IV
Señor Presidente, Andrés Manuel López Obrador:

Somos un país en pie de Paz.

Nuestro único destino elegible es la autodeterminación nacional, y no los hábitos agrios de la guerra.

Por eso hay sembradores de penurias, falsedades y discordias. Es su despiadado modus vivendi. Nunca aprendieron a ser nicaragüenses de cuerpo entero. Invocan la violencia y la calamidad para los demás, mientras estén a buen recaudo en el extranjero.

Estos adoran a sus “deidades” y su insepulta doctrina decimonónica, cuya acta de defunción el Secretario de Estado, John Kerry, leyó el 18 de noviembre de 2013: “La era de la Doctrina Monroe se terminó” para dar paso “a una era en que todos los países del hemisferio cooperan como iguales para mejorar la calidad de vida de sus habitantes”.

Aun así, se postran ante los ídolos de la Intervención, la Injerencia y el Neocolonialismo, y cuando pudieron, en 2018, consumaron su culto sangriento con horrendos sacrificios humanos en el altar de la sumisión.
En la reestructuración de la infamia, ahora, en saludo a Hitler, quieren sacrificar a más de 6 millones de nicaragüenses (la población total) para darle rienda a sus odios viscerales, codicias y rencores supremos, con tal de llegar al poder.

Sin embargo, hay un inmenso pueblo creyente en un solo Dios Vivo y Verdadero, Yahvé, cuyo Hijo Jesucristo, único mediador entre el Altísimo y la Humanidad, ofreció su vida por todos.
No le debemos adoración a nadie más.

Ciertamente, ya no hay justificación para derramar una sola gota de sangre, ni por pasiones religiosas, mucho menos por las intrigas y bajezas (con fondos foráneos), que es como la Real Academia Española muy bien define a los que se dedican a politiquear. Y estos, para que seamos francos, lo hacen con un inhumano fervor profano, sea “beatífico” o mundano.

Gracias también a Dios, hay cultivadores de la paz. Sembradores de armonías y porvenires formidables. Esas buenas voluntades saben lo que es ser cristiano y nicaragüense.

Señor Presidente:
Será difícil una transformación cuyo máximo transformador no escudriña los textos y contextos de los pueblos, las relaciones históricas entre los países, y ningunea a sus próceres; no escucha el Grito de Dolores y más bien lo reduce a un rito.

Latinoamérica y El Caribe no necesitan liturgias vacías, sino plena Independencia y la normada vigencia de la igualdad soberana entre los Estados.
Mire usted. La igualdad entre las naciones no es una concesión, un regalo, un gesto “generoso” del poderoso, porque me caes bien o, como dijo Franklin Delano Roosevelt, hablando de Somoza: “He may be a son of a bitch, but he's our son of a bitch”.

Las relaciones entre países son simétricas y horizontales. Y son de imperativo cumplimiento, conforme a la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional. Estos instrumentos jurídicos provienen de los poderes de la Paz y no de los de Huitzilopochtli, en su preferida advocación bélica. 

Ya no estamos en la época de Victoriano Huerta, cuando el fraile Regueras le dijo a Rubén Darío –en “Leyenda Mexicana”– que “el alma y las formas de los primitivos ídolos nos vencen”.
Y aunque algunos todavía estén complacidamente atados por los grilletes de la remunerada devoción, y otros por la resignación o la costumbre, la Carta de la ONU mandata la prohibición del uso de la fuerza en las relaciones internacionales.

El mundo ya no es, pues, el implacable Far West global de antes, que bajo las humeantes leyes de la pólvora, el plomo y ninguna amorosa razón, reducían a las naciones en despreciadas reservas indias.
Por donde lo vea, usted no está obligado a caerle bien a los colosos, sino a su patria.

Debemos recordar, señor Andrés Manuel López Obrador, por honestidad histórica, el papel relevante del México en los años 70 y 80 del siglo pasado, a tono con el apóstol Juárez. Dignos de mención, para la bienandanza de los pueblos, surgen los nombres de José López Portillo y Miguel de La Madrid.

Su política externa nunca fue para caerles en gracia a los amos de la Guerra Fría. O lo que estuviera podridamente de moda.
Se escriben en letras doradas los invaluables esfuerzos de los líderes de su Patria por contribuir con tesón, sin complejos y sin veleidades propias de buscadores de famas instantáneas, las inteligentes propuestas de soluciones negociadas, diálogo, justicia, y una paz firme y duradera.

En esos malos e intrincados tiempos, la guerra se paseaba campantemente por Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Y eso sin contar con las bases intervencionistas en Palmerola-Aguacate, Honduras, y santuarios desgraciados en la “democrática” Costa Rica, de Luis Alberto Monge y Oscar Arias, por citar dos de tantas.

Nunca México fue tan inmenso como hermano de sangre y lágrimas de Centroamérica.

Estos antecedentes de la nobleza mexicana orquestan –con sus mariachis, su música, la celebridad de sus compositores eternos, sus escritores, su Juan Rulfo y su Efraín Huerta; su arte, su cultura, su inabarcable gastronomía– los valores de Nuestra América.

Señor Presidente:

La brillante heredad de diamante, con todas sus facetas resplandecientes de gallardía, fraternidad y decoro, no puede ser empañada y desperdiciada, ya no digamos sometida a la oscuridad. No sería justo despersonalizar esa primera Patria Grande que ciertamente no nació al Sur del Río Bravo, ni el día de su investidura.

La acreditada política exterior de los Estados Unidos Mexicanos, hogar de los desterrados, de los exiliados, de los perseguidos, obedeció a la historia y la institucionalidad, a los padres de la Independencia, a la Libertad, nunca a las filias y las fobias de alguien muy cercano a Los Pinos de entonces. Era el México firme de Juárez en esos días de puertas sin aldabas para la Paz.

Magistrales cancilleres de la talla de Bernardo Sepúlveda Amor se entregaron a la inconmensurable tarea poética de poner por encima de los candentes fierros de la destrucción y la muerte, el ramo de olivo, sin atender agendas extra regionales ni subordinarse a los planes guerreristas de los halcones de Ronald Reagan.

Eran cátedras de dignidad de la tierra de José María Morelos y Pavón, frente a la política servil de algunos países. Igual que lo hizo en 1962, al no romper relaciones con Cuba, cuando quedó sola en el continente. ¡Ese es México!
El impecable magisterio de defensa del Derecho Internacional y la Soberanía de los Pueblos llevó a don Bernardo a ser, sino el padre, uno de los más indoblegables impulsores del Grupo de Contadora.

Así, con esa misión enorme de abrirse paso entre el monólogo mortífero y los fusiles, se estrenó en la arena hemisférica como Secretario de Relaciones Exteriores de México, al proponerle a Colombia, en enero de 1983, la creación de esa indispensable instancia regional para apagar los fuegos que consumían la región.
Todo ese empeño de jurista y pacifista de alto calibre construyeron una hermosa biografía que se puede leer a través de sus altas condecoraciones.

En 1984 recibió el Premio Príncipe de Asturias, concedido por el Rey Juan Carlos I de España, por su contribución a la paz en Centroamérica. Más otros galardones que hacen honor al México Grande del que ya estábamos bien acostumbrados.

De hecho, Contadora fue la matriz de los tropicales Acuerdos de Esquipulas, que desembocó en el silencio de los cañones, pero con la glacial injusticia –posterior– de despojar del Premio Nobel a otro gigante de la Paz: Vinicio Cerezo.

Y como nada es casual en este mundo, el canciller, y militante del PRI, demostró que su apellido materno no lo nombra por azar ni lo lleva de balde: es la rúbrica hereditaria del alma mexicana.
La Historia no puede borrarse, ni es un mural que se pinta al gusto de cada quien.

V
No olvide, don Andrés, quiénes fueron los peores asesinos masivos que no solo mataron a judíos, comunistas y gitanos, en ese fatídico orden (6 millones de israelitas fueron fusilados o sometidos a morir en cámaras de gases), sino que también descerrajaron a mujeres embarazadas y violaron a jovencitas, vivas o muertas.

En Nicaragua, cierta gente que se ha vendido como “sector pensante”, “políticos”, “teólogos”, que se proclaman “demócratas”, pero de membrete, estuvo detrás de las horrendas muertes de militantes sandinistas, policías y trabajadores de las alcaldías, también en ese fatídico orden, sin contar con las violaciones a mujeres.

Los subordinados de Hitler que cometieron crímenes abominables en Alemania y países invadidos, eran teólogos santulones, filósofos, escritores, historiadores, médicos cirujanos, físicos, lingüistas, juristas, antropólogos, ingenieros, economistas, químicos y otros hasta con doble doctorado. Eran los encargados de proteger la “pureza racial” aria, lo que ahora equivale a ser cancerberos de la pureza fascistoide de la “democracia”.

Las matanzas, así en Alemania como la barbarie ejecutada contra Nicaragua en 2018, no fueron perpetradas por ignorantes. Sabían bien lo que hacían, y aún, en el caso de Nicaragua, además de celebrar lo consumado con vigorosa perversidad, impunes algunos propulsan afuera su maligna narrativa para convencer a los que algo o mucho peor, cargan de los instintos de aquellos sanguinarios monstruos ilustrados.
El historiador francés Christian Ingrao llamó a esa élite de las temidas SS NAZI, “intelectuales comprometidos”. ¿Le suena familiar? ¿Cuántos crímenes fueron capaces de cometer esos “cerebros” laureados por la civilizada sociedad europea, previo a la II Guerra Mundial?

¿Acaso, señor López Obrador, es de los que todavía se creen el cuento de que alguien, por el hecho de que sea un escritor, lo que novele es la “verdad revelada”?

¿No se ha preguntado por qué esa “intelectualidad” que alguien, en CDMX tanto admira, no movió un dedo para evitar el ultraje, las violaciones, la incineración de personas hasta matarlas sádicamente?

Si no evitaron esas muertes atroces es porque, igual que los “intelectuales comprometidos” con la causa Nazi, eran sus autores, y aquí que valga la redundancia, intelectuales. Para estos “distinguidos” señores, las víctimas no eran seres humanos. Eran inferiores.

En México a esta clase de gente usted los llamaría Cártel, y no “demócratas” y “candidatos presidenciales”.
Cierto es que no decapitaron ni colgaron cadáveres en los puentes como suelen hacerlo “Los Zetas”, pero tampoco se quedaron ni se quedan atrás: torturaron, desmembraron e incineraron a ciudadanos vivos, en nombre de la “democracia”.

VI
Señor Andrés Manuel López Obrador:

Al parecer, sus fuentes de información y lectura, que debido a su alta investidura deberían ser fidedignas, objetivas y de primera mano, no lo son. Sus actos lo demuestran. Y ya que tanto llama a su embajador en Managua, más provechoso sería que solicite a las autoridades todos los videos, WhatsApp, grabaciones y tomas hechas con celulares por los mismos operadores del Golpe de Estado fallido en 2018.

Sí, que no regrese a CDMX con las manos vacías, y con “verdades” también vacías de realidad nacional.

Compruebe con elementos de convicción, y no con falacias goebbelianas, que el fascismo no es un desastroso período superado por la humanidad. Sus demonios andan sueltos, buscando a quién devorar. Usted mismo podría estar en su menú “democrático”.

Señor Presidente:
Si usted y su señora, doña Beatriz Gutiérrez Müller, sufrieran este aquelarre sangriento durante su gestión:

¿Lo celebraría como un acto cívico?

¿Se atrevería a acuartelar a la Policía durante tres meses, como lo hizo el Gobierno Sandinista, para resolver por la vía del diálogo la situación, mientras las huestes infernales, equipadas con armas de guerra, se regocijaban sometiendo a la ciudadanía mediante el terror?
¡

Por el amor de Dios! ¿Qué “dictadura” iba a tolerar una sola tarde a ese tipo de “primaverales protestas pacíficas”?

VII
Entienda esto, don Andrés:
Los nicaragüenses no apoyamos regímenes autoritarios. Sí votamos por la Democracia, que por ser obra humana no es perfecta. Y aun así, en medio del asedio, de los desembolsados planes maléficos de desestabilización, y el diario bombardeo mediático de calumnias, distorsiones y malvadas manipulaciones, constituyó un notable ascenso, contrastadas con los remedos y embelecos que soportamos en 1996 y 2001.

Las elecciones del 7 de noviembre fueron el rotundo ¡No! a los demócratas postizos.

Un ¡No! a la hiperderecha que, en nombre de banderas limpias jamás levantadas durante su paso desastroso por el poder, impusieron una letal dictadura pirómana.

Un ¡No! a los Muros contra la Libertad erizados de armas de guerra, púlpitos del Bajísimo, cámaras empresariales de algunos millonarios que agitaban el colapso de la economía, Odios No Gubernamentales con fachadas de ONG; fakes news, vandalismos, embusteros desinformes de derechos humanos avalados por una desnaturalizada CIDH, y verídicas hogueras medievales.

Las urnas refrendaron un áureo ¡Sí! a la Constitución de la República. Un ¡Sí! a la Democracia. Un ¡Sí! a la Civilización.

Don Andrés:

Los tibios, de acuerdo a la Biblia, merecen su propio lugar, y acuérdese, no es el Acapulco de aquellas noches, con manitas y estrellitas... Está en el Apocalipsis sin María Bonita.

La política exterior del PRI, del General Lázaro Cárdenas, nunca fue tibia. No estaba en su naturaleza. Hasta ahora, en vez de rastros de tibieza en el ADN de México, lo que sobra –o sobraba– es el coraje.

A veces, las pretendidas “transformaciones” provocan las peores deformaciones de la Historia.

Don Andrés Manuel López Obrador:
No “transforme” los años dorados, la herencia, el espíritu heroico del México Lindo y Querido.
Por favor.

 

Consulte aquí:  Señor Andrés Manuel López Obrador, por favor…