Una de mis primeras y agradables sorpresas como Embajador de la Unión Europea en Nicaragua - y como zaragozano errante - fue descubrir que en León, una de sus principales ciudades, existe un barrio llamado Zaragoza, una iglesia del Pilar y un colegio del mismo nombre. No pude evitar sonreír cuando me explicaron que, además, celebran allí sus fiestas patronales sacando a pasear a la Gigantona y a los Cabezones…cualquier aragonés reconocerá inmediatamente estas figuras tan familiares. Los visitantes de nuestra tierra que tengan la suerte de admirar el hermoso museo de pintura de León serán también testigos de otra interesante coincidencia: en uno de sus encantadores patios se encuentra grabado en piedra el escudo de la ciudad, que como no podía ser de otra manera, es un León rampante, casi idéntico al escudo de Zaragoza.

No es sorprendente, pues, que las dos ciudades estén hermanadas desde hace más de treinta años y mantengan, a pesar de los vaivenes de la Historia, una continuada e intensa relación. Los responsables del hermanamiento trabajan con el compromiso de reforzar siempre más los ya muy sólidos vínculos que unen a estas dos ciudades tan lejanas y al mismo tiempo tan entrelazadas.

Dos ciudades tan violentamente dulces, estoy tentado de decir, parafraseando la expresión que a Nicaragua aplicaba Julio Cortázar. Porque los lazos que nos unen van más allá de lo material y afectan también al carácter de sus habitantes. He tenido la suerte de descubrirlo personalmente, y de ser testigo de muchísimos rasgos compartidos. Ambas ciudades están hechas de gentes amantes del contacto directo, poco amigas de las trabas ni del excesivo protocolo, y al mismo tiempo delicadas en lo importante. Gente abierta a otros, pero sin perder nunca su identidad. Transparente, sincera, pero también respetuosa y discreta. Y algunas veces –cuando hace falta- capaces de criticar de frente y elogiar por la espalda.

La diplomacia cultural

Con todas estas cualidades compartidas, el hermanamiento entre Zaragoza y León nos ofrece una herramienta fantástica para impulsar lo que ahora se llama la diplomacia cultural. Este término no es sino uno de los muchos nombres de algo que siempre ha existido: el diálogo entre gentes de buena voluntad más allá de los avatares políticos o de otro tipo.

Añadiremos que la diplomacia cultural tiene un especial campo de actuación, a menudo más eficaz que formas más tradicionales de diplomacia. Recientemente tuve el privilegio de compartir media jornada con los alumnos y alumnas del Colegio Hispano Nicaragüense de Managua. Otro acto de diplomacia cultural y, sobre todo, una oportunidad de hablar, y escuchar, a unos fantásticos chavales. En un momento dado hablamos de la importancia del diálogo para resolver conflictos. En ese instante recordé, y así lo dije, que incluso en nuestra moneda, donde todos los países representan a sus gobernantes o ciudadanos ilustres, Europa ha preferido plasmar esa idea fundamental: por eso nuestros billetes muestran puentes que unen y puertas y ventanas que se abren a todos.

Ese mensaje refleja los ideales de los padres fundadores de la UE, que nos sirven de guía cotidiana para quienes servimos a la Unión. Como proponían Jean Monnet y Robert Schuman, debemos aspirar a una serie de “realizaciones concretas que hagan imposible la guerra”.

Reforzar los lazos entre los ciudadanos

Las recientes e importantes iniciativas para reforzar la relación de la Unión con Latinoamérica y el Caribe van en esa dirección. Estas iniciativas incluyen una histórica Comunicación Conjunta en Junio, una Cumbre igualmente histórica en Julio, y más recientemente, las Conclusiones del Consejo Europeo. En las tres ocasiones, la relación entre los ciudadanos y los pueblos, y la diplomacia cultural, recibieron una atención sin precedentes, que demuestra una nueva comprensión de su importancia fundamental.

La diplomacia cultural en la que se enmarca el hermanamiento Zaragoza-León es pues una herramienta clave para obtener resultados concretos en beneficio de los ciudadanos europeos y latinoamericanos y caribeños, y merece continuar e intensificarse.

Todo esto es aún más importante en la actualidad. Vivimos tiempos turbulentos, con graves avatares geopolíticos que representan, entre otras cosas, el fracaso de la política entendida como imposición por la fuerza. Hoy más que nunca debemos redoblar nuestros esfuerzos en favor del diálogo pacífico, respetuoso y constructivo y la comprensión mutua para construir un futuro mejor para todos. El hermanamiento de Zaragoza y León nos muestra el camino. Por encima de los avatares de la política y de la historia, la amistad de zaragozanos y leoneses, como la de europeos y latinoamericanos y caribeños, es el mejor sustento y garantía de paz y prosperidad compartidas.

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(*) El autor es Embajador de la Unión Europea en Nicaragua