Un autor incrédulo, considerado el padre intelectual del humanismo ateo, al escribir su obra insignia “La esencia del cristianismo”, dijo con mucho tino que para “poder estimar el cristianismo como objeto digno de consideración”, debió prescindir de su expresión “disoluta y sin carácter, cómodo, literario, versátil…”, y remitirse a su época clásica.

Y por clásico, señala Ludwig Feuerbach, se refiere a los tiempos en que “la novia de Cristo era todavía virgen, casta e inmaculada, que aún no había entretejido en la corona de espinas de su novio celeste, los mirtos y rosas de la Venus pagana, para no desmayarse ante el aspecto de un dios torturado; tiempo en que ella, pobre por cierto en tesoros terrestres, se sentía sin embargo, sumamente rica y feliz en el goce de los secretos de un amor sobrenatural”.

El 28 de septiembre de 1569, Casiodoro de Reina tradujo la Biblia al español, de sus idiomas originales, arameo, hebreo y griego. Lamentablemente, ninguno de los conquistadores españoles, en los 77 años que mediaron entre la llegada de Colón hasta la publicación de las Sagradas Escrituras en castellano, tuvieron acceso al Libro.

Tampoco hubo preocupación eclesiástica para instruir en esos días a los europeos que asolarían el nuevo continente. Las excepciones a la regla de aquellas carabelas de exterminio masivo fueron Bartolomé de Las Casas y José Antonio Valdivieso, y algunos muy contados frailes. Los clérigos y las monjas, en su mayoría, eran hombres y mujeres que habían llegado a los conventos huyendo de la miseria para colmarse de bienes.

Quienes vinieron a América para reducir a los pueblos originarios no fueron los fieles de aquella iglesia clásica que Feuerbach, ateniéndose a los escritores apostólicos, define como “virgen, casta e inmaculada. No, eran los devotos de los antiguos “altares vencidos” – al decir del francés Chateaubriand-- que ahora por calculada alquimia religiosa, contaminaban con toda su codicia y ocultos etcéteras el altar triunfante

Su aparato de conquista, dominio y colonización, contaba con la principal arma, más allá de la espada y la pólvora, los caballos y la barbarie: el oscurantismo. No se predicó a los pobladores de Abya Yala, propietarios de las inmensas riquezas, bosques, tierras, ríos, oro, plata, piedras preciosas…, al Dios Vivo y Verdadero, al Dios Libertador de la Biblia, sino la alienación de sus conciencias.

Millones murieron sin saber que el Altísimo revelado por la Biblia no bendice las cadenas ni confunde el incienso con la pestilente injusticia que promueve el Bajísimo.

En abril de 1523, cuando faltaban 46 años para que Casiodoro de Reina tradujera la Biblia al idioma de Gil González, este que seguramente nunca había leído el Libro ni en latín ni mucho menos en griego, iba desesperado a “salvar las almas de los infieles”.

A la conquista le “debemos” que el 10 de junio de 1537, Paulo III nos extendiera con mucha reserva la Bula Sublimes Deus, que nos “acreditaba” como seres humanos. La prueba, entonces, de que alguien era una persona es que debía reírse.

El Papa tardó mucho en documentarnos como gente, porque era raro ver a un indio sonriendo. ¿Y cómo iba hacerlo? Si los “beatos” europeos que se llevaban a los naturales a Perú, encadenados del cuello, miraban que una de sus mercancías humanas se atrevía a cansarse en el camino, le cortaba la cabeza para no perder tiempo quitándole la argolla.

La Palabra no es la Voz del Amo

En vez de enseñar la Palabra, se oyó La Voz del Amo que nuestros ancestros no aceptaron y que provocó innumerables rebeliones, pero en 300 años se terminó esculpiendo, en el inconsciente colectivo, una cultura del sometimiento con telón de fondo medieval. En vez del cuello, quedaban mentes encadenadas.

Con los capitanes de conquista y resto de peninsulares se inauguraron las exportaciones de la Edad Media ibérica más atrasada, aunque suene a pleonasmo, que llegaron a nuestro continente. Como si faltara hundir más a España, los Reyes Católicos expulsaron el conocimiento, la ciencia y la industria que abanderaban judíos y árabes, lo que harían luego --- para concluir sus “doctorados” --- con las cultas civilizaciones Maya y Azteca. En su lugar, terminaron de rematar lo que sería el destino de América: instituyeron la Santa Inquisición.

Si antes el polo de poder fue la Corona Española que nos “catequizó”, la nueva potencia nos “iluminaría” en el siglo XX con su versión anglosajona de Cristo: igual que la Doctrina Monroe, también “Dios para los americanos”.

Oleadas de misioneros norteamericanos enseñaron un mensaje que castraba lo mejor de la fe, impulsando su propia teología del sometimiento, apuntalado por un evangelio fundamentalista, y prometiendo el fuego eterno para los que participaran en los movimientos de liberación como el FSLN.

Mientras en Latinoamérica manipulaban tenebrosamente el texto “Mi reino no es de este mundo”, los “profetas” más beligerantes del llamado Cinturón Bíblico de los Estados Unidos (Bible Belt) ponían a sus políticos en el Congreso, a sus ungidos en la Casa Blanca y sus bendecidas intervenciones en Nicaragua, Cuba, Guatemala y Chile.

El puritano Calvin Coolidge, trigésimo Presidente de los Estados Unidos y el primero que instaló un árbol de Navidad en la Casa Blanca en 1923, extendió su explosiva tradición a los pinares de El Chipote, Murra, Naranjo, Quiboto y Ocotal, donde el General Sandino combatía a las tropas yanquis.

Coolidge de esta manera expresaba todo su espíritu navideño desde el cielo segoviano con sus aviones bombarderos y esta oración de regalo: “La Navidad no es un momento ni una estación del año, sino un estado de la mente. Valorar la paz y la generosidad, y tener merced, es comprender el verdadero significado de la Navidad”.

El dios de este siglo y el Dador de Vida

Al final del día, en estos siglos de absoluta hegemonía, apartando a quienes por su propia industria y tesón vieron coronados sus esfuerzos, devino el privilegio de la élite bien portada con la metrópolis, que diseñó nuestros países a la medida de sus haciendas y blasones.

Los dueños verdaderos de las tierras y tesoros de América, sobrevivientes todos, se convirtieron en mozos, pobres y desempleados, y los usurpadores en “distinguidas familias”, propietarios espurios surgidos de la noche a la mañana oscura. Nunca se vio tanta rapiña generadora de riquezas tan sucias, solo lavadas por el tiempo y legitimadas por el olvido.

Firmes convencidos de que nacieron para mandar, de que su pensamiento y su relato de la democracia sean cantados como el Himno Nacional, creen que hasta Dios está de su parte. Retorcieron el evangelio y lo descremaron de amor, justicia y solidaridad, engrasándole de suficiente lástima al desfavorecido para no poner en peligro el engranaje de la “voluntad de dios” --- el de este siglo por supuesto---, que es la perpetuidad de una minoría para disfrutar del poder y la gloria, per saecula saeculorum.

La Biblia identifica quién es el responsable del sistema perverso que nos narra la historia y aún persisten sus secuelas en América: el diablo “no viene sino para robar, matar y destruir”. Él, nos dice el reverendo Omar Duarte, “vino a robar el gozo, la paz, la alegría, la salvación y la vida”.

Quien corta los eslabones de las antiguas cadenas de opresión económica, cultural y espiritual por amor a los hombres y mujeres de su tiempo, está más cerca del Reino de Dios de lo que parece.

La Buena Nueva es que Jesús nos alienta: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. (Juan10:10)