La triste historia de los
Internados en Canadá

Robin Philpot, Global Research, 21 de julio 2021

https://www.globalresearch.ca/sorry-history-residential-schools-canada-consequence-third-british-conquest-north-america/5750568

 

El 16 de noviembre de 1885, el gobierno de John A. MacDonald ahorcó a al dirigente pro-derechos indígenas, Louis Riel, en los cuarteles de la Policía Montada del Noroeste (actual RCMP). El ahorcamiento fue vitoreado por un Toronto dominado por las organizaciones Protestantes las llamadas Órdenes Naranjas, pero fue condenado ruidosa y masivamente en Montreal, incluso por el primer ministro de Quebec, Honoré Mercier. "Louis Riel es mi hermano", dijo ante una multitud que, según se dice, era de cerca de 50.000 personas.

El crimen de Riel fue haber intentado federar a los mestizos y a las naciones indígenas bajo un gobierno provisional que se oponía al acaparamiento de tierras y a la colonización masiva de los Territorios del Noroeste que los indígenas habían ocupado durante milenios.

Once días después, el 27 de noviembre de 1885, el mismo gobierno de MacDonald ahorcó públicamente a seis guerreros del pubelo Cree y dos del pueblo Nakota en Battleford, Saskatchewan. Se trata de Kah - Paypamahchukways (Espíritu Errante), Pah Pah-Me-Kee-Sick (Caminando por el Cielo), Manchoose (Flecha Mala), Kit-Ahwah-Ke-Ni (Hombre Miserable), Nahpase (Cuerpo de Hierro), A-Pis-Chas-Koos (Oso Pequeño), Itka (Pierna Torcida), Waywahnitch (Hombre sin Sangre).

Fuente: Red de Alfabetización del Pueblo Cree.

Esto fue el mayor ahorcamiento público de la historia de Canadá y se enterraron en una fosa común después de los juicios apresurados ante un jurado anglo-protestante y un juez llamado Charles Rouleau, que estaba flagrante parcializado ya que su casa había sido quemada durante el conflicto.

Para que el mensaje quedara claro, se obligó a los miembros de las naciones de los guerreros ahorcados a asistir a la ejecución para que nunca olvidaran. En una carta confidencial escrita siete días antes, John

A. MacDonald escribió: "Las ejecuciones deberían convencer al Hombre Rojo de que es el Hombre Blanco quien gobierna". Este mensaje llegó tras su declaración de que Louis Riel "irá a la horca, aunque todos los perros de Quebec ladren a su favor".

"La primera guerra de Canadá", como la describe Desmond Morton, fue de hecho la segunda intervención militar destinada a imponer la soberanía británica sobre los Territorios del Noroeste de Canadá. La primera ocurrió en 1870 y tenía como objetivo eliminar el primer gobierno provisional de Manitoba, también dirigido por Louis Riel.

 

Escuela Industrial de Battleford 1885 – Los estudiantes fueron convocados para presenciar una ejecución por ahorcamiento (Fuente: Red de alfabetización del pueblo Cree)

Una conquista colonial entre muchas otras

El comandante de las tropas británicas enviadas para acabar con Riel en 1870 era el mariscal Garnet Wolseley. Más que un oficial británico corriente, Wolseley fue un símbolo de la expansión global -y sangrienta - del Imperio Británico en el siglo XIX. Nombrado vizconde Sir Wolseley en 1885 por la Reina Victoria, Wolseley, antes de enfrentarse a Riel, se había ganado sus colores en la asesina represión colonial en la India en 1857 y en China en 1860, incluyendo la destrucción y el saqueo del Antiguo Palacio de Verano de Pekín, esa "maravilla del mundo", como la describió Víctor Hugo.

Después de derrotar a Riel, Wolseley fue gobernador de la Costa de Oro (actual Ghana), donde dirigió las tropas británicas que tomaron Kumase, capital del Reino Ashanti, y la arrasó; dirigió las tropas británicas para sofocar rebeliones en Egipto, en Jartum, Sudán, y en Sudáfrica.

Wolseley, ávido partidario del general eslavócrata Robert E. Lee, durante la guerra civil en Estados Unidos, sigue siendo honrado en Canadá, donde calles de Montreal-Oeste, Toronto, Thunder Bay y Winnipeg llevan su nombre, así como una ciudad de Saskatchewan... a sólo 60 kilómetros de la Primera Nación Cowessess.

En 1885, el general de división Frederick Middleton, otro oficial británico de alto rango y veterano de las guerras coloniales británicas, dirigió las tropas enviadas para aplastar la resistencia liderada por los mestizos y las Primeras Naciones. Al igual que Wolseley, Middleton fue oficial de las tropas británicas que reprimieron brutalmente el

levantamiento indio de 1857 contra la Compañía Británica de las Indias Orientales, la empresa que fue agente de la Corona del Reino Unido.

También había dirigido las tropas que reprimieron al pueblo originario maorí en Nueva Zelanda. Aplastar a los pueblos indígenas era su especialidad. Sus tropas en 1885 estaban formadas por la milicia paramilitar conocida como la Policía Montada del Noroeste, y por milicias voluntarias, en su mayoría Protestantes de Ontario. La Corona británica quería evitar así provocar al ejército más poderoso del mundo, el estadounidense, con el despliegue de tropas formalmente británicas en suelo norteamericano.

Sin comprender la naturaleza y el contexto de esta tercera conquista británica, es difícil entender lo que siguió, ya sea la imposición de los tratados de acaparamiento de tierras - llamados tímidamente "tratados numerados" -, la Ley India o la lúgubre situación actual en la que el gobierno canadiense habla de "reconciliación" mientras los líderes de las Primeras Naciones exigen justicia.

"Golpear el corazón del sistema tribal"

Una característica de todas las conquistas es que el conquistador desplegará todos los medios para asegurarse de que los pueblos conquistados no vuelvan a levantarse. Estos medios incluyen la deportación (como con los del pueblo Acadiano en 1755 en un preludio de la primera conquista), el confinamiento en reservas, la subyugación militar, la asimilación, o todo lo anterior.

El líder indígena Louis Riel habla ante el juzgado durante su proceso

Pocas personas en Canadá han olvidado el ahorcamiento de Louis Riel en 1885, pero la mayoría desconoce el ahorcamiento público de los guerreros indígenas poco después. Estos ahorcamientos son símbolos vitales para entender la historia de Canadá, pero no son más que la punta del iceberg de las políticas aplicadas por el conquistador Imperio Británico y su dominio de Canadá.

Tras las operaciones militares de Wolseley en 1870, los mestizos de Manitoba, que hasta entonces representaban cerca del 80% de la población, fueron expulsados en lo que puede describirse como pogromos. La región se vio inundada de colonos procedentes de Ontario o de las "Islas Británicas", entre ellos un gran número de Protestantes, que obtuvieron tierras que se negaban a los mestizos.

Los tratados de acaparamiento de tierras se infligieron rápidamente a las Primeras Naciones - siete tratados en seis años (1871-77) los cuales abarcaban todo el territorio que se convertiría en las provincias de Manitoba, Saskatchewan y Alberta. Se hizo saber a las Primeras Naciones que, aunque los jefes se negaran a firmar, el Gobierno canadiense procedería, les gustara o no.

En 1876 se aprobó la Ley India, que convertía a los indígenas en "tutelajes del Estado". Esta ley otorgaba a los agentes indios - y al la Policía Montada de la región - poderes sobre la vida y la muerte de miles de pueblos de las Primeras Naciones. En 1880, la política de escuelas industriales y residenciales comenzó a aplicarse seriamente.

El Comisionado de Asuntos Indios y Vicegobernador de los Territorios del Noroeste en ese momento era Edgar Dewdney, un favorito de John A. MacDonald (fue albacea del testamento de MacDonald), y un hombre "profundamente apegado al imperio y a la tradición monárquica británica", según el Dictionario de Biografías Canadiese.

Desde que fue nombrado comisario indio en 1879, Dewdney estaba decidido a "golpear el corazón del sistema tribal" abriendo rápidamente más escuelas residenciales para acabar con la agitación de las Primeras Naciones que pretendían obtener más autonomía y mejores tratados. Esta política funcionó durante muchos años.

La "pequeña lotería": "leal" o "desleal"

Unos meses después de la detención del dirigente Louis Riel, el 20 de julio de 1885, el comisario indio adjunto y antiguo agente indio de Battleford, Hayter Reed, presentó un informe con 15 puntos sobre "El futuro manejo de los indios". También proporcionó una lista de las naciones/bandas descritas como "leales" o "desleales" con detalles adicionales sobre los jefes y miembros sospechosos de haber estado involucrados de alguna manera en la Resistencia. Ese informe se convirtió en la base de la política canadiense hacia las Primeras Naciones durante los años siguientes.

En él se aborda todo: castigos ejemplares para los que se resistieran (de ahí los ahorcamientos públicos); severos castigos colectivos, incluida la privación de raciones (hambre) y otras necesidades, aplicados a todos y cada uno de los que, según los agentes indios, carecían de lealtad; confiscación de caballos, armas de fuego y herramientas entre los miembros "desleales" de una nación o banda; confinamiento en las reservas a menos que se disponga de un permiso escrito de un agente indio; todos los lazos entre los "mestizos" mestizos y otras Primeras Naciones debían ser cortados y la comunicación debía ser prohibida, aplicándose lo mismo a los "canadienses"; los indios "buenos" (leales) debían ser recompensados con un "reconocimiento sustancial" para confirmar su lealtad, los "malos y perezosos" debían perder su reserva; y más y más.

Esta "Pequeña Lotería" utilizada para controlar a las Primeras Naciones después de la resistencia encabezada por Louis Riel se parece a la utilizada con cierto éxito por la Corona británica después de la brutal represión y los ahorcamientos de los patriotas en la provincia canadiense de Quebec, ( tr. la cual tiene una mayoría de habitantes francófonos) en 1837-38. El objetivo era cooptar a cierta élite franco- canadiense mediante emolumentos políticos, recompensas, nombramientos, reconocimientos y otras migajas. Esa "Pequeña Lotería" logró hasta cierto punto transformar a los patriotas revolucionarios en colaboradores muy dóciles del nuevo régimen instaurado por los británicos.

¿Y las iglesias?

En todas las conquistas coloniales, las iglesias desempeñan un importante papel de apoyo al poder militar y político. Lo hicieron en África, en Asia, en América Latina y en América del Norte. En el caso de la Norteamérica británica, la Iglesia Espicopal siempre ha sido la favorita de la Corona, ya que el Rey o la Reina era, y es, el gobernador supremo de esa Iglesia.

El taller de carpintería de la Escuela Industrial de Battleford propiedad de la Iglesia Episcopal (alrededor de 1894)

La Iglesia Católica se sumó. Rápidamente llegó a un acuerdo con el Imperio Británico. Durante la revuelta de los patriotas en 1837-1838 en el Bajo Canadá, la Iglesia Católica apoyó a los británicos negando a los patriotas y a sus partidarios el derecho a ser enterrados en cementerios católicos, amenazó con excomulgarlos y les ordenó cumplir las instrucciones de las autoridades británicas.

Las iglesias fueron traídas para cumplir la promesa hecha por el Gobierno de Canadá y escrita en los tratados de proporcionar escuelas a las Primeras Naciones. Debían apoyar una política concebida por y para la potencia conquistadora, el Imperio Británico y su Dominio de Canadá. El Gobierno canadiense debía financiar las escuelas, pero redujo la financiación de forma constante y arbitraria y dejó que las organizaciones religiosas encontraran el mínimo necesario para seguir funcionando.

Para llenar las escuelas residenciales, era necesaria una ley que obligara a las familias indígenas a enviar a sus hijos a ellas. Canadá se obligó a ello autorizando a los agentes indios a arrebatar a los niños en edad escolar de sus familias y llevarlos a las escuelas. Si los padres se negaban, los agentes tenían la facultad de cortarles las pensiones y otras cosas. Los testimonios han revelado que los padres que se oponían a enviar a sus hijos eran amenazados con la cárcel.

La Policía Montada estaba facultada para aplicar la ley. Los testimonios recogidos son elocuentes.

"Los niños (que) fueron atraídos a barcos y aviones sin el conocimiento de los padres, a veces para no volver a ser vistos jamás. La Policía Montada uniformada arrancaba a los niños de los brazos de sus madres; muchos supervivientes describieron los camiones de ganado y los vagones de ferrocarril en los que eran arreados cada otoño. Los golpes nocturnos en las puertas y las invasiones en busca de niños fugados recuerdan a la guerra".

La amenaza de la acción policial era a menudo el medio utilizado para devolver a los niños a la escuela, "era la policía la que devolvía a los fugados a la escuela, y ahora era la amenaza de la acción policial la que impedía a un padre afligido intentar averiguar lo que le había ocurrido a su hijo" (Funk, 1993: 88). Algunos relatos se refieren a cómo la Policía Montada ayudó por la fuerza. "Rodearon las reservas para detener a los fugitivos y luego se desplazaron de puerta en puerta llevándose a los escolares por encima de la protesta de los padres y de los propios niños. Los niños eran encerrados en comisarías cercanas o en corrales para el ganado hasta que se completaba la redada, y luego eran llevados a la escuela en tren" ("El papel de la Real Policía Montada de Canadá durante el sistema de internados indios", preparado para la CVR, 2011)

En resumen, Canadá encomendó a las iglesias la responsabilidad de establecer escuelas residenciales; el gobierno las financió; sus agentes indios y su fuerza policial estaban facultados para obligar a los padres a enviar a sus hijos a las escuelas y utilizar una batería de amenazas para lograrlo.

El gobierno de Canadá tenía el poder de poner fin al sistema. Pero no lo hizo, prefiriendo mantenerlo en funcionamiento durante unos 100 años, a pesar de que sus propios funcionarios informaron plenamente al gobierno de la naturaleza criminal del sistema.

El Gobierno canadiense sabía

El Dr. P.H. Bryce fue Jefe Médico del Departamento del Interior desde 1904 hasta 1921, cuando se vio obligado a jubilarse. Era responsable de la salud de lasy los niños indígenas en las escuelas de internados. Se convirtió en un "denunciante" en 1922 al publicar un folleto titulado "La historia de un crimen nacional, un llamamiento a la justicia para los indios de Canadá, los tutelajes de la nación: Nuestros aliados en la Guerra de la Independencia: Nuestros hermanos de armas en la Gran Guerra (James Hope, 1922, Ottawa).

Pero no fue la primera información que se hizo pública. En 1907, basándose en el informe anual que presentaba a sus superiores, el periódico The Evening Citizen (ahora The Ottawa Citizen) publicó un artículo en primera página titulado: "Las escuelas ayudan a la peste blanca - Se revelan las asombrosas listas de muertos entre los indios - Absoluta desatención a las mínimas necesidades de salud".

Los informes anuales del Dr. Bryce repetían las mismas observaciones e incluían recomendaciones urgentes para las Primeras Naciones. No se hizo nada. Poco a poco se vio obligado a dejar de elaborar los informes.

La tuberculosis estaba muy extendida en esos años. En sus informes, el Dr. Bryce, que era un especialista en la lucha contra la tuberculosis, comparaba la tasa de mortalidad en ciudades como Hamilton y Ottawa (Ontario) con la de las reservas indios en el occidente del país.

Mientras que las tasas de mortalidad en las ciudades de la provincia de Ontario descendían constantemente, en las reservas, y en particular en las escuelas de internados, las tasas de mortalidad eran devastadoras, en continuo aumento. La población indígena caía en picado cada año a causa de la tuberculosis, pero cada uno de los informes del Dr. Bryce se sumprimía. Peor aún, los representantes del Departamento de Asuntos Indígenas hicieron todo lo posible para impedir que Bryce hablara en público. Por ejemplo, se le impidió hablar en la reunión anual de 1910 de la Asociación Nacional de Tuberculosis.

¿Y el papel de Quebec en esta tragedia?

Desde que se descubrieron los cuerpos de los niños en los cementerios de los internados, la gente ha planteado el papel de Quebec en la tragedia. Algunos ven un vínculo debido a la Iglesia Católica y a las órdenes religiosas con sede en Quebec. Otros señalan a los políticos o funcionarios quebequenses que participaron en la toma de decisiones del gobierno canadiense o de las autoridades británicas o en la aplicación de estas políticas. Algunos se refieren a los dos batallones francófonos de la ciudad de Quebec enviados al Oeste en 1885.

En la medida en que los individuos, los miembros de los partidos políticos o las instituciones se adhirieron al orden británico establecido en Canadá a raíz de las dos primeras conquistas militares y en el impulso imperial y colonial británico hacia el oeste, es evidente que tienen cierta responsabilidad.

Pero los quebequenses y los franco-canadienses han desafiado con frecuencia ese orden a lo largo de la historia de Canadá.

Por ejemplo, en la Declaración de Independencia del Bajo Canadá escrita en 1838 por el patriota Robert Nelson, se afirma en el tercer artículo "Que bajo el gobierno libre del Bajo Canadá, todos los ciudadanos tendrán los mismos derechos; los indios dejarán de estar sujetos a cualquier tipo de inhabilitación civil, y disfrutarán de los mismos derechos que los demás ciudadanos del estado del Bajo Canadá".

Lo mismo ocurre con la Iglesia Católica, que ha sido cuestionada constantemente. Las autoridades británicas -y canadienses- promovieron la Iglesia Católica, sobre todo a raíz de la revuelta patriota de 1837-38. Juntos esperaban suprimir las ideas revolucionarias republicanas inspiradas en Francia.

En cuanto a los dos batallones francófonos bajo el mando del general de división Middleton enviados para acabar con la resistencia en 1885, los británicos mostraron una vez más su verdadera cara.

Consideraron que no se podía confiar en estas tropas francófonas para luchar contra los mestizos francófonos y Riel, por lo que las enviaron lejos del combate en Alberta.

Las tropas de Quebec aprendieron rápidamente que eran, y serían siempre, miembros de segunda clase de las instituciones establecidas en la Norteamérica británica (Canadá). Esta historia se repetiría una y otra vez.

Hacer de Canadá un país inglés

Tras la conquista militar del Oeste en 1870 y 1885, que permitió al Dominio Británico de Canadá imponer su soberanía, eliminó la lengua y la cultura francesas con casi tanto celo como el desplegado para eliminar las lenguas y culturas indígenas.

En 1890, la provincia de Manitoba suprimió el francés como lengua oficial y poco después prohibió el uso del francés en las escuelas. (Gabrielle Roy, que nació en Saint-Boniface, Manitoba, recuerda en su ibro "Encanto y Tristeza" cómo las monjas francófonas de su escuela católica les enseñaban en inglés, pero a veces sacaban a escondidas libros en francés, fuera de la vista de los celosos inspectores del gobierno).

Saskatchewan y Alberta se convirtieron en provincias de Canadá en 1905, pero se eliminó el estatus bilingüe que se había aplicado a los Territorios del Noroeste. Unos años más tarde, se prohibió el uso del francés en el gobierno, en los tribunales y en las escuelas.

Todo lo viejo vuelve a ser nuevo

En su lucha contra el Imperio Británico, las Primeras Naciones de Canadá y los métis (mestizos) no estaban solos; los franco-canadienses/quebequenses tampoco. Eran pueblos que representaban obstáculos que las potencias europeas, empeñadas en expandir sus imperios por el mundo, debían eliminar. En ese sentido, eran aliados objetivos de los chinos, los pueblos de la India y de otros países del sur de Asia, los maoríes de Nueva Zelanda, los pueblos indígenas de Australia y Estados Unidos y los pueblos de África.

Ciento cincuenta años después, las mismas potencias europeas y norteamericanas, incluido Canadá, intentan restaurar su hegemonía en estos mismos lugares, aunque encuentran una vigorosa resistencia en todo el mundo. Los métodos utilizados incluyen dar lecciones a estos países sobre derechos humanos, aplicar sanciones asesinas y amenazar con bombardear e intervenir militarmente en cualquier país que prefiera la independencia política y económica a la hegemonía de las grandes potencias.

Hoy, como en el pasado, estas potencias no tienen ni el derecho ni la autoridad moral para hacer lo que están haciendo, pero eso no las detendrá.

Una de las lecciones que hay que retener de la triste historia de los internados en Canadá es que nuestra solidaridad debe significar también que no nos dejaremos arrastrar por los impulsos imperialistas contra otros países y pueblos del mundo.

Fuentes

Bryce, P.H. The Story of A National Crime, An Appeal for Justices to the Indians of Canada, The Wards of the Nation: Our Allies in the Revolutionary War: Our Brothers-in-Arms in the Great War. James Hope, 1922.

Dictionnaire biographique du Canada.

Hay, Travis, Blackstock, Cindy, and Kirlew, Michael. Dr. Peter Bryce (1853-1932): whistleblower on residential schools, CMAJ, 2 March, 2020.

Kelly, Stéphane. La petite loterie. Comment la Couronne a obtenu la collaboration du Canada français après 1837, Les éditions du Boréal, 1997.

LeBeuf, Marcel-Eugène. Au nom de la GRC. Le rôle de la Gendarmerie royales du Canada sous le régime des pensionnats indiens, rapport réalisé dans le cadre de la CVR, 2011

Momudu, Samuel. « The Anglo-Ashanti Wars (1823-1900). Black Past. 24 mars 2018.

Morton, Desmond. A Military History of Canada, From Champlain to Kosovo, Fourth Edition. M&S, 1999.

Ogg, Arden. An infamous anniversary: 130 years since Canada’s Largest Mass Hanging 27 November 1885. Cree Literacy Network.

Reed, Hayter. Memorandum for the Hon(ourable) the Indian Commissioner Relative to the Future Management of the Indians.

Stonechild, Blair; Waiser, Bill. Loyal Till Death, Indians and the North-West Rebellion. Fifth House Publishers, 2010

Wolseley, Garnet. “General Lee”. Lee Family Digital Archive.

VERSIÓN EN INGLÉS

Indigenous Peoples

The Sorry History of Residential Schools in Canada

By Robin Philpot | Mondialisation

from Global Research

Wednesday, Jul 21, 2021

The First Nations of Manitoba chose the right target when they toppled the statue of Queen Victoria in front of the Mani-toba Legislature following discovery of the graves of more than 1000 indigenous children around three residential schools. Their action rang bells around the world because what was inflicted upon them in Victoria’s name was also inflicted upon other peoples, often at the same time and at the hands of the same British troops: military con-quest, bloody repression, massive settler invasions, and racist domination.

The first burial at the Cowessess First Nation cemetery, where 751 graves of young indigenous residents were discovered, occurred in 1885. That was the year of the famous Conference of Berlin at which European powers met to divvy up Africa before they scrambled to colonize it.

1885 is also a watershed year in the history of the British Empire and its new Dominion, British North America, or Canada. It was the year that Empire sealed its third conquest in North America, after the conquest of Quebec in 1759-60 (also known as the Seven Year War or the French and Indian War), and the brutal repression of the Patriots Revolt in 1837-38, which was the equivalent of another conquest.

On November 16, 1885, the John A. MacDonald government hanged Louis Riel in the quarters North-West Mounted Police (now the RCMP). The hanging was cheered on by an Orange-Order-dominated Toronto, but was loudly and massively condemned in Montreal, including by Quebec Premier Honoré Mercier. “Louis Riel is my brother,” he said before a crowd said to be close to 50,000.

Riel’s crime was to have tried to federate the Métis and the Indigenous nations under a provisional government opposed to the land grab and massive settling of the North-West Territories that the Indigenous people had occupied for millennia.

Eleven days later, on November 27, 1885, the same MacDonald Government publicly hanged six Cree and two Nakota warriors at Battleford, Saskatchewan. They are Kah – Paypamahchukways (Wandering Spirit), Pah Pah-Me-Kee-Sick (Walking the Sky), Manchoose (Bad Arrow), Kit-Ahwah-Ke-Ni (Miserable Man), Nahpase (Iron Body), A-Pis-Chas-Koos (Little Bear), Itka (Crooked Leg), Waywahnitch (Man Without Blood).

Source: Cree Literacy Network

The largest public hanging in the history of Canada and burial in a common grave followed on hasty trials before an Anglo-Protestant Jury and a judge by the name of Charles Rouleau, who was in flagrant conflict of interest: his house had been burnt during the conflict.

To make the message clear, members of the hanged warriors’ nations were forced to attend so that they would never forget. In a confidential letter written seven days earlier, John A. MacDonald wrote: “The executions ought to convince the Red Man that the White Man governs. This message came in the wake of his declaration that Louis Riel “shall hang, even though all dogs in Quebec bark in his favour“Canada’s first war,” as Desmond Morton describes it, was in fact the second military intervention aimed at imposing British sovereignty over the North-West Territories. The first occurred in 1870 and was aimed to eliminate the first provisional government of Manitoba, also led by Louis Riel. 

A colonial conquest among many

The commander of British Troops sent to put down Riel in 1870 was Marshal Garnet Wolseley. More than a run-of-the-mill British officer, Wolseley was a symbol of the planetary—and bloody—expansion of the British Empire in the 19th century. Named Viscount Sir Wolseley in 1885 by Queen Victoria, Wolseley, before confronting Riel, had earned his colours in the murderous colonial repression in India in 1857 and in China in 1860, including the destruction and looting of the Old Summer Palace in Peking, that “wonder of the world,” as Victor Hugo described it.

After Riel, as Governor of the Gold Coast (now Ghana), he headed the British troops that took Kumase, capital city of the Ashanti Kingdom, and he razed it; he led British troops to put down rebellions in Egypt, in Khartoum and in South Africa. Wolseley, an avid supporter of the slavocracy general Robert E. Lee, is still honoured in Canada where streets in Montreal-West, Toronto, Thunder Bay, and Winnipeg bear his name as well as a town in Saskatchewan … just 60 kilometers away from the Cowessess First Nation.

In 1885, Major-General Frederick Middleton, another senior British officer and veteran of British colonial wars, headed the troops sent to crush the resistance led by the Métis and the First Nations. Like Wolseley, Middleton was an officer with the British Troops that brutally repressed the Indian uprising in 1857 against the Crown’s agent, the British East India Company. He had also led troops to put down the Maoris in New Zealand. Crushing Indigenous peoples was is specialty. His troops in 1885 consisted of the paramilitary militia known as the North-West Mounted Police, and volunteer militias, mostly Orangemen from Ontario. The British Crown wanted to avoid provoking the most powerful army in the world, the US army, by deploying formally British troops.

Without understanding the nature and context of this third British conquest, it is difficult to understand what followed, be it the imposition of the land-grab treaties—coyly referred to as “numbered treaties—the Indian Act or today’s dismal situation in which the Canadian government talks of “reconciliation” while First Nations’ leader demand justice.

“Strike at the heart of the tribal system”

A characteristic of all conquests is that the conqueror will deploy all means to ensure the conquered peoples don’t rise again. These include deportation (as with the Acadians in 1755 in a prelude to the first conquest), confinement to reserves, subjugation, assimilation, or all of the former.

Few have forgotten the hanging of Louis Riel in 1885, but most are unaware of the public hanging of the Indigenous warriors. These hangings are vital symbols in understanding the history of Canada, but they are but the tip of the iceberg of policies implemented by the conquering British Empire and its dominion of Canada.

Following Wolseley’s military operations in 1870, the Métis of Manitoba, who until then accounted for about 80 percent of the population, were chased away in what can be described as pogroms. The region was flooded with settlers from Ontario or the “British Isles,” including a large number of Orangemen, who obtained land that was refused to Métis. The land-grab treaties were rapidly inflicted on the First Nations—seven treaties in six years (1871-77) covering the entire territory that was to become Manitoba, Saskatchewan and Alberta—. First nations were made to know that even if the Chiefs refused to sign, the Canadian Government would proceed whether they liked it or not.

The Indian Act was adopted in 1876 thereby making the Indigenous people “wards of the state.” This Act invested the Indian Agents—and the NWMP—with powers over the life and death over thousands of First Nations peoples. In 1880, the industrial and residential school policy began to be implemented seriously.

The Commissioner of Indian Affairs and Lieutenant Governor of the North-West Territories at the time was Edgar Dewdney, a favourite of John A. MacDonald’s (he was an executor of MacDonald’s will), and a man “profoundly attached to the empire and the British monarchical tradition,” according to the Dictionary of Canadian Biography.

From the time he was appointed Indian Commissioner in 1879, Dewdney was determined to “strike at the heart of the tribal system” by quickly opening more residential schools so as to put an end to the agitation of First Nations aimed at gaining more autonomy and improved treaties. This policy worked for many years.

The “Little Lottery”: “loyal” or “disloyal“

A few months after Riel was arrested, on July 20, 1885, the Assistant Indian Commissioner and former Indian Agent of Battleford, Hayter Reed, submitted a report with 15 points on “The Future Management of Indians.” He also provided a list of the nations/bands described either as “loyal” or “disloyal” with additional details about the chiefs and members suspected to have been involved in some way in the Resistance. That report became the basis of Canadian policy towards the First Nations for years to come.

It touches on everything: exemplary punishment of those who resisted (whence the public hangings); severe collective punishment, including privation of rations (starvation) and other necessities, applied to any and all who, according to the Indian agents, lacked loyalty; confiscation of horses, firearms and tools among those “disloyal” members of a nation or band; confinement to reserves unless in possession of written permission from an Indian agent; all ties between the Métis “Half-breeds” and other First Nations were to be severed and communication was to be forbidden, with the same being applied to “Canadians;” the “good” Indians (loyal) were to be rewarded with “substantial recognition” to confirm their loyalty, the “bad and lazy” ones were to lose their reserve; and more and more.

This “Little Lottery” used to control the First Nations after the Riel-led resistance resembles the one used with some success by the British Crown after the brutal repression and hangings of the Patriots in Quebec in 1837-38. The goal was to coopt a certain French-Canadian elite by using political emoluments, rewards, nominations, recognition and other crumbs. That “Little Lottery” succeeded to a certain extent in transforming revolutionary Patriots into very tame collaborators of the new regime set up by the British.

What about the churches?

In all colonial conquests, churches play an important rolin support of the military and political power. They did so in Africa, in Asia, in Latin America and in North America. In the case of British North America, the Anglican Church has always been the Crown’s favourite, as the king or queen was, and is, the Supreme Governor of that Church.

The Catholic Church joined in. It quickly reached an agreement with the British Empire. During the Patriot’s Revolt in 1837-1838 in Lower Canada, the Catholic Church supported the British by refusing Patriots and their supporters the right to be buried in Catholic cemeteries, threatened to excommunicate them, and ordered them to comply with the instructions of the British authorities.

The churches were brought in to keep the promise made by the Government of Canada and written in the treaties to provide schools to the First Nations. They were to support a policy devised by and for the conquering power, the British Empire and its Dominion of Canada. The Canadian Government was to fund the schools, but it steadily and arbitrarily reduced funding and left it up to the religious organizations to find the minimum required to keep operating.

To fill the residential schools, a law was required to force the Indigenous families to send their children to them. Canada obliged by authorizing the Indian agents to take any school age children from their families and put them in the schools. If parents refused, the agents had the power to cut off their annuities and more. Testimony has revealed that parents who opposed sending their children were threatened with prison.

The NWMP (now the RCMP) was empowered implement the law. Testimony gathered is eloquent.

“children (who) were lured onto boats and planes without parental knowledge, sometimes never to be seen again. Uniformed RCMP pulled children from their mother’s arms; many survivors described the cattle trucks and railroad cars into which they were herded each fall. Night time knocks on the doors and invasions in search of runaway children are reminiscent of war.”

The threat of police action was often the means used to return the children to school, “it was the police who brought the runaways back to school, and now it was the threat of police action which stopped a grieving father from trying to find out what had happened to his son” (Funk, 1993: 88). Some accounts refer to how the RCMP assisted by force. “They encircled reserves to stop runaways then moved from door to door taking school children over the protest of parents and children themselves. Children were locked up in nearby police stations or cattle pens until the round up was complete, then taken to school by train” (The Role of the Royal Canadian Mounted Police During the Indian Residential School System, prepared for the TRC, 2011)

In short, Canada entrusted the churches with the responsibility to establish residential schools; the government funded them; its Indian agents and its police force were empowered to force parents to send their children to the schools and use a battery of threats.

Canada had the power to put an end to the system. But it didn’t, preferring to keep it operating for some 100 years, even though its own civil servants fully informed the government of the criminal nature of the system.

The Canadian Government knew

Dr. P.H. Bryce was Chief Medical Officer of the Department of the Interior from 1904 until 1921, when he was forced to retire. He was responsible for the health of Indigenous children in the residential schools. He became a “whistle-blower” in 1922 by publishing a booklet titled, “The Story of A National Crime, An Appeal for Justices to the Indians of Canada, The Wards of the Nation: Our Allies in the Revolutionary War: Our Brothers-in-Arms in the Great War (James Hope, 1922, Ottawa).

But it was not the first information that became public. In 1907, based on the annual report he submitted to his superiors, The Evening Citizen (now The Ottawa Citizen) ran a front-page article titled, “Schools Aid White Plague — Startling Death Rolls Revealed Among Indians — Absolute Inattention to the Bare Necessities of Health.”

Dr. Bryce’s annual reports repeated the same observations and included urgent recommendations for the First Nations. Nothing was done. Slowl he was forced to stop producing the reports.

Tuberculosis was rampant in those years. In his reports, Dr. Bryce, who was a specialist in fighting tuberculosis, compared the death rate in cities like Hamilton and Ottawa, Ontario, with those in western reserves.

Whereas death rates in the Ontario cities were constantly dropping, in the reserves, and particularly in the residential schools, the death rates were devastating, continually on the rise. The Indigenous population was plummeting each year because of tuberculosis, but each of Dr. Bryce’s reports was snuffed out. Worse yet, representatives of the Indian Affairs Department did everything possible to prevent Bryce from speaking out in public. For instance, he was prevented from speaking to the 1910 Annual Meeting of the National Tuberculosis Association.

What about Quebec’s role in this tragedy?

Since the children’s bodies were discovered in cemeteries belonging to residential schools, people have been raising Quebec’s role in the tragedy. Some see a link because of the Catholic Church and the religious orders based in Quebec. Others point to Quebec politicians or civil servants who participated in the decision-making by the Canadian government or by British authorities or in the implementation of these policies. Some refer to the two French-speaking battalions from Quebec City sent West in 1885.

Inasmuch as individuals, members of political parties or institutions bought into the British order established in Canada in the wake of the first two military conquests and in the British imperial and colonial drive westward, they obviously bear some responsibility.

But Quebecers and French-Canadians have often fiercely challenged that order throughout the history of Canada.

For instance, in the Declaration of Independence of Lower Canada written in 1838 by the Patriot Robert Nelson, it is stated in the third article: “That under the free government of Lower Canada, all citizens shall have the same rights; the Indians will cease to be subject to any kind of civil disqualification, and will enjoy the same rights as the other citizens of the state of Lower Canada.”

The same goes for the Catholic Church, which has been challenged constantly. The British—and Canadian—authorities promoted the Catholic Church, particularly in the wake of Patriot Revolt of 1837-38. Together they hoped to suppress the revolutionary republican ideas inspired by France.

As for the two French-speaking battalions under Major-general Middleton’s command sent to put down the resistance in 1885, the British showed their true colours once again. They considered that these French-speaking troops could not be trusted to fight the French-speaking Métis and Riel, so they had them sent far away from combat in Alberta. The Quebec troops quickly learned that they were, and would always be, second class members of the institutions established in British North America (Canada). This story would be repeated over and over again.

Making Canada an English country

Following the military conquest of the West in 1870 and 1885, which allowed Britain’s Dominion of Canada to impose its sovereignty, it eliminated the French language and culture with almost as much zeal as was deployed to eliminate the Indigenous languages and cultures.

In 1890, Manitoba abolished French as an official language and shortly thereafter it prohibited the use of French in schools. (Gabrielle Roy, who was born in Saint-Boniface, Manitoba, recalls in Enchantment and Sorrow how the French-speaking sisters in her Catholic school would teach them in English, but would sometimes sneak out books in French, out of sight of zealous government inspectors.)

Saskatchewan and Albert became provinces of Canada in 1905, but the bilingual status that had applied to the North-West Territories was eliminated. A few years later, use of French in government, in courts and in schools was prohibited.

Everything old is new again

In their fight against the British Empire, Canada’s First Nations and the Métis were not alone; the French-Canadians/Quebecers were not alone either. They were peoples who represented obstacles the European powers, intent on expanding their empires around the world, had to remove. In that sense, they were objective allies of the Chinese, the peoples of India and other Southern Asian countries, the Maoris of New Zeeland, the indigenous peoples of Australia and the United States, and the peoples of Africa.

One hundred fifty years later, the same European and North American powers, including Canada, are attempting to restore their hegemony in these same places, though they are meeting vigorous resistance worldwide. The methods used include lecturing these countries on human rights, applying murderous sanctions, and threatening to bomb and intervene militarily in any countries that prefer political and economic independence to the hegemony of great powers.

Today, as in the past, these powers have neither the right nor the moral authority to do what they are doing, but that will not stop them.

One lesson to be retained from the sorry history of residential schools in Canada is that our solidarity must also mean that we will not allow ourselves to be dragged into imperialist drives against other countries and peoples in the world.

Sources

Bryce, P.H. The Story of A National Crime, An Appeal for Justices to the Indians of Canada, The Wards of the Nation: Our Allies in the Revolutionary War: Our Brothers-in-Arms in the Great War. James Hope, 1922.

Dictionnaire biographique du Canada.

Hay, Travis, Blackstock, Cindy, and Kirlew, Michael. Dr. Peter Bryce (1853-1932): whistleblower on residential schools, CMAJ, 2 March, 2020.

Kelly, Stéphane. La petite loterie. Comment la Couronne a obtenu la collaboration du Canada français après 1837, Les éditions du Boréal, 1997.

LeBeuf, Marcel-Eugène. Au nom de la GRC. Le rôle de la Gendarmerie royales du Canada sous le régime des pensionnats indiens, rapport réalisé dans le cadre de la CVR, 2011

Momudu, Samuel. « The Anglo-Ashanti Wars (1823-1900). Black Past. 24 mars 2018.

Morton, Desmond. A Military History of Canada, From Champlain to Kosovo, Fourth Edition. M&S, 1999.

Ogg, Arden. An infamous anniversary: 130 years since Canada’s Largest Mass Hanging 27 November 1885. Cree Literacy Network.

Reed, Hayter. Memorandum for the Hon(ourable) the Indian Commissioner Relative to the Future Management of the Indians.

Stonechild, Blair; Waiser, Bill. Loyal Till Death, Indians and the North-West Rebellion. Fifth House Publishers, 2010

Wolseley, Garnet. “General Lee”. Lee Family Digital Archive.

Featured image: Cairn erected in 1975 marking the Battleford Industrial School cemetery (CC BY-SA 4.0)