Motivado por la publicación de un medio estadounidense CNBC, que ha sido totalmente antagónico en el pasado con todo lo que representa la revolución en nuestro país, que lo llevó a admitir, arrancando el mes enero que ya andamos que Nicaragua es el “país número “1” en el mundo, en el planeta, donde nuestro pueblo dice estar ‘siempre’ en paz”, hoy quiero hablar precisamente del precio de la paz porque ella indudablemente es hoy por hoy el mayor de nuestros bienes.

En la instalación de la 39 legislatura de la Asamblea Nacional, en sesión solemne, el presidente Daniel Ortega, hizo un recorrido que por razones de tiempo se quedó corto en cuanto a lo mucho que hemos hecho con tan pocos recursos, pero advirtiendo que más allá de la voluntad política para materializar esos esfuerzos de desarrollo infraestructural, crecimiento económico y beneficio social para el pueblo, sin paz nada de eso sería posible porque la paz es el camino.

No pocos medios internacionales y afamadas revistas especializadas en determinados temas han exaltado nuestros modelos para aplicar políticas de impacto profundo con incidencia integral en nuestra sociedad en todos los sentidos. Por ejemplo nos destacan en primera línea en equidad de género; nos reconocen delante de muchas potencias en el mundo en cuanto al cómo hemos logrado evitar que la pandemia nos afecte en la misma medida que lo hizo en países desarrollados y eso gracias al sistema de salud que tenemos y que además es gratuito; reconocen que somos el país de la región centroamericana con las mejores carreteras y además nos ubican como quintos en América Latina; se sorprenden porque logramos cambiar la matriz energética y tenemos energizado al país con el 99.2% de cobertura; en el istmo centroamericano nos refieren con las mejores instalaciones deportivas; productivamente somos el granero de todos nuestros vecinos en la región y de la misma manera tenemos la mejor carne de exportación y si ahora nos ubican como el pueblo número “1” en el mundo que siente que vive el paz, es gracias a los niveles de orden y seguridad en los que también tenemos mucho que decir.

¿De qué nos preciamos los nicaragüenses? Los que amamos a nuestro país de muchas cosas, pero fundamentalmente de conocer nuestra historia y creo que ahí está la clave de la república que tenemos hoy.

Aquel pensamiento de que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, es prácticamente anónimo, pero el significado que encierra es descomunalmente sabio por qué los seres humanos parecemos siempre a estar dispuestos a repetir constantemente las mismas pifias sin aprender de ellas.

La historia de los pueblos y la propia humanidad la podemos conceptuar como una industria de errores repetidos constantemente. Podemos saber lo letal y dañino de una guerra, podemos tener plena conciencia de cómo iniciarla y esto puede ser un ciclo que va y viene, pero volvemos a patinar siempre con la certeza de nunca saber cómo terminará nuestra terquedad. Así somos la mayoría en este mundo, pero menos mal que ya nosotros venimos de vuelta y que una gran verdad es que una ínfima minoría no puede ni debe esclavizar a la gran mayoría.

Observen ustedes, a propósito de la crisis económica que hoy vive el mundo, que no quisimos aprender de lo que el mundo capitalista hizo allá por 1930, la gran depresión, porque en el 2009, con diferentes matices, en esa oportunidad desde el bisne inmobiliario, el capitalismo salvaje la volvió a hacer y quien la sufrió fue el ciudadano de la calle en todo el planeta, porque las corbatas blancas, los pescuezones y banqueros que la originaron ni la sufrieron ni la pagaron y esta no fue la última porque ahora mismo la guerrita que se tiene el imperio contra Rusia, la está reeditando.

En el ámbito europeo no han sido pocos los que han intentado sin éxito sojuzgar naciones a través de crueles guerras con fines de ocupación y con costos letales para pueblos que fueron literalmente arrasados o de civilizaciones que fueron extinguidas. Así por ejemplo el “Gran Alejandro Magno” a quien la historia nos lo refiere como un super general con capa de héroe viajó por toda Asia para anexionarse un buen número de territorios. Otros como el Imperio Romano, Napoleón Bonaparte e incluso el dictador Adolf Hitler también lo intentaron, pero claro, sin éxito.

¿Por qué pasa esto? ¿Qué habita en la mente del ser humano que lo conduce tan repetida e insistentemente a darse con la misma piedra y reeditar errores pese a conocer su futilidad?

Creo que la falta de memoria histórica es la raíz para comprender el desatino de la ignorancia y digo ignorancia porque esta es carencia de conocimientos o información, a nivel general o particular y nosotros los nicaragüenses que venimos de vuelta, que tenemos plena conciencia de nuestras distancias y controversias, desde que somos nación independiente, que sabemos porque ya fuimos muchas veces a la guerra contra el invasor y sus vende patria, sabemos perfectamente la complicidad que tiene la ignorancia con aquellos que son enemigos de la paz que ahora tenemos.

Que los nicaragüenses hayamos dicho a Gallup Internacional que somos un pueblo que percibimos que efectivamente vivimos en paz y que Gallup nos haya puesto como el número “1” planetariamente hablando como pueblo que vive en paz es una patada equina al hígado de los que nos quieren envueltos en otra guerra.

“Daría la mitad de mi fortuna por un minuto de paz –dijo una vez un multimillonario” y es que sin paz se puede tener todo menos felicidad que es la búsqueda constante de la humanidad. Solo con paz somos imperturbables, es lo único que frente a los grandes retos nos puede generar la serenidad inquebrantablemente para sostenernos ante cualquier amenaza y el nicaragüense de hoy, el que ama a su país y quiere crecer junto a él, puede dar lecciones de estoicidad al más pintado porque fuimos y venimos de la guerra para establecer y defender la paz porque sabemos que ella no tiene precio.

Los hedonistas, los que en su doctrina sostienen que la finalidad humana es solo el placer en todos los sentidos, piensan que la paz es una mercancía cuyos ingredientes básicos son la seguridad y el bienestar y si entonces quieres paz ellos te venden alarmas, seguros de vida, pólizas contra robos e incendios, chequeos médicos y hasta hermosas playas solitarias dónde dicen se respira paz y eso no está mal porque pueden ser caminos sobre donde seguramente transita la paz, pero la paz que los hedonistas proclaman es la paz sin dolor y ahí es cuando difiero.

Los cristianos tenemos una visión diferente. La paz que buscamos no es ni sólo interior ni sólo exterior. No es mercancía que comprar, pues la paz no tiene precio; para nosotros la paz es un don; un regalo que Jesús da a sus discípulos: «La paz os dejo; mi paz os doy». Es algo muy íntimo, capaz de desafiar cualquier circunstancia externa y es ahí cuando indigna ver a cardenales, obispos y sacerdotes desdiciendo de la paz porque cuando luchamos por ella experimentar dolor para alcanzarla y cuando la perdemos por culpa de la ignorancia nos duele más porque ya la tuvimos.

La paz que da Jesús está tejida de fe, de confianza, de aceptación de la propia vulnerabilidad, de perdón dado y recibido, porque siendo el perdón hijo de la paz, va y viene en dos vías y aceptarlo así engendra paz porque, en el fondo, ordena el corazón: restablece equilibrios perdidos y pone de nuevo cada cosa en su lugar y eso precisamente eso es lo que venimos haciendo desde el 2007 en este país buscando a través de la paz una reconciliación que solo algunas personas no aceptan porque sus vidas son un conflicto, una guerra interna movida por odio.

Que nos reconozcan como el pueblo número “1” del mundo que se percibe viviendo en paz, en contraste con la realidad alterada y desfigurada que los mercenarios políticos tejen de Nicaragua es la satisfacción plena de estar del lado correcto de la historia porque vemos el fruto de trabajar en armonía, de vivir sin miedo al qué dirán, de sentirnos orgullosos de lo que nuestro esfuerzo, a pesar de los obstáculos, pudo lograr porque de otra manera no podría tener paz sin salud, sin educación, sin caminos, sin carreteras, sin apoyo para emprender, sin luz, sin agua, sin universidad o carreras técnicas, sin solidaridad humana, sin programas de apoyo, sin seguridad, sin orden.

Todo esto es lo que el presidente Daniel Ortega nos recuerda siempre en sus discursos porque antes no lo teníamos, porque antes vivíamos con al menos medio siglo de atraso y aunque en medio de nuestro notable crecimiento ya Nicaragua es un referente mucho más calificado incluso que grandes potencias económicas, reconocemos también que nos hace mucho y que por eso mismo nuestra principal agenda es y será siempre vigilar y cuidar la paz que tenemos.

La paz se cuida siendo celosos guardianes de ella. Durmiendo con un ojo cerrado y otro abierto. Siendo vigilantes de aquel necio que siendo cualquier chingaste de la sociedad crea que su derecho está por encima del derecho de la inmensa mayoría de los nicaragüenses. Recordemos que cuando nos llegó el 2018, por acostumbrarnos muy cómodamente a gobernar en paz, fuimos sorprendidos por ese odio encapsulado que nos agarró sobrados de confianza.

Aquello ya sabemos en qué resultó. Fue tan descomunalmente asesino que es legítimo recordarlo todos los días para no volver a vivirlo porque nos representó la muerte, el espanto, la quiebra, la distancia entre las familias y casi, casi, la destrucción total de una economía de la que siempre me pregunto; ¿y a dónde estaríamos hoy de no haber pasado aquel fallido y criminal golpe de estado?

La paz por no tener precio es más cara que todo el oro y los diamantes que en el mundo puedan existir. Nosotros la tenemos, luchamos por ella, la conquistamos y hoy no la dejamos de defender nunca.

QUE DIOS BENDIGA A NICARAGUA.