Este 22 de abril los terráqueos recordamos el Día Internacional de la Madre Tierra, que es el único planeta que tenemos para habitar este universo, no sé a ciencia cierta si la especie humana -por cierto no tan humana- seamos los únicos en la Creación de Dios, pero éste es el único mundo en el que podemos vivir sin que exista otro con las mismas condiciones, según nos indica la ciencia que nos ha permitido explorar otras formas de vida, aunque en lo personal pienso que no debemos ser tan petulantes y egoístas como para creer que somos los únicos.

Yo valoro inmensamente las maravillas únicas que por bendición nos regaló Dios porque son siempre, además de los mecanismos que nos permiten vivir, el más grande argumento contra el ateísmo que no sabe hacer otra cosa que negar la existencia del Creador y pretende desarmarnos con el cuento del Origen del Padre de la creación.

A los ateos siempre les pregunto: ¿Qué terráqueo es capaz de producir y darnos el aire que respiramos, el agua que tomamos quien la hace, lo que nos representa desde enormes distancias el Sol y la Luna, la fauna, la flora, los elementos de la tierra para alimentarnos, la materia prima que sale de ella misma con la cual sobrevivimos y nos guarecemos?

Cada cosa, cada milímetro de la tierra Creada por Dios, es perfecta, tanto como la vida en sí, porque la especie humana es capaz de reproducirse por razones biológicas, pero eso es muy diferente a crear la vida a la que antes Dios le construyó un mundo para que se integrara, para que se ensamblara con una perfección matemática con el ser humano.

La Madre Tierra, nuestro hogar, el único que tenemos, claramente nos pide que actuemos en su defensa. A gritos nos ruega, nos implora, que mal agradecidamente la dejemos de agredir y curiosamente hasta ahora, después de cienes de años, en los que nos pasamos, de menos a más golpeándola, es que ella ha podido tomar un respiro, pero solo gracias al monstruo invisible que nos mata.

Veamos nuestra realidad, lo que hemos hecho, contra una tierra a la que asesinamos y en la que lo único que hemos construido es un mundo perversamente desigual donde los grandes agreden a los pequeños, a los que sobrevivimos por el poder de Dios y por la buena voluntad de no rendirnos ante la soberbia del poderoso que es el contamina nuestro mundo.

Hoy la Madre Tierra llora porque sus océanos se llenan de plástico y se vuelven más ácidos e inhabitables para la especie marina; Los Ríos que alimentan los mares languidecen y sus vertientes rebasadas por los tóxicos de las grandes industrias. El calor extremo, los incendios forestales y las inundaciones, así como una temporada de huracanes en el Atlántico que ha batido récords, han afectado a millones de personas. El cambio climático, las perturbaciones provocadas por la mano del hombre contra la naturaleza, los crímenes contra la biodiversidad, la deforestación, el cambio de uso del suelo y su envenenamiento, la producción agrícola y ganadera sin control, el creciente comercio ilegal de vida silvestre, aumentan el contacto y la transmisión de enfermedades zoonóticas de animales a humanos.

Recién nos enfrentamos al COVID-19 y seguimos en ello, una pandemia sanitaria mundial con una fuerte relación con la salud de nuestro ecosistema. Esta peste ha impactado letalmente contra nuestro mundo, se trajo al suelo la economía mundial, afectó grandemente a los países grandes y poderosos y ya no se diga el efecto sobre los pequeños y débiles, pero ocurrió para que documentáramos el daño que causamos porque después de todo, como decía el Presidente de Nicaragua Daniel Ortega, en la clausura del Foro “Reencuentro con La Madre Tierra”, convocado por el Presidente de Bolivia, Luis Alberto Arce Catacora, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Madre Tierra, “hoy, en su irracionalidad las grandes potencias invierten abundantemente en modernizar y perfeccionar sus arsenales de exterminio más que en la protección de la vida del ser humano que padece de esta peste y de otras enfermedades, pero también por falta de alimentación, de educación, de techo, de solidaridad, de paz y amor porque esa es la condición que impuso la soberbia de los que se creen dueños de un mundo que previsiblemente va rumbo a su extinción en unos pocos años más.

Hoy por hoy el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que una nueva enfermedad infecciosa emerge en los humanos cada 4 meses. De estas enfermedades, el 75% provienen de animales. Esto muestra las estrechas relaciones entre la salud humana, animal y ambiental y va en ascenso, porque la bestialidad humana ha creado monstruos experimentales manipulados desde la humanidad animal.

Perdimos de vista que los ecosistemas sustentan todas las formas de vida de la Tierra y nosotros los llamados “humanos” hemos invadido y desconfigurado también el ecosistema animal que sin duda alguna es más civilizado que el nuestro. Pero además hemos ido más allá, no solo hemos destruido el habitad de otras especies vivas, sino que además hemos incurrido en la crueldad, en la saña, cuando mal tratamos a los animalitos y cuando desaparecemos enormes territorios de bosques lo que implica dejar sin oxígeno al planeta, y con él, a nosotros mismos.

Qué profundidad aquella frase en la canción de Roberto Carlos: “Yo quisiera ser civilizado como los animales”.

De la salud de nuestros ecosistemas depende directamente la de nuestro planeta y sus habitantes. Lamentablemente la Madre Tierra es afectada por los ensoberbecidos modelos económicos de algunas superpotencias que hipócritamente dicen ser defensoras del medio ambiente, pero en el plano real conspiran contra él porque les representa fortunas y de ahí que aceleradamente lo estén devorando con una concentración acaparadora donde todo es para ellos y nada para los demás.

Ha sido tan descarada la actitud depredadora de los poderosos que de siempre quisieron actuar sin detentes contra la mayoría del mundo, compuesta por naciones que aspiran al desarrollo con equidad, que se pudo, ante los foros medio ambientales del planeta, llamar la atención sobre el daño causado a la Madre Tierra para que se pusieran sobre la mesa, a debate y con urgencia, discusiones como las originadas en el Acuerdo de París donde Nicaragua jugó un papel determinante e influyente y donde lo científico estableció pautas para proyectar metas que contuvieran el calentamiento global que de por sí está próximo a pegarnos fuego.

El presidente Daniel Ortega, y está en lo cierto, recalcó en su oportunidad que, “es urgente que ejerzamos una mayor denuncia y presión a nivel global frente a los poderosos, que son los que determinan al final de cuenta, hasta dónde pueden llegar los pasos que puedan dar, o que deben darse, para enfrentar el problema del impacto del cambio climático”. En ese sentido, reclamó que miles de millones de recursos financieros no fluyen hacia donde deberían de fluir para referir a los se llenan la boca hablando del medio ambiente.

Restaurar nuestros ecosistemas dañados ayudará a acabar con la pobreza, a combatir el cambio climático y prevenir una extinción masiva. El Decenio de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas, que se lanzó oficialmente el Día Mundial del Medio Ambiente el 5 de junio pasado, nos ayuda a prevenir, detener e invertir la degradación de los ecosistemas en todos los continentes y en todos los océanos. Pero sólo lo conseguiremos si todo el mundo pone de su parte porque este planeta no es de nadie, es de todos y por agradecimiento al Creador que nos lo dio como bendición debemos cuidarlo y amarlo siempre no por coyunturas temáticas.

La Madre Tierra que necesita un cambio hacia una economía más sostenible que funcione tanto para las personas como para el planeta. No es posible separar una necesidad de la otra y en consecuencia nos obliga a materializar la armonía entre la naturaleza y la Tierra.

Debemos estar conscientes que el brote y rebrote del coronavirus y sus diferentes cepas representa un riesgo enorme para la salud pública y la economía mundial, pero también para la diversidad biológica. Sin embargo, la biodiversidad puede ser parte de la solución, ya que una diversidad de especies dificulta la propagación rápida de los patógenos, dicen los entendidos y lumbreras científicas, pero más el sentido común, que con esta peste es el que más ha sufrido, sobre todo en aquellos que no entienden que el asesino invisible vino para quedarse y que la vacuna ayuda, pero no nos garantiza nada de manera que no debemos bajar la guardia. Con este panorama general y el escenario del coronavirus, nuestra prioridad inmediata es mantener sometido al COVID-19 desde la convicción de que esta es una lucha juntos con por nuestra Madre Tierra.

La tierra amigos no es una herencia de nuestros padres es un techo prestado por Dios para que la habitemos sus hijos. La Tierra como bendición es tan generosa que, a través de millones de millones de años, un suspiro en Él tiempo de su Creador, ha sido suficiente para todos y solo comenzó a dejar de serlo por la voracidad de los consumidores. La Tierra y su naturaleza es un espectáculo pintado por el Rey del Universo para los ojos de los terrícolas y si tenemos conciencia de lo que le estamos haciendo ya estuviéramos, usted, yo, todos, sembrando un arbolito para tenerla por un tiempo más.

Nunca perdamos de vista aquella célebre frase de Mario Moreno “Cantinflas” en la película “Su Excelencia”:

“Estamos pasando un momento crucial en que la humanidad se enfrenta a la misma humanidad. Estamos viviendo un momento histórico en que el hombre científica e intelectualmente es un gigante, pero moralmente es un pigmeo.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.