas.

Así era durante los malos tiempos…

A la obediencia oficial se le llamaba “gobierno”.

El primer vasallo de la “nación” era “electo” en “elecciones democráticas” del pensamiento único: el partido bicéfalo de una clase arbitraria entrenada para la sumisión, y una sola cara elitaria de servilismo en su máximo grado. 

El statu quo de la abyección parasitaria

En ese monólogo ibérico devenido en monopolio hemisférico, “presidente” le decían al gamonal de turno del anticuco desorden de cosas.

Fue la esquizofrenia sociopolítica que se instauró después de la llegada de Colón y se prolongó sin mayores cambios que los nombres y los hombres…

Reclamo y posesión ilegal e inmoral de tierras y naciones pertenecientes a pueblos originarios por “Descubrimiento”.

Expedición sangrienta por Conquista.

Monarquía por “virreinato”.

Conquistadores por colonizadores de “salvajes”.

Capitanía General por “provincia”.

Colonia por “país”. 

Dicho de otro modo, fue pasar de la Independencia de papel de los Reyes Católicos a la dependencia cruel de sus acólitos criollos, “divinos” y mundanos. Más la promulgación de copias y remedos de constituciones europeas, tan puras y tan “civilizadas” que era un “desperdicio” que las “ensuciara” el “vulgo” y las “profanara” la realidad. 

Estas Cartas Magnas, sacadas de las mangas del colonialismo, nunca fueron estrenadas, de ahí que gobiernos de avanzadas debieron elaborar constituciones originales. Por supuesto, serían demonizadas por las cúpulas caducas como “dictaduras”, “violación de los derechos fundamentales”, fin del “Estado de Derecho”, “deriva autoritaria”…

Así reacciona la elite blanca y parroquial, impuesta desde el siglo XIX sin sentido de Patria, y sin más idea del concepto Estado-Nación que Las ambiciones pérfidas denunciadas por Rubén.

Es lo que se trató de botar en 1979, más allá del somocismo oficial derrotado, pero no derrocado del corazoncito de no pocos que usufructuaron el poder nacional, regional y zonal en los años 80, y después, como dijo el General Augusto César Sandino, “se pasaron al otro bando con todo y cartuchera”.

Los tales “hombres nuevos” tenían su ombligo en el basurero de la historia, de donde sacaron su podrido cordón con que, apestosamente, quisieron atar y atrasar Nicaragua en 2018. 

Esto no quita que hoy se avergüencen de esos años de rebeldía postiza, cuando eran los primeros en gritar, desde el privilegio de sus altas posiciones en el Gobierno y el Frente Sandinista: “¡Dirección Nacional, Ordene!,” “¡Muerte al imperialismo gringo!” “¡Yanqui, enemigo de la humanidad!”.

“Disidentes” se autonombran ahora, en ese desfile de máscaras de la infamia, cuando otra vez “fraternizan los Judas con los Caínes”, en una nueva edición bicentenaria, corregida y aumentada de lo que en 1892 describió el panida de Metapa. 

Solamente individuos poseídos por demonios son capaces de instigar una carnicería con sangre nacional, pero con la generosa marmaja de agendas y agencias extranjeras que quieren el sometimiento perpetuo de Nicaragua. 

Que no pase de ser un miserable eco de dictados foráneos. 

Que no se atreva a ser un Estado libre en el concierto de las naciones. 

¿De qué otra ralea serán estos sino de la misma que en los siglos XIX y XX sumieron Nicaragua en las páginas fatales de la historia que tanto lamentó Rubén? 

Por esa devoción furiosa a los desastres de la pólvora, sin más ton ni más son que el de los beneficios oligárquicos y sus hijos de casa, nuestro país perdió Guanacaste y Nicoya

La ineptitud de administrar un país de verdad sirvió esos prósperos territorios culturales y económicos en la bandeja de plata de sus pugnas provincianas a la vecina del sur, cuyos dirigentes no ahorraron intrigas, maquinaciones y hasta el paredón para aquellos ciudadanos que quisieron defender el honor de ser nicaragüenses.

II

Así como las palabras tienen alma, como decía nuestro liróforo celeste, las letras cuentan con espíritu dejó dicho Miguel de Cervantes a través de Don Quijote de la Mancha. Mas no solo ellas, sino también las armas nacionales. 

Y al pie de la letra clásica, el General José Santos Zelaya, mediante la misión encomendada al General Rigoberto Cabezas, impidió el cercenamiento de 50 mil kilómetros cuadrados que estaban en manos del Imperio Británico.

Un trascendental acto heroico, y modelo insigne de lo que para un patriota significa alcanzar la gloria, es no ceder ni una pulgada a ninguna potencia, por muy Reina Victoria que esté en el trono, como en efecto se ve, la dama regia regía con energía el inabarcable Imperio inglés. 

Pensemos: no es lo mismo hablar hoy de una Nicaragua superior a los 130 mil Km2 que de un paisito de 80 mil Km2 de superficie, que así lo hubieran encogido y dejado los 

oligarcas de no haber triunfado la Revolución Liberal del General José Santos Zelaya, en 1893.

¿En qué situación estaríamos si nuestra frontera oriental llegara hasta Jinotega, Matagalpa, Boaco, Chontales y algo de Río San Juan?

¿Cómo viviríamos si en vez de nuestra Costa Caribe, Nicaragua limitara al Este con un Protectorado Británico, como Argentina con las Islas Malvinas? 

¿Qué sería Nicaragua en el siglo XXI sin una salida al Mar Caribe

Pensemos y recordemos: en 1847 el embajador victoriano, Frederick Chatfield, trazó con los dedos imperiales de Lord Henry John Temple, Vizconde de Palmerston —el poderoso rector de la política exterior de Gran Bretaña—, los límites de Inglaterra desde Honduras hasta la desembocadura del Río San Juan. 

Entonces éramos apenas un intento de país. Para las potencias, nuestros límites naturales eran de tiza, los gobiernos de paja y todo el mapa de aserrín, dibujados, delineados, barridos, deshechos y vueltos a rehacer, según necesitara el famoso Occidente. 

Que así quisieran que siguiéramos, con soberanía de plastilina, República de arcilla y presidentes de plástico cínico-degradable.

Podemos concluir que para revertir semejante avasallamiento se actuaría conforme a la justicia y la defensa de la Patria en su momento, si es que en realidad habitara un profundo espíritu nacional en los líderes de un país.

Pero ya hemos visto que han sido escasos los Jefes de Estado provistos genéticamente de una honda convicción nacionalista, sin caer por eso en el patrioterismo, el chovinismo y la xenofobia. 

Son los que saben de su labor en la Historia: que la Patria no es patio trasero, ni consigna internacional, ni posesión ideológica de nadie

No es poca cosa entregar a las generaciones posteriores de nicaragüenses un país entero en 1909, cuando todavía faltaba el zarpazo de San Andrés, otra evidencia más de lo que ha padecido Nicaragua: desde 1838 hasta 2006 proliferó en las estructuras del Estado — salvo ilustres excepciones como el General Zelaya— el poder de los mequetrefes

Sí, mequetrefes de pedigrí que quisieron volver a “recuperar” sus tropelías con un Golpe de Estado.

Dicho esto, el espíritu de las armas nacionales es el mismo de las almas que aman Nicaragua, y estiman la Paz, como los que en julio de 2018 liberaron de nuevo a las ciudades de endemoniados que en sus tranques de exterminio despedazaron en vida, entre otros actos abominables, a Bismark Martínez

País liberado de sociópatas, falsos profetas y pirómanos que quemaron, hasta matarlo, al joven de 23 años Gabriel de Jesús Vado. Que así también pereció el estudiante Cristhian Emilio Cadena, en medio de las llamas, cuando los “democráticos” terroristas incendiaron el Centro Universitario de la Universidad Nacional (CUUN) en León. 

Esto por citar apenas tres casos ejecutados con saña por los filibusteros caitudos, herederos de Charles Frederick Heningsen, que cumpliendo órdenes de William Walker, pegó fuego a Granada el 23 de noviembre de 1856. 

El presidente de Estados Unidos, Franklin Pierce (1853-1857), reconoció al invasor de Nashville, Tennessee, como su colega “nicaragüense”, constituyéndolo pionero y paradigma de lo que luego serían glorificados como “luchadores por la libertad”.

III

Nicaragua está por la Paz y para la Paz. 

Y así como el pueblo está encaminado al trabajo que es su digno laurel, sus Fuerzas Armadas y la Policía garantizan la Paz, el Orden y la Soberanía Nacional.

No es de balde que Don Quijote haya dejado bien claro que las armas “tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida”. 

Que en esto no se equivoca el héroe cervantino, cuyas palabras fueron precedidas por el enorme apóstol de Tarso, Pablo: 

“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la 

autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos”.

Lo que expuso el Quijote admirado por Rubén es intemporal:

“Y, así, las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los ángeles la noche que fue nuestro día, cuando cantaron en los aires: «Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad»; y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo enseñó a sus allegados y favorecidos fue decirles que cuando entrasen en alguna casa dijesen: «Paz sea en esta casa»; y otras muchas veces les dijo: «Mi paz os doy, mi paz os dejo; paz sea con vosotros», bien como joya y prenda dada y dejada de tal mano, joya que sin ella en la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno”. 

No erró quien alabó el espíritu de estos hierros de la tranquilidad y la justicia, que es otra forma de la Armonía, pues “Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Presupuesta, pues, esta verdad, que el fin de la guerra es la paz…”. (Capítulo XXXVII, Cuarta Parte).

De ahí que convengamos lo que hace unos 2 mil años habló el Apóstol de las Naciones:

“Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo (Romanos 13:1-6). 

Por la vieja peste del unilateralismo que enferma al mundo, en más de dos siglos (203 años) de supuesta Independencia, Nicaragua solamente ha podido contar 33 años de Soberanía Nacional. Esto si sumamos los 16 años de la Revolución Liberal del General Zelaya, y los actuales de la Revolución Sandinista (2006) liderada por el Comandante Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo.

Hemos sufrido desde 1523 “Descubrimiento”, Conquista, colonización, dependencias, guerras, invasiones, filibusteros, intervenciones, golpes de Estado, terrorismo, injerencias, hegemonismos, agresiones y todo la barbarie del pecado original de España, Inglaterra y Estados Unidos, en su última fase vampírica: sus Imperialismos. 

Sin embargo, el yugo de los cascosque hieren la tierra como diría Rubén, no puede ser eterno, porque Eterno solo Dios.

A pesar de los pasados siglos de calvario y sacrificios, no hay rencor ni odio hacia los causantes de las desgracias del país.

Únicamente prevalece un elemental sentido de justicia: 

El Derecho de ser Nicaragua…

El Derecho al Transparente Amanecer de la Patria.