Desde hace varios años, los europeos observan con perplejidad en algunos casos, e indiferencia en la mayoría, los descalabros de José Borrell. El político catalán es "Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad": pomposidad terminológica fuera de lugar y desfasada con la que se define el papel del representante de una política exterior unitaria que no existe y de una seguridad que nunca ha existido.

En la reunión de Eurolat, un organismo multilateral de 150 parlamentarios de Europa y América Latina, el Sr. Borrell reivindicó abiertamente la colonización y la conquista. Según el Sr. PESC, el mundo está viviendo una "tormenta perfecta" que, en su opinión, requiere una recalibración de la "brújula estratégica con plena conciencia histórica". En esta tormenta, según Borrell, "no necesitamos los mapas y las rutas del pasado; como los conquistadores, debemos inventar un mundo nuevo".

La reunión de Eurolat no es las única donde se lanzó en declaraciones eurocéntricas y neocolonialistas. El pasado Octubre calificó a Europa de "jardín" y al resto del mundo de "jungla". "La selva tiene una gran capacidad de crecimiento y el muro nunca será lo suficientemente alto para proteger el jardín", había dicho, provocando la repulsa de la comunidad internacional.
Reivindicar el genocidio como ideología del nuevo mundo otorga a Borrell la Palma de Oro a la idiotez política y el Oscar a la arrogancia. Presentarse 530 años después reivindicando el mayor expolio y genocidio de la historia ante los herederos de pueblos y tierras que fueron sus víctimas, confirma también la falta de prudencia de un hombre que desde 1975 ha sido ministro de todo y líder de nada. Y indica cómo la nostalgia del franquismo ha abrazado también la del colonialismo y que son transversales a las fuerzas políticas españolas y ya no exclusivas de VOX.

A fuerza de sentir nostalgia por el siglo XV, Borrell acaba creyendo que sigue siendo una potencia colonial cuando, en cambio, Europa ha quedado reducida a un protectorado estadounidense. Una conversión completa que ha llevado a los colonizadores a ser colonizados.

¿Qué quiere la UE?

No está claro por qué América Latina y la UE serían "mutuamente necesarias", dado el insignificante volumen de los intercambios económicos y la nulidad política de la relación. Las relaciones comerciales entre la UE y América Latina se filtran a través del Mercosur, que la UE utiliza para impedir o al menos limitar la presencia de potencias comerciales mundiales que pueden alterar las estrategias comerciales latinoamericanas ya desde ahora, pero sobre todo en perspectiva.

Nada nuevo. Las políticas europeas hacia la región siempre han seguido un camino preciso que refleja una ambigüedad recurrente de la UE. Por un lado, el interés por ampliar su presencia comercial, garantizando el acceso – que quisiera sin barreras - a nuevos mercados globales, especialmente los emergentes; por otro, la protección de su mercado interior (europeo y de los Estados miembros), especialmente en determinadas categorías sensibles, como los productos agrícolas. Globalista cuando vende y proteccionista cuando compra. Un doble rasero que no funcionó en el plano comercial - por ejemplo, los Acuerdos de Asociación o los Acuerdos Globales - al que se sumó el intento (fallido) europeo de ampliar el ámbito de las relaciones con acuerdos que incluyeran cooperación política o integración regional.

Las buenas intenciones son la manta de los intereses que no rinden cuentas, y la UE no tiene tiempo que perder: desde octubre de 2021, su balanza comercial ha vuelto a ser negativa, después de más de 10 años consecutivos de importantes superávits. Puede leerse en los datos del comercio internacional el impacto negativo de las sanciones contra Moscú y las distorsiones que la guerra ruso-ucraniana está teniendo en el comercio internacional, cuyos efectos están estrechamente correlacionados con la proximidad geográfica al teatro de operaciones de la guerra.

Por tanto, está claro que Europa busca mercados donde comprar energía y redistribuir los excedentes de exportación provocados por las sanciones contra Rusia, de la cual era primer socio comercial. Después de haber perdido los recursos rusos y, con ellos, las únicas posibilidades de crecimiento con energía barata, y haber sido suplantada por Rusia y China en África, resulta que América Latina es, de hecho, el lugar donde se puede encontrar todo lo que Europa necesita; pero a la inversa, Europa es sólo uno de los varios mercados a los que el continente puede dirigir su comercio. China mueve otras piezas: ha adoptado una estrategia de promoción de programas de ayuda e inversión basados en asociaciones y acuerdos de libre comercio, 20 gobiernos latinoamericanos se han sumado a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) lanzada por Xi Jinping en octubre de 2013, y es probable que muchos más lo hagan en los próximos años. Claro que America Latina no sufre el escaso peso de Europa en sus mercados.

Hoy en día, Europa es la parte menos importante del planeta, porque con una fuerza financiera todavía sostenida pero en rápido declive, no posee ni unidad política ni militar. Borrell se cubre de ridículo cuando piensa que está trazando la línea de los conquistadores 4.0, porque Europa no está en condiciones de blandir, aconsejar, advertir o amenazar, determinar o incluso influir en las opciones de ningún país del mundo. Al mismo tiempo, no está en condiciones de avanzar sola hacia ninguno de los retos que en el plano comercial, estratégico y tecnológico miran al 2050 y no al 1900.

Loros a la derecha

Las posiciones de Borrell sólo encuentran eco en la derecha latinoamericana, que trata de superar las dinámicas nacionales para darse una dimensión continental jugando a ser segundona de Estados Unidos y España. Más que una voluntad política unida, esta alianza del latifundio parasitario latinoamericano y de la extrema derecha, con su sub-cultura malinchista y su carácter golpista, es demostración concreta del nivel de temor que tienen los Estados Unidos ante la nueva temporada en el continente. No importa que no haya el mismo contexto histórico y que algunas dinámicas sean muy diferentes, así como los protagonistas: el temor es que se regenere, aunque sea en parte, el mecanismo virtuoso de la Década de 2000 de indiferencia al Washington Consensus.

Algunos elementos parecen justificarlo: los resultados de las políticas socioeconómicas de Nicaragua, la recuperación de Venezuela, que también traerá consigo una mayor estabilidad económica para Cuba, proponen una centralidad del eje socialista latinoamericano que demuestra poder construir su horizonte indiferente a las sanciones estadounidenses y europeas. La afirmación de los modelos socioeconómicos y la integración política se muestra capaz de asumir el reto positivo que el bloque socialista latinoamericano plantea a los gobiernos de centro-izquierda del continente. La derecha internacional tiene razón al preocuparse: si el continente donde todo abunda encontrara un camino de unidad y solidaridad, pasaría a ser imposible condicionar su desarrollo como en el pasado.

Aún más patéticas son las declaraciones del señor Pesc hacia Nicaragua y Cuba, a las que el cree poder dispensar indultos a cambio de penitencias. Ni un momento de autocrítica por haber convertido a la UE en apoyo político de las operaciones de cambio de régimen de Estados Unidos en todo el mundo y por haber abrazado las sanciones USA a los gobiernos socialistas de América Latina. Pero en Nicaragua, como en Cuba y Venezuela, si la agresión estadounidense no ha triunfado, ¿cómo puede triunfar la agresión europea, mezcla de arrogancia e impotencia? Si acaso, es Nicaragua la que ofrece lecciones a Bruselas, indicando cómo sus oficinas diplomáticas no pueden prestarse a un papel activo en la organización de la oposición golpista. La UE como tal y cualquiera de sus miembros.

La arrogancia siempre ha caracterizado las intervenciones de Borrell. Pero el hecho de que en esta ocasión ningún gobierno latinoamericano haya sentido la necesidad de criticar la intervención de Borrell no debe confundirse con discreción o reverencia, sino todo lo contrario. Certifica cómo a ninguna cancillería le importa lo más mínimo lo que diga o haga José Borrell, porque la nada no tiene entorno, ni contornos, ni consecuencias.

A veces los personajes se vuelven simbióticos con sus misiones. El caso de Borrell es uno de ellos: un político decadente y sin ningún peso actúa como portavoz de un continente decadente sin ningún papel.