Cuando uno de los dos símbolos sudafricanos contra el apartheid, Oliver Tambo (1917-1993), aceptó agradecidísimo la Orden Carlos Fonseca, de manos del presidente Daniel Ortega, también lo estaba recibiendo Nelson Mandela, recluido a la sazón en el infierno de Robben.

La Orden otorgada en 1987, durante el VIII Aniversario de la Revolución, significó la solidaridad viviente del Frente Sandinista con la lucha del Congreso Nacional Africano contra el abominable régimen racista de Pretoria. A pesar de que las potencias del planeta le daban la espalda, los nombres de Tambo y Mandela, recuerdo aquella mañana matagalpina de sol fresco, resonaban en el trascendental acto de unidad FSLN-CNA.

Mandela confirmó, posteriormente, su magnífica relación e incluso, admiración con el sandinismo y su líder. En una entrevista que el actual embajador de Nicaragua en la República de Cuba, Luis Cabrera, le hizo a Tata Madiba, en julio de 1991, declaró: “El Comandante (Daniel) Ortega es un héroe en Sudáfrica. Estoy completamente seguro que él es un héroe, para los demócratas y los progresistas del mundo. Y nosotros respaldamos plenamente a los sandinistas; los sandinistas son una fuerza progresista que merecen ser apoyados por todos”.

Hubo un solo Madiba, pero al mundo se proyecta un Mandela descafeinado: se le aclama más como una estrella de los Guinness World Records, por haber roto la marca de guardar prisión, y no por llegar a dar con sus huesos hasta esas ergástulas por ser un revolucionario de tiempo completo.

Los representantes de sistemas políticos, autollamados democráticos que ahora le rinden tributo, nunca atendieron a los luchadores contra el infame segregacionismo con la intensidad demostrada por Cuba y Nicaragua. ¡Cómo reprochar esa hermandad!

Pero esos Goliats aliados de la dictadura blanca estaban tan “ocupados en asuntos más importantes” que contando con el poder de decisión para poner en libertad al día siguiente al hoy “ejemplo de dignidad humana”, “gigante de la justicia”, “que hizo más de lo que se puede esperar de un hombre”, “mito del Siglo XX”, no lo hicieron. Cuando debieron llorar de verdad, no lloraron.

Sin embargo, nuestro país, sufriendo una guerra impuesta y el inhumano bloqueo económico promovido por Reagan, Bush, J. Kirkpatrick y el resto del santoral de la derecha macartista nicaragüense, honró a Mandela y le entregó la plaza llena de pueblo a Oliver Tambo, el principal invitado de aquel 19 de Julio, y cuyo nombre distingue al Aeropuerto Internacional de Johannesburgo.

El FSLN abrió así las puertas de Nicaragua a la causa de Madiba. El presidente Daniel Ortega y los sandinistas fueron capaces de extender su reconocimiento al brazo derecho de Mandela, en un auténtico acto de justicia y de amor al perseguido. Después vimos en Managua nada menos que a Desmond Tutu, Arzobispo de Ciudad del Cabo, Premio Nobel de la Paz y amigo personal del fallecido luchador.

Cuando el neoliberalismo llegó al poder, terminó la solidaridad con el CNA, ya no volvieron más esos portentosos símbolos contra el apartheid, y los líderes de derecha, y sus ministros, incluido militantes del Opus Dei, intoxicados de impiedad, se olvidaron de Mandela. Ahora, en un exceso de cinismo, se rasgan las vestiduras para falsear unas lágrimas por el gran Invictus, manipular su imagen y ocultar que en las duras el Frente Sandinista, ese mismo que hoy quisieran desaparecer con todo y el Presidente, apoyó al CNA. En las maduras, hasta el diablo se sobra en dar palmaditas en el hombro con tal de disfrutar del foco mundial.

Oliver Tambo dijo: “En los ocho años transcurridos desde la victoria, el imperialismo no ha permitido que disfrute de su libertad en paz. Ustedes siguen siendo un pueblo en lucha. Por lo tanto, es natural reafirmar las mejores cualidades de su distinguida tradición de lucha”.

La afinidad de Tambo y Mandela con el FSLN, censurada por los monopolios de la información, resuenan en estas palabras, tras recibir la Orden: “aceptamos este honor en nombre de todo nuestro pueblo que lucha, incluidos los patriotas como Nelson Mandela y miles de otros que están detenidos o encarcelados, y los que han hecho el último sacrificio por la libertad de Sudáfrica. En su nombre, aceptamos este honor con humildad y con gran orgullo”.

¿Por qué Occidente tardó casi 30 años para “descubrir” que el prisionero número 466/64 de Robben Island, era una celebridad, “a quien tanto debemos todos”, un hombre de “integridad y grandeza”? ¿Es que fue necesario padecer una tuberculosis mal curada, aislamiento por montones de años en condiciones infrahumanas, ser esclavo en las canteras bajo el ardiente sol africano y ver morir a sus compañeros de lucha desangrados, para darse cuenta hasta ahora que merecía “ser el presidente de toda la humanidad”?

Comunidad de objetivos CNA - FSLN

Mientras los que hoy “lloran” no movieron un solo dedo por la lucha de Mandela como sí lo hizo con toda su convicción el comandante Fidel Castro, Tambo, desterrado por el maligno apóstol de la segregación racial, Pieter Botha, reconoció: “Este premio es más que un reconocimiento del hecho de que compartimos una comunidad de objetivos que son la libertad, el derecho a la autodeterminación, la democracia, la paz y el progreso”.

El triunfo de 1979 fue considerado por el CNA “una victoria para nuestra lucha” y conscientes de la agresión contra Nicaragua, su presidente aseguró: “la más poderosa solidaridad que podemos extender a ustedes es acelerar la derrota del apartheid y el establecimiento de una no racial, democrática y unida Sudáfrica”.

Cuatro años después, en la histórica visita a La Habana, en 1991, el propio Tata Madiba se lo dijo directamente al comandante Ortega y a la escritora Rosario Murillo: “Nuestro mensaje es que las reformas, los cambios democráticos impulsados por el Sandinismo, son en beneficio a los intereses del pueblo de Nicaragua, y esperamos que el pueblo de Nicaragua respalde todo el esfuerzo sandinista…”.

El Frente no necesitó que Mandela y el CNA llegaran al poder y se cubrieran de gloria para darle al César lo que es del César. Por algo Madiba sacó de su corazón lo que seguramente ya había madurado en la cárcel: “… hay que asegurar que todas las victorias alcanzadas sean consolidadas y que los Sandinistas vuelvan a ganar las próximas elecciones”.

Si esto no es amor al prójimo, si esto no es cristianismo, al haber respaldado a dos símbolos de nuestra época cuando entonces tenían hambre y sed de justicia, y pocos les oían en el mundo, ¿qué más puede ser?

Es el sabor de lo vivido, como diría Augusto Roa Bastos…