Cuando Twitter hace un cambio necesario o bienvenido, lo difunde por todos lados: en su blog, en sus cuentas y en los medios. Pero cuando el cambio es incómodo o controversial, prefiere que sus usuarios sean los que se den cuenta. Eso ocurrió en la tarde del jueves, cuando decidió, sin decirle a nadie, eliminar la posibilidad de bloquear a otros usuarios.

En lugar de eso, había implementado una opción en la que el usuario que bloquea –llamémoslo ‘@a’– no podía ver lo que hacía el usuario bloqueado –llamémoslo ‘@b’–, pero este último sí podía ver todo lo que el primero hacía en el servicio. Si quería, ‘@b’ podía retuitear lo que ‘@a’ publicaba, solo que ‘@a’ nunca se daba cuenta. Además, ‘@b’ podía leer el perfil y ver las fotos y videos de ‘@a’, como si nada hubiera pasado. De hecho, ‘@a’ nunca sabía que ‘@b’ le había puesto ‘bandera negra’. Esto no era un bloqueo, sino un filtrado o un ‘mute’ –como lo llamó Forbes–.

LA MEDIDA SOLO DURÓ ACTIVA ALGUNAS HORAS

En el clásico bloqueo, ‘@b’ no puede ver los tuits en los que ‘@a’ está mencionado, ni leer en su perfil los mensajes de ‘@a’, ni seguirlo, ni añadirlo en listas. Ni siquiera tiene acceso a su foto de perfil. Además, si ‘@b’ intentaba ver el perfil de ‘@a’, Twitter le avisa del bloqueo. Es un portazo; una declaración contundente de parte de ‘@a’: “¡no me jodas, ‘@b’!“.

Notarán que el último párrafo está escrito en presente. Esto es así porque Twitter reversó el cambio luego de que los usuarios lo rechazaron en todas partes, desde el mismo servicio hasta una petición en Change.org. La reacción fue tan fuerte que, según Reuters, obligó a los altos ejecutivos del servicio a hacer una reunión de emergencia.

¿Por qué lo hicieron?

Parece que Twitter quería dar un golpe de realidad. ”Queríamos hacer cumplir eso de que si un contenido es publicado en un perfil público, es visible por todo el mundo“, le dijo a Forbes un vocero del servicio. Además, la empresa aseguró que, de esa manera, pretendían evitar potenciales agresiones por parte de los resentidos ‘@b’ hacia sus respectivos ‘@a’. De hecho Dick Costolo, presidente de Twitter, tuiteó que “era una petición permanente de los usuarios bloqueados“.

Eso tiene sentido. No tenía sentido tener un perfil público sin que sea realmente público. Algunos medios dijeron que era una medida para aumentar la transparencia en el servicio, y otros dijeron que con eso se “ponía fin a una farsa“: de todos modos, ‘@b’ tiene varias maneras para leer lo que ‘@a’ tuitea –si el perfil de ‘@a’ es público–: abrir una cuenta alterna, hacer una búsqueda con su nombre de usuario o salir de su sesión en el servicio y consultar el microblog de ‘@a’.

Otra posibilidad, menos explícita pero igualmente plausible, fue sugerida por algunos usuarios: “Twitter no quiere que bloqueemos a los anunciantes“, dijo un tuitero llamado Glenn Fleischman. Eso tiene sentido: puede ser complicado convencer a los anunciantes si los usuarios puedan bloquear los anuncios.

¿Por qué el rechazo?

El bloqueo es una de las herramientas más apreciadas por los tuiteros: es el último castigo para los abusadores, los indeseables o simplemente para quienes se quiere tener fuera de la vida –el que no haya bloqueado a un/una ex que tire la primera piedra–. Bloqueándolo, la supuesta víctima se pone por encima del supuesto abusador: ejerce poder sobre él.

El ‘mute’ tenía el efecto contrario: ponía a los abusadores por encima de las víctimas. Los dejaba en una situación en la que no pueden protegerse. En nuestro ejemplo, ‘@b’ puede no solo seguir ‘stalkeando’ a ‘@a’, sino también puede seguir burlándose de él o causándole daño de otras maneras. El hecho de que ‘@a’ decidiera ignorar a ‘@b’ simplemente no le impedía a ‘@b’ seguir haciéndole daño.

El bloqueo es apreciado por los tuiteros porque es una medida definitiva de protección; es lo más cercano a hacer que alguien más deje de existir. Para otros, simplemente es una manera de sentirse poderosos censurando a sus contradictores. La mayoría de nosotros no podemos hacer algo parecido por fuera de internet, y contar con ello en nuestras interacciones en línea –y que sea relativamente inofensivo– es, cuanto menos, un alivio para muchos.