Nunca fue la intención del Señor, al unir el Cielo y la Tierra en el vientre de una jovencita judía, separar a la humanidad. Al contrario, el mensaje central es el reencuentro que nace literalmente en la concepción sin mácula de María: Jesús, el Hijo de Dios que cambiaría nuestras vidas y el conteo de los siglos.

El Creador no campea en los extremos, como lo hacen muchos de los mortales. Ni tampoco el Espíritu Santo ha trabajado tanto en el mundo desde los primeros versículos del Génesis hasta el Apocalipsis, para que de un texto, fuera de contexto, surtan doctrinas y conclusiones teológicas, más terrenales que divinas.

Por un lado, desde la teología católica, se erige un monumento a la Virgen Madre de Jesús, esculpido sobre la devoción, los dogmas y las tradiciones, y por el otro, la interpretación protestante, desapareciéndola casi por completo, como si fuera un “invento” sin importancia del Espíritu Santo y la anunciación del ángel Gabriel, un relato fantástico de San Lucas
Un bello ejemplo de cómo tratar a la madre de Jesús es la salutación de Elisabet, cuando, llena del Espíritu Santo --- no de ningún teólogo o mandato conciliar---, exclamó a gran voz: “¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!”. (San Lucas 1:42)

El problema es el grado de honor hacia la Virgen de Belén, según lo entiende la iglesia Católica y cómo lo asume buena parte de su feligresía. Incluso, la percepción secular hacia la única mujer en el Universo que gozó de una Inmaculada Concepción, presenta sus fallas. “Culto”, según la Real Academia Española es el “Homenaje externo de respeto y amor que el cristiano tributa a Dios, a la Virgen, a los ángeles, a los santos y a los beatos”. Si los vigilantes del idioma que propagó el catolicismo en América no distinguen las evidentes diferencias de dignidad, ¿cómo será en el resto del mundo?

La Palabra enseña que solo Cristo, al pagar con precio de sangre nuestra salvación, es el único intermediario entre Dios y la humanidad.

Latría solo a Dios

Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, Cuestión XXV, Artículo V, hace pertinentes aclaraciones sobre la relación de los y las cristianas, hacia la joven judía. Y declara muy definidos los términos en que se delimita su lugar en la estimación hacia su persona en la historia.

“… puesto que la latría se debe solo a Dios, a ninguna criatura es debida, según que veneramos a la criatura misma. Mas, aunque las criaturas insensibles no sean capaces de veneración por sí mismas, sin embargo, lo racional lo es; y por tanto a ninguna criatura racional se debe culto de la latría. Siendo pues la bienaventurada Virgen pura criatura racional no se le debe adoración de latría, sino solo veneración de dulía; más eminentemente sin embargo que a las demás criaturas, en cuanto ella es Madre de Dios: y por eso se dice que se la debe, no un culto de dulía cualquiera, sino de hiperdulía”.

Dulía es la veneración, en sentido de respeto, a los santos estimados de la Iglesia Católica. La hiperdulía, es un nivel superior de veneración, que, sin embargo, no llega a la latría, es decir, la adoración, exclusiva para honrar a Dios.

En las notas explicativas de Aquino, hace referencia histórica a los coliridianos en su pretensión de “adorar a María como Dios”. Por el contrario, los antidicomarianitas le negaban todo culto. “La Iglesia católica, agrega, tiene un término medio, venerándola con culto inferior al de latría, debido solo a Dios, y superior al de simple dulía bajo la denominación de hiperdulía, conforme a la doctrina del Concilio 2º de Nicea…”. (Op. cit, Tomo IV, p. 367)

María, en el Evangelio de San Lucas, pronuncia estas palabras: “he aquí, desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones”. Ciertamente, esto no se cumple en las congregaciones evangélicas. No puede ser que ella, inspirada por el Espíritu Santo, se haya referido únicamente a las generaciones católicas. Alguien no está enseñando bien la Biblia.

El liderazgo evangélico debería suavizar sus posiciones, porque a su pueblo se le ha adoctrinado que María es el símbolo por excelencia del catolicismo, y tocar el tema se ha vuelto un tabú. No se debe denostar su protagonismo en el plan salvífico del Santo de Israel, desde el “¡salve, muy favorecida!” del ángel, quien le afirma “el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres”, hasta soportar, al pie de la cruz, la desgarradora agonía del Mesías. En la culminación de su sacrificio redentor, Él confirma esa condición: “Mujer, he ahí tu hijo”.

“No todos pensamos igual”

Es válido recordar, como dijo la escritora Rosario Murillo: “No todos pensamos igual, podemos pensar distinto, pero somos una gran familia, y esa diversidad es riqueza”. La promoción de la identidad, la cultura y la fe la hace “cada cual desde sus creencias, un país donde habemos católica/os, donde hay hermana/os que son parte de los distintos cultos de las Iglesias Evangélicas; con todo respeto y cariño también nos vemos como hermana/os”.

Pensar distinto es una calidad devenida del libre albedrío que el Señor nos concedió. Por ejemplo, el artículo 7 de la Confesión de Fe de la Iglesia Reformada de los Países Bajos, no le confiere la autoridad absoluta de la verdad a la iglesia de Roma: sus criterios son relativos y como todo lo que es de origen humano, sus dignatarios no están exentos del error. El propio papa Francisco hace poco aseguró que él también confesaba sus pecados.

La Confesión Belga establece: “Creemos que la Biblia contiene de un modo completo la voluntad de Dios, y que todo lo que el hombre está obligado a creer para ser salvo se enseña suficientemente en ella”.

“Tampoco está permitido igualar los escritos de ningún hombre --- a pesar de lo santos que hayan sido --- con las Divinas Escrituras, ni la costumbre con la verdad de Dios (pues la verdad está sobre todas las cosas) ni el gran número, antigüedad y sucesión de edades o de personas, ni los concilios, decretos o resoluciones; porque todos los hombres son de suyo mentirosos y más vanos que la misma vanidad (Salmo 62:9) por tanto rechazamos todo lo que no concuerda con esta regla infalible, según nos enseñaron todos los apóstoles, diciendo: ´Probad los espíritus si son de Dios´ (1 Juan 4:1)”. (Confesiones de Fe de la Iglesia, Editorial Clie, p. 77).

La norma suprema de la verdad, aunque algunos religiosos magnifiquen sus puntos de vistas sobre los asuntos temporales hasta esa inobjetable altura, no nos es dada encontrarla en el reino de los hombres.
Solo el Señor Yahveh es infalible…