De un polo a otro polo, venid gentes y ofreced Honor y Gloria a la Inmaculada Concepción de María, Soberana y Reina de Cielo y Tierra.

Inscripción en la parte más alta del frontis del santuario y basílica menor de El Viejo.

Colonial, iniciada en el formativo siglo XVII ––no en el anterior: el del choque de nuestras dos culturas madres––, la Purísima Concepción de María fue el tema de un sermón pronunciado en la parroquia de Granada por el fraile guatemalteco José de Velasco, el 12 de diciembre de 1675. ¿Su motivo?: “por haberse acabado en el Río San Juan la fábrica del Castillo, con título de Nuestra Señora de Concepción”. O sea: en la principal fortaleza de Nicaragua durante la época hispánica.

Como lo demuestra este documento clave y bastante desconocido, un cuarto de siglo antes del XVIII ya estaba arraigado el fervor inmaculista en nuestra provincia española, pues existía también en El Viejo. En efecto, si el origen de la devoción en Granada se vinculaba a la defensa militar frente a los saqueos e incendios de los piratas, la de El Viejo tenía origen marinero. Hay una virgen milagrosa invocada de todos los navegantes de aquel mar [del Sur o Pacífico] ––se lee en el “Itinerario de Indias” (1673-1679) del carmelita descalzo fray Isidoro de la Asunción (1624-1701).

En este otro documento clave, se describe y se refiere su leyenda: ...Tiene media vara y en la misma que dio Nuestra Santa Madre Teresa de Jesús [1515-1582] a un hermano suyo pasado al Perú [indistintamente Pedro, Alonso o Rodrigo, los tres jóvenes, no viejos] para que fuese guía y norte en su camino. Pero, a causa de unas borrascas, el barco en que navegaba quedó varado en El Realejo y, por la insalubridad del puerto y villa, se retiró al poblado de El Viejo, de temple bueno y abundante de todo bastimento, y se llevó también la Virgen, la colocó en el altar mayor; los indios de aquel lugar ––añade en su crónica fray Isidoro–– se enamoraron de aquella santa imagen que no dejaban de venerarla con oraciones, cantos, danzas, luces.

Los indios no resistieron a que su propietario ––don Pedro de Ahumada–– se la llevase, lo que hizo; mas, tras embarcarse en El Realejo, otra tempestad lo devolvió a tierra y decidió entregarla al pueblo, pues interpretó que era voluntad de Dios y gusto de la Virgen que aquella santa imagen se quedase en aquel pueblo de indios, bautizado El Viejo por el apodo del anciano y muy respetado cacique Agateyte, quien había recibido y agasajado al cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo el 2 de enero de 1528 y el 16 de mayo de 1529.

Al margen de la discusión sobre la identidad del hermano de Santa Teresa de Ávila, lo cierto es que ––a finales del siglo XVII–– se relataban los prodigios de la pequeña imagen “de vestir” (solo rostro y manos). Me refiero a los papeles guardados en la iglesia, según lectura y examen que de ellos había realizado Diego Valverde, Oidor de la Audiencia de Guatemala y México.

De faz bellísima, la pequeña imagen se enmarca en un hermoso baldaquino de plata y su peana lleva la siguiente inscripción de un marinero español: “Esta Peana la dio el Capitán Don Francisco de Aguirre, año de 1678”. El frontal de plata es de 1703 y su corona de oro macizo de 1747. Otras joyas la adornan, singularmente una esmeralda engastada en oro con forma de tortuga y un gusano de filigrana de oro. Todos estos “exvotos” son lavados en el atrio por los feligreses cada 6 de diciembre, constituyendo una típica ceremonia conocida como “La lavada de la Plata”. Mientras esta se realiza, cantan dentro y fuera del templo.

Aunque bastante accesible, no se ha citado mucho el testimonio del obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz (1684-1768), en su visita al pueblo de El Viejo, imagen mariana y romería el 24 de junio de 1751. Compónese de españoles, ladinos e indios. Las casas se reducen a 356, 5 de tejas y las restantes de paja; sus familias a 366 y las personas de confesión y comunión a 1.698 […] En el altar mayor de la iglesia está colocada la Patrona que es la Concepción […] Su estatura es de media vara […] Tan milagrosa que su nombre se ha tenido por todas estas provincias y sus habitantes no cesan de venir a visitarla para su consuelo y alivio; en efecto, Nuestra Señora del Viejo es el refugio de todas las necesidad y la devoción que le profesan tan particular que no hay alguno que deje de venir aun de partes muy remotas a verlas y a obsequiarle con limosnas. Se asegura haber sido tan copiosas que el templo pudiera estar fabricado de plata. Y añade:

El vestido [de la imagen] es de tela muy rica, sembrado todo de presías de oro, perlas y diferentes piedras preciosas; gran número de estas sirven de relace a su corona, que es de oro delicadamente trabajada; hállase, en fin, de pies y cabeza tan llena de alhajas y primores, que puede competir con otra cualquiera de las mías adornadas del orbe […]

En septiembre de 1788 El Viejo, que constaba ya de “hasta 500 casas o chozas”, tenía una doctrina a cargo de franciscanos y sus pobladores mantenían viva la leyenda de su imagen, traída en 1572 por un hermano de Santa Teresa de Jesús, según la obra de fray Secundino de Santa Teresa, O[rden] C[armelita] D[escalza]: Vírgenes conquistadoras (Vitoria, España, Editorial El Carmen, 1951). Ahí se publica con su letra y música uno de los numerosos “Alabados” que cantan los romeros o peregrinos.

Entre los recuerdos de su infancia, Azarías H. Pallais (1884-1954) plasmó el siguiente de su León natal, cuando era un niño de diez años y ojos deslumbrados. Describiendo una gritería leonesa seis años antes de concluir el siglo XIX, evoca una escena: a las familias ricas de la ciudad tomando muy en cuenta la celebración mariana de El Viejo:

Son las doce de la noche del Siete de Diciembre de mil ochocientos noventa y cuatro.

En León, en la casa solariega de los Pallais-Bermúdez, cerca de la antigua iglesia de la Recolección. En frente está la casa solariega de los Sacasa. A la izquierda la casa de don Pedro Argüello. A la derecha la casa de don Pedro Balladares.

En el patio, en el altar improvisado (lo estoy viendo con aquellos mis ojos de niño, deslumbrados), dorada de madroños, sardinillos, pastoras y jalacates, la Purísima de la familia, la túnica blanca, el manto azul, las estrellas, la media luna y el sol por detrás, y bajo el talón virgíneo, aplastada la cabeza de la serpiente. Cuando comience el maravilloso repique de las campanas leonesas, cuando todo el cielo se encienda, cuando el minuto se haga de oro, por los cohetes y por las voces en voz alta del ¡quién causal, entonces el jefe de la familia, el Doctor Santiago Desiderio Pallais, dice a sus hijos:

––¡Voltéense todos del lado de El Viejo!
––¿Para qué?, dice uno de los niños.

Y la madre, doña Jesús Bermúdez de Pallais, con énfasis sagrado e inolvidable dice:

––Sí, del lado de El Viejo, porque allí está en su trono Nuestra Señora de la Limpia Concepción.

Y la misma escena enfrente, donde los Sacasa y a la izquierda donde los Argüello y a la derecha donde los Balladares.

El Viejo y León son una misma cosa.

Años más tarde, el mismo presbítero-poeta Pallais dedicó esta “Plegaria a la Virgen del Trono”, décima recitada en sus festividades:

Aquí venimos, Señora,
como hijos tuyos, rendidos,
fervorosos y cumplidos,
a buscar la dulce aurora
que esperanzas atesora
de tu limpia concepción;
es mucha nuestra aflicción,
pero confiados estamos,
celebrando tus reclamos
de segura protección.

Pero fue otro poeta, el chinandegano Luis Alberto Cabrales (1901-1974) quien expresó el mayor fervor a dicha imagen en su “Platicada con la Concepción de El Viejo”: Yo soy de esta comarca tan tuya / donde desde hace dos siglos los míos te han amado, / y te aman todos los días, / porque cuando anochece / y las campanas de tu Ángelus / resuenan en el alma y el crepúsculo, / todos se detienen, o se ponen de pie, / el rostro hacia El Viejo, tu rincón preferido, / y los soldados presentan armas en el cuartel, / y creo que hasta los animales saben lo que está pasando: / que estamos dolientes recordando tu amor... // Como un niño, como vieja beata, yo te quiero y creo, / y ahora voy a entrar hasta tu Trono, / hasta donde entraban mis mayores, / porque es malo detenerse por los pecados, / añagaza del Maligno / porque para eso eres Madre de los Pecadores. // Ya voy Madre hacia el Trono, / entre el vulgo pecador, tu pueblo. / Y no me niegues que me estabas esperando / pues no hay madre que no adivine a su hijo.

A la Inmaculada Concepción de El Viejo, conocida popularmente como Nuestra Señora del Trono ––ya que está entronizada y prácticamente no es procesional––, se intentó consagrarla Patrona Nacional en 1941. Con ese fin, Pío XII envió un cirio para ocasiones solemnes con dedicatorias en que se auguraba dicho patronazgo. Pero tuvieron que transcurrir sesenta años para que las supremas autoridades eclesiásticas lo hicieran realidad el 13 de mayo de 2001. Para entonces, el obispo de León Bosco M. Vivas Robelo, en nombre de su clero y feligresía, había logrado que el santuario de la Inmaculada Concepción de El Viejo fuera elevado a la categoría de basílica menor por Juan Pablo II el 7 de febrero de 1996.