Michael Bloomberg ya cuenta los días para despedirse de su despacho como alcalde de Nueva York. Han sido doce años agotadores. Sin apenas vacaciones. En su bolsillo ya tiene los billetes para marcharse a Hawai y Nueva Zelanda. Tienen fecha de enero, una vez que le hayan dado el relevo. Se irá a jugar al golf, uno de sus pasatiempos favoritos, mientras su sucesor se instala en la oficina del Bajo Manhattan.

Pero ¿quién puede sustituir a un hombre tan poderoso como Bloomberg -está entre los 15 más ricos de la lista Forbes- al frente de la Gran Manzana? Las encuestas no dejan lugar a dudas: será Bill de Blasio, de 52 años y criado en Masachusetts. Su rival, Joe Lhota, paradigma del sueño americano -nació en el seno de una humilde familia del Bronx- apenas se llevaría el 23% de los votos, según los sondeos previos a unas elecciones cuyo resultado se sabrá en la madrugada de este miércoles en España

El nombre de De Blasio ya denota una de las características principales de Nueva York: es nieto de inmigrantes, como muchos de sus vecinos. En la Gran Manzana casi cuatro de cada diez ciudadanos han nacido fuera de Estados Unidos, y en la ciudad conviven un 33,3% de blancos, un 25,5% de negros, un 28,6% de hispanos y un 12,7% de asiáticos

Pero es que, además, su biografía dibuja a un hombre optimista y brillante, con el carisma necesario para borrar del recuerdo a su predecesor. Y no es fácil. De Bloomberg es muy conocida su férrea lucha contra el tabaco y la obesidad, pero también se marcha con logros interesantes se mire por donde se mire: el descenso de la criminalidad (en doce años ha reducido en más de la mitad el número de asesinatos) y la reconversión de lugares abandonados y deteriorados en parques y zonas de uso público.

Hijo de un veterano de Okinawa

¿Estará Bill de Blasio a la altura? Solo el tiempo puede responder a esta pregunta. Pero a juzgar por su trayectoria tiene muchos boletos para que sea sí. Para empezar, porque De Blasio ya se ha ganado los favores del mismísimo Obama, que le ha brindado públicamente su apoyo, y eso pesa mucho. Y para continuar, por su propio discurso, progresista y dispuesto a reducir las diferencias entre ricos y pobres, algo que, se consiga o no, siempre se vende muy bien.

Todos sus pasos en política en Nueva York han discurrido por ahí, desde que en 2001 se postulara al Consejo de la Ciudad por el distrito 39, Brooklyn. Ha apoyado y promovido normas que protegieran a los inquilinos con sida, que impidieran la discriminación de las personas con bajos recursos para conseguir una vivienda, que permitieran a las parejas del mismo sexo tener los mismos beneficios legales que las heterosexuales, que facilitaran el acceso a clases de inglés a los inmigrantes con problemas para comunicarse...

Pero es que, además, De Blasio se ha forjado una imagen cercana, capaz de conquistar en las encuestas al 67% de los votantes. ¿Cómo? Para empezar porque es hijo de la propia historia del país. Sus abuelos, Giovanni y Anna emigraron de Sant'Agata de Goti, en el Benevento, al sur de Italia, a Nueva York, donde tuvieron a su hija Maria. Allí, ella, se casó con Warren Wilhelm, un oficial del Ejército, destinado al Pacífico, de ascendencia alemana y que luchó en Okinawa.

Fruto de su relación nació el 8 de mayo de 1961 Warren Wilhelm Jr., en Manhattan. Poco después, marcharon a Cambridge, Massachusetts, donde criaron al pequeño. Sin embargo, el matrimonio no duró demasiado. Con siete años, De Blasio vio marcharse de casa a su padre. Y cuando cumplió los 18 le enterró. Sufría un cáncer de pulmón incurable y se había suicidado. Cuatro años después, Billy, como le llamaban en casa, cambió su apellido por el actual: De Blasio-Wilhelm.

Ayudante del primer alcalde negro de Nueva York

El futuro alcalde de la Gran Manzana estudió en las universidades de Nueva York y Columbia, y logró su primer trabajo como becario en 1984, en el Departamento de Justicia Juvenil de la ciudad. A partir de ahí, nunca abandonó el camino de la política, en el que, además, mostró su idealismo. En 1989 visitó Nicaragua en un viaje humanitario y apoyó a los sandinistas, a quienes Reagan había declarado una guerra de desgaste apoyando a los grupos armados de la Contra. Después volvió a su ciudad natal para trabajar en una ONG dedicada a mejorar la atención sanitaria en Centroamérica e, incluso, participó en campañas de captación de dinero para el movimiento sandinista.

1990 fue el año del gran cambio para De Blasio. Colaboró en la campaña a la Alcaldía de David Dinkins, quien a la postre se convertiría en el regidor número 106 de la Gran Manzana y el primer negro en conseguirlo. Su trabajo brillante como coordinador de los voluntarios le sirvió para que después fuera nombrado ayudante en el Ayuntamiento.

Y fue ahí también donde conoció a su mujer, la militante feminista y escritora Chirlane McCray. Era 1991 y quedó fascinado con solo verla una vez. Al final consiguió una cita con ella, pero no se lo puso fácil. En mitad de la comida, la mujer, afroamericana y seis años mayor que él, le confesó algo que podía haberle hecho huir. "En 1979 publiqué un artículo en la revista Essence", le dijo. Nada grave... salvo por el hecho de que se titulaba 'Soy lesbiana'. Se casaron tres años después. "Podía haberle dicho eso de 'tengo que irme, adiós', pero me quedé", confesaba divertido hace poco el propio De Blasio, hombre fuerte de la campaña que llevó a Hillary Clinton al Senado en el año 2000.

Familia de anuncio... de Benetton

Con McGray vive en el apacible y rico barrio Park Slope. Y allí han crecido sus dos hijos: Chiara, de 18 años y Dante, de 16, a los que ha educado en colegios públicos. Además, ambos han participado activamente en su lucha por la Alcaldía y han aparecido en anuncios que trataban de hacer ver que no era "otro tipo blanco aburrido". El chico, de hecho, se ha ganado el cariño de la gente con su pelo a lo afro y su imagen fresca. Son una familia casi de anuncio de Benetton en los noventa.

Salvo catástrofe, el atlético De Blasio -mide casi dos metros y mantiene tipo fino a sus 52 años- ocupará en enero el despacho destinado al alcalde de Nueva York. Será el tercer italoamericano que lo logre tras Fiorello La Guardia (de 1934 a 1945) y Rudolph Giuliani (de 1994 a 2001). Y si cumple lo prometido en campaña, pondrá en marcha una legislatura destinada a reducir las desigualdades: "Soy un hombre de izquierdas que cree en la intervención del Estado".