El TLC entre China y Nicaragua firmado en los últimos días indica una mayor proyección de Nicaragua en términos de crecimiento. Nicaragua no puede, por supuesto, cubrir las necesidades alimentarias de China, pero la calidad de los productos que ofrece puede posicionarla en un nicho de calidad dentro del mercado chino. De hecho, se traducirá en una mayor intensificación de los flujos de exportación, de ahí el aumento de los puestos de trabajo y el consiguiente incremento de la base de cotización. Todo ello apunta a una transición gradual hacia una economía rural tecnológicamente superior a la actual y acompañada de una configuración socioeconómica de más inversiones, servicios y comercio.

En el plano metodológico, el TLC confirma la voluntad del gobierno de Daniel y Rosario de diversificar la cartera hacia las exportaciones nacionales y la capacidad de atraer capitales de inversión, no anclando así la demanda de capitales para la modernización del país únicamente a las líneas de crédito de las instituciones financieras internacionales. Además, la solidaridad está flanqueada por la cooperación, lo que indica una perspectiva y ambiciones que corresponden al sandinismo, constituido por un patrimonio de ideas, luchas y valores como pocos en el mundo.

Para Nicaragua, se trata de desplegar el potencial ya presente y aún no desarrollado por falta de capitales suficientes. Y no se trata sólo de procesos innovadores en el sistema productivo: el juego es político, porque el crecimiento de la economía y de todos los indicadores sociales, pone fin a la era de la pobreza extrema como azote de su población y como primer freno a cualquier hipótesis de desarrollo, y abre un futuro en el que el país crece y, al crecer, se convierte en un referente económico para toda la región. El sandinismo da así un paso más en la aplicación de su doctrina, invirtiendo progresivamente la idea de Nicaragua como víctima resignada de sus limitaciones estructurales y de la inevitabilidad del injusto orden internacional que condena al Sur global a la sumisión.

China de su parte sigue aumentando su influencia, que se ha materializado con la financiación de varios países en crisis de liquidez, lo que la ha llevado a convertirse en un importante prestamista de última instancia en Asia, África y América Latina. Pekín se ha convertido en un actor clave para muchos países en desarrollo. Entre 2008 y 2021 ha asignado 240.000 millones de dólares a 22 países necesitados, todos signatarios de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el megaproyecto de desarrollo propuesto por XI, que hasta la fecha parece ser el mayor coco para Estados Unidos, que creía condenar a China a un desarrollo subordinado a la economía estadounidense.

A través del acuerdo con Nicaragua, China accede a un nuevo mercado y aumenta su penetración en Centroamérica, por supuesto, pero el TLC con Managua no puede verse sólo desde esta perspectiva. Porque si bien con Honduras y El Salvador Pekín tiene una relación económica positiva, con Nicaragua hay un valor añadido, porque se da en un marco de consonancia política general y esto lo convierte en el acuerdo de mayor peso y perspectiva a nivel centroamericano.

Mucho más que un acuerdo comercial, para ambos es un acuerdo con valor estratégico. Para Nicaragua, que obtiene la disponibilidad de un inmenso mercado para sus productos y la oferta de tecnologías para el crecimiento de sus niveles de producción agroalimentaria; para China, que encuentra productos y recursos de primera calidad, una cultura de trabajo y estabilidad política absoluta, así como la garantía de una soberanía política que hace a Managua indiferente a las presiones estadounidense que piden a todos detener los acuerdos comerciales con Beijing.

Esta combinación es difícil de encontrar en otros lugares y es fuente de gran serenidad para cualquier inversor, incluso cuando tiene el tamaño de China. A su vez, es precisamente con Nicaragua con quien China podrá contar si decide construir un vínculo aún más intenso en términos de calidad con la región centroamericana. Managua puede ser el motor y el propulsor necesario para que el papel de Pekín pase de prestamista de última instancia e importador de alimentos, a principal referente económico y financiero de toda la región.

Luego está el interés por la perspectiva de la realización del canal intra oceánico que cambiaría sustancialmente el escenario comercial de Nicaragua, de toda América y más allá. Por eso, el TLC que se acaba de firmar dice mucho más tanto de Nicaragua como de China.

Con Nicaragua no sólo está en juego un acuerdo comercial, hay mucho más: hay una visión común del mundo y una receta común para sanar los males y distorsiones de su modelo de desarrollo y de la democracia global. Existe una visión similar sobre la crisis irreversible, estructural y no coyuntural, del capitalismo neoliberal de corte monetarista. Sobre el fracaso del modelo occidental y su peligrosa nocividad para los asuntos internos de todo país considerado importante para los apetitos de Washington y que socava todo el sistema de relaciones internacionales.

También Managua y Pekín hay coincidencia de puntos de vista sobre los instrumentos políticos, jurídicos y económicos que deberían garantizar el sostenimiento y el equilibrio planetarios para impedir la deriva cleptómana y antropofágica de un modelo capitalista ahora en guerra con todo, incluso con las reglas que él mismo se había dado.

Existe idéntica intolerancia hacia las sanciones estadounidenses y su unilateralidad, ilegitimidad e ilegalidad. Hay conciencia de cómo éstas, que afectan a 28 países y al 72% de la población mundial, forman parte de la estrategia de desestabilización permanente y también son ingeniería de competencia desleal, es decir, un sistema para impedir que los productos no estadounidenses se afiancen en los mercados internacionales, permitiendo así a Estados Unidos mantener su dominio sobre ellos y socavando el crecimiento económico de los demás.

Entre Managua y Pekín, por tanto, hay una valoración general del estado de crisis de la democracia mundial y una comprensión común de la necesidad de pasar de la fase de mando imperial unipolar a la de gobernanza democrática y multipolar. Hay conciencia de cómo cada uno, en sus respectivas proporciones y con sus distintos papeles, debe contribuir al renacimiento democrático de un planeta plagado y doblegado por la arrogancia de un modelo en crisis irreversible pero que no se rinde, al contrario.

Por ello, el proyecto BRICS encuentra en China que lo inspiró y en Nicaragua que está a punto de unirse a él, un terreno común de compromiso y, en algunos aspectos, el TLC recoge el espíritu de esta alianza internacional. Donde se presta mucha atención a la relación comercial entre sus miembros, así como a su progresiva desvinculación del dólar estadounidense para transacciones, depósitos y reservas de divisas. Todos son elementos que configuran su perfil económico-financiero como alternativa al saqueo del imperio occidental.

Fundada en una cultura de intercambios basados en necesidades mutuas y desprovista de chantajes políticos, la alianza entre China y Nicaragua es un proyecto de encuentro casi natural, quizá inevitable. Desde este punto de vista Nicaragua, que se formó con la rebeldía entre los dedos, que tiene una gloriosa historia de batallas siempre ganadas, y que puede recordar con orgullo cómo no conoce la derrota y cómo la rendición está completamente ausente en su sistema metabólico, es maestra de la insumisión y de realismo utópico. Esta firma, que hace inútil cualquier amenaza de embargo, que convierte en fantasía cualquier hipótesis de aislamiento, aumenta el índice de soberanía económica y por tanto política, colocando a los países con los que Nicaragua comercia en una dimensión exclusiva de agentes comerciales, haciendo inútil cualquier hipótesis política hostil por su parte. Por tanto, no se apresuren a imitar las palabras y pensamientos de su referente nórdico, que nadie le hace caso.

Con este acuerdo, la de Nicaragua se confirma como una economía adulta, que ha superado su mayor reto, el de devolver la dignidad y los servicios a un país que llegó en 2006 de rodillas, pero que desde entonces, con el regreso del Sandinismo, liderado por su Comandante de siempre, Daniel Ortega, sólo ha conocido el signo “más” en todos los indicadores socioeconómicos, bajo el empuje propulsor de una economía socialista centrada en la guerra contra la pobreza y la restitución de derechos universales a su población.

Con las alianzas de siempre, amigos seguros y enemigos bien identificados, Nicaragua da un paso más a su crecimiento, asumiendo responsabilidades y retos referidos al país como tal y a su papel regional e internacional. Nadie quedará decepcionado.