I

Hay datos que terminan empalmados con el mito.

Tanto que no se sabe distinguir dónde acaba el registro de un evento geológico y dónde empiezan las creencias.

Pero algo es evidente en esta confusión: lo que cree la gente, por sus miedos y tabúes, cuenta con mayor vigor emocional que lo que podría hallarse de fuerza argumental en una ardua investigación, por científica que sea.

Los sismógrafos localizan y miden en la escala de Richter un terremoto, pero no la intensidad en el corazón de los hombres que multiplica el solitario hipocentro en multitudes de epicentros, a la hora en que se les mueve el piso.

No es lo mismo el comportamiento de las ondas sísmicas en la corteza terrestre que en la corteza cerebral. Lo que en la primera marca 3 grados Richter, puede dispararse a 7 grados o más de sensaciones, impotencia, recuerdos, invocación de la Corte Celestial, juicios y prejuicios, inseguridad, desconfianza, supersticiones, asociaciones equivocadas, esquemas mentales...

En la primera mitad del siglo XX, un capitalino miró, cuando chavalo, la gestación del Estadio Nacional. Miró sus fundaciones como gigantescos pies de hierro. Miró las descomunales columnas. Miró poco a poco alzarse aquel coloso que lo impresionó para siempre, al punto de considerarlo invencible.

A pesar de eso, se había erigido en el lugar inadecuado. Allí, decía el mismo testigo, quedaba la Penitenciaría. El terremoto de 1931 la derribó.

La “indestructible mole”, con su corona ovalada para regir la alegría de las justas deportivas, estaba sentada, paradójicamente, en el trono de la tragedia: la Falla Estadio, que para entonces, 1948, se desconocía.

Aun con todo lo avanzado por la ciencia, y que la estructura “escondió” el deterioro irreparable de sus cimientos, el hombre —al no verla “piedra sobre piedra”— murió creyendo que el Estadio estaría allí por los siglos de los siglos. Es que él necesitaba seguridad. Algo que “venciera” al monstruo que salía de las entrañas del subsuelo.

¿Ciencia o creencia?

Los profesionales de las ciencias de la tierra, contando con todo el rigor que les permiten su academia, experticia e instrumental tecnológico, elaboran sus hallazgos casi encriptados que al lego parecen jeroglíficos reservados para Champollion.
Al no escucharse la voz autorizada en el lenguaje cotidiano, algunos temerariamente hablan, por una incorrecta información o por ignorancia, de que “Nicaragua puede, de un momento a otro, sufrir un terremoto”. Y “se debe estar preparados”.

Cualquiera que los oiga pensaría que nuestra nación es la única que le tocó habitar sobre las dinámicas placas tectónicas que componen el planeta.

Razón hay en lo de “estar preparados”, lo cual, efectivamente, el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional, GRUN, lo hace como ninguna otra administración.

Empero, al poner a Nicaragua como sinónimo de terremoto, dejando por fuera exploraciones, tesis, informes y estudios de los profesionales de la geociencia e instituciones especializadas, el primer efecto es el temor, si acaso no el pánico.

Esto dinamita la imagen país —que tanto ha costado establecerla como destino turístico mundial— con la triste secuela de un derrumbe económico perfectamente evitable.

Ningún turista internacional compraría un boleto para ir a “gozar” de una merecida alerta roja, y acabar, en el mejor de los casos, en un refugio.

En realidad, Nicaragua ofrece seguridad en todos los ámbitos.

Su incesante catálogo de atractivos enriquece la biografía de sus visitantes.

Gente buena, paisajes, mares, lagos, lagunas, senderos, montañas, miradores, malecones, centros recreativos, hospedajes, islas, isletas, ciudades coloniales, hospitales equipados y con personal competente, museos precolombinos, bosques, gastronomía, artesanía y todas las maravillas de la Creación que Dios concentró y concertó en el mismísimo Centro de Las Américas.

Todo esto también lo oscurece la sombra verbal que del Volcán Apoyeque proyectan los que dicen, por ejemplo, que amenaza Managua con una potencia que ni el Vesubio, el Krakatoa y el Nevado del Ruiz.

Empero, aquí se enredan: un cerro por elevarse a más de mil metros por encima de la superficie no representa un inminente peligro.

Se confunden volcanes activos con inactivos.

La falta de documentación es tal que se “olvida” lo que ya constituye un axioma en la comunidad científica: Apoyeque es uno de los tantos volcanes extintos, como Tiscapa y Nejapa. Está hecho para ser admirado, escalado, fotografiado, incluso para los selfis, no para tenerle pavor.

Y si alguien dice que ese antiguo cráter significa una sentencia fatal para Ciudad Sandino y Managua, tendríamos que sumarle la Laguna de Asososca, un Volcán de Agua Potable que diariamente bebe la capital.

Esto, además de alarmista, va contra toda lógica científica.

Aparte de las fallas locales, conocidas como la del Estadio, la de Los Bancos, la de Tiscapa, y menores como la de Chico Pelón, dos enormes sistemas enmarcan la capital: al Oeste, la de Mateare que sube hasta El Crucero. Al Este del graben de Managua, la de Cofradía. Baja desde la caldera volcánica de Masaya y se extiende hasta el Lago Xolotlán.

Los geólogos han determinado que estas megafracturas son capaces de provocar estragos.

El solo hecho de haberlas identificados ya es ganancia.

Investigar más es de ley.

Recordemos que en “guerra avisada, no mueren soldados”.

El escrutinio académico, y los que hacen ciencia en el Estado, indica que Managua debe comportarse, y así es, como una ciudad normal, donde se puede vivir, trabajar, divertirse y hasta urbanizar de forma vertical.

Ordenadamente, por supuesto.

II

Por lo general, se toman los terremotos del 31 de marzo de 1931 y del 23 de diciembre de
1972, como “muestras” de que Nicaragua tiene sobre su territorio una espada de Damocles, afilada con más de 6 grados Richter que sacan chispas.

Hay que aclarar lo obvio. Managua no es Nicaragua.

Las ciudades de León, Chinandega, Masaya, Masatepe, Jinotepe, Diriamba, San Marcos, Rivas, Ometepe, Bluefields, Puerto Cabezas, Boaco, Río San Juan…, el país entero, no padecieron ningún estremecimiento mortífero más que, en algunos lugares, las distantes y ya inofensivas ondas del 23.

Demás está decir que de los prominentes turistas y artistas que estaban en Managua la víspera del jamaqueón, eran el melindroso multimillonario Howard Hughes y el conjunto chileno, Los Galos.

Que se sepa, ningún turista extranjero perdió la vida.

Los edificios donde se alojaban estaban bien fundados. Allí está, en pie, robusto y hospitalario, el hotel piramidal en lo que se llamó antes la Explanada de Tiscapa.
Se desplomó lo mal construido y lo que estaba erguido sobre terrenos fallados.

La Managua de 1972 —36 años bajo la férrea hegemonía de los Somoza— todavía estaba hecha, en gran medida, de taquezal y desidia oficial, y completamente de espaldas al Xolotlán, la Geología y el Porvenir.

Pero aun cuando hablamos de “la vieja Managua”, la enhebramos con lo que creemos.

Managua no cayó.

Fue una parte: su casco histórico, su centro, y lo que allí estaba malhecho.

Se mantuvieron en pie, por ejemplo, el Palacio Nacional y el Banco de América.

Ciudad Jardín, no sucumbió. Altamira igual. Y así Las Colinas, la Centroamérica, Los Robles…

Imagínense: ¿dónde hubiera sido la toma de la Casa de Chema Castillo, ejecutada por el Comando Juan José Quezada del FSLN, el 27 de diciembre de 1974, dos años después de la catástrofe, si realmente “toda Managua se vino abajo”?

San Judas siguió su ritmo, Campo Bruce, Bello Horizonte, Monseñor Lezcano…, y residenciales.

El Templete de la Música del Parque Central, inaugurado en 1939, amaneció intacto el 23 de diciembre.

Y el Teatro Nacional Rubén Darío, aparte del parque-monumento al aedo.

Un principio básico revolotea en todo esto: si un terreno es atravesado por una falla, cimentar una estructura justo encima de la misma es acariciar la sien con la punta de un revólver y una bala en el inquieto tambor del albur.

Y hay dos formas de edificar, una para morir y otra para vivir: el fatídico manual de la Ruleta Rusa o el Mapa Geológico - Código de la Construcción.

III

Vivimos en la tierra de los terremotos”, afirmó en 2021 la estadounidense Agencia Federal para el Manejo de Emergencias, FEMA por sus siglas en inglés.

El oeste de los Estados Unidos está lleno de hermosas montañas, costas y parques que ofrecen maravillosas actividades recreativas… Aunque es estupendo planificar la próxima aventura, los residentes y visitantes en el oeste deberían planificar también ante la posibilidad de un terremoto”.

Así, para aquellos de mente provinciana, la institución homóloga del Sinapred afirma que Estados Unidos es “tierra de terremotos”,

Y los turistas continúan llegando. La vida sigue, aun con la bárbara falla de San Andrés…

El Servicio Geológico de Estados Unidos, USGS por sus siglas en inglés, detalla que “el peligro es alto a lo largo de la Costa Oeste, en la zona montañosa y en algunas regiones del centro y este del territorio” (US Marca).

“Solo en 2020 se registraron al menos cuatro sismos con una magnitud mayor a 5.5° Richter, ocurridos en los estados de Nevada, Idaho, Utah y Alaska”

Los estados que estadísticamente tienen mayor incidencia sísmica, son: Alaska, Arkansas, California, Hawái, Idaho, Illinois, Kentucky, Missouri, Montana, Nevada, Oregón, South Carolina, Tennessee, Utah, Washington y Wyoming.

El Centro Nacional de Información sobre Terremotos localiza actualmente unos 20.000 terremotos en todo el mundo cada año, o aproximadamente 55 por día (USGS).

No es, pues, sensato salir con que “Nicaragua es peligrosa”.

En todo caso, es la Tierra un planeta altamente peligroso para vivir.

Y aquí estamos.

El Sinapred y los encargados de estudiar los fenómenos telúricos, no han alarmado a nadie, pero han preparado a cantidades.

Si algunos no cambian su estrecha forma de pensar, estaremos espantando a los inversionistas, ahuyentando a los turistas y desilusionando a quienes planean disfrutar de su retiro en Nicaragua.

Alejarnos del desarrollo no es opción.

Potenciar la Paz es el camino, porque...

Los terremotos no tienen patria, ni la capital del Apocalipsis es Managua.

Gracias al Dios de Abraham, Isaac y Jacob…

El Poder de Nicaragua es la Vida.

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* El autor es escritor nicaragüense