Al igual que en 2018, Nicaragua vuelve a ser objeto del tipo de una masiva cobertura informativa internacional de mala fe y del tipo de manipulación psicológica  que se ha asociado más recientemente con las ofensivas de Estados Unidos y sus gobiernos aliados contra Bolivia, Cuba, Irán, Siria y Venezuela. En el caso de Nicaragua, la actual ofensiva tiene como objetivo influir en las elecciones del país previstas para el próximo 7 de noviembre. Actualmente, todas las encuestas de opinión indican que, en caso de que el presidente Daniel Ortega se presente de nuevo a las elecciones, él y su partido FSLN ganarán fácilmente con más del 60% de apoyo frente a alrededor del 20% de la oposición de la oposición de derecha en el país.

La campaña internacional contra el gobierno sandinista de Nicaragua tiene la clara intención de propiciar medidas económicas coercitivas punitivas por parte de los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea, con el fin de influir en la opinión de los votantes en esas elecciones de noviembre contra el presidente Ortega y el FSLN. En este momento, la principal acusación falsa es que "Ortega" ha encarcelado injustamente a más de veinte líderes de la oposición, entre ellos varios candidatos presidenciales. Todos los intentos de Estados Unidos por derrocar a los gobiernos que se resisten a los dictados de Estados Unidos y sus aliados dependen de este tipo de gran mentira. La gran mentira estándar es que los gobiernos en la mira imperial son dictaduras impopulares y represivas. Invariablemente, la verdad es muy diferente, si no todo lo contrario.

Por ejemplo, en 2009, la gran mentira en la preparación del golpe de Estado contra el entonces presidente hondureño Manuel Zelaya fue que el referéndum propuesto de la Cuarta Urna pretendía asegurarle la reelección para imponer una dictadura. En el caso de Nicaragua, la gran mentira actual es que "Ortega" está deteniendo a los líderes de la oposición para evitar que lo derroten en las elecciones del próximo noviembre. Estas grandes mentiras sólo florecen en una cultura esencialmente fascista de gobiernos dominados por las grandes corporaciones, en la que la información veraz es sistemáticamente suprimida y sustituida por falsas creencias.

Las falsas creencias o presuposiciones típicas de Occidente son, por ejemplo, que Estados Unidos y sus aliados son una fuerza que promueve el bien en el mundo, que la cultura occidental es moralmente superior a las demás y que el capitalismo promueve resultados económicos y sociales óptimos. Estas ridículas falsas creencias son principios fundamentales de la vida intelectual occidental y del discurso de las principales figuras públicas de prestigio. Hacen posible el tipo de guerra psicológica que se desata repetidamente contra los gobiernos que se oponen a los deseos de las élites corporativas occidentales y los gobiernos que ellas controlan.

Un componente importante de la guerra psicológica occidental que moldea la dimensión moral de cualquier ofensiva de desinformación es la solidaridad de clase neocolonial con los peones imperialistas del país objetivo de la agresión imperial. Esta solidaridad neocolonial opera en variedades reaccionarias y progresistas, ambas variedades principales reclamando el monopolio occidental de la libertad, la democracia y la defensa de los derechos humanos. Ambas coinciden esencialmente en que los gobiernos que se resisten a las exigencias occidentales merecen ser cambiados de una u otra manera.

La variedad reaccionaria, que prevalece sobre todo entre las clases empresariales y financieras y los profesionales afines, insiste en abandonar el derecho internacional en favor de una intervención basada en las normas dictadas por Occidente. La variedad progresista, que prevalece sobre todo entre las organizaciones sin fines de lucro, los académicos y otros profesionales de orientación social, está de acuerdo, pero es más cautelosa en cuanto a los medios de intervención utilizados, exigiendo coartadas para satisfacer las susceptibilidades relacionadas con sus preocupaciones humanitarias y de derechos humanos. La variedad de la derecha neocolonial suele ser partidaria de una agresiva solidaridad, abierta o encubierta, con la rebelión armada de la oposición al gobierno en cuestión, mientras que la variedad progresista es partidaria de las medidas coercitivas del llamado "poder inteligente" que dan prioridad a la solidaridad neocolonial con alguna u otra versión de la sociedad civil o los movimientos populares opositores al gobierno que se requiere cambiar.

Nicaragua experimentó la primera versión derechista de la solidaridad neocolonial durante la guerra de la Contra de los años 80, cuando el presidente Reagan declaró, con más verdad de la que él mismo se imaginaba, que la campaña de narcoterrorismo dirigida por la CIA era "el equivalente moral de los Padres Fundadores". Posteriormente, desde que el partido sandinista FSLN volvió al gobierno en 2007, Nicaragua ha sufrido principalmente la versión progresista de la solidaridad neocolonial del "poder inteligente" desarrollada bajo el presidente Obama. Esa política, de apoyo a la oposición antisandinista de Nicaragua, se intensificó bajo el presidente Trump y continúa sin cambios ahora bajo "Biden".

Evidentemente, estas variedades de solidaridad neocolonial se alimentan de sus respectivas lealtades de clase y susceptibilidades ideológicas. En 2018, una masiva campaña de desinformación encubrió la extrema violencia de la oposición nicaragüense y su deliberada campaña de destrucción. Como señaló Harold Pinter en relación con la guerra de la Contra de los años 1980s, aún mientras se producía la violencia opositora de 2018, los asesinatos, la extorsión, los incendios provocados, la tortura, se hacía ver que no ocurría nada. Ahora, cuando las autoridades nicaragüenses han actuado para evitar que se repita aquella fallido intento golpista de 2018, se está llevando a cabo un furibundo asalto de guerra psicológica para ocultar la colusión traicionera de la oposición golpista con los gobiernos de Estados Unidos y de los países de la UE.

En lo que respecta a la opinión progresista y de izquierdas en general, los militantes extranjeros que apoyan a la oposición ex sandinista de Nicaragua han sido durante mucho tiempo entre los más importantes protagonistas que encubren la colaboración antidemocrática de los ex sandinistas con la intervención imperialista occidental. Incluso antes de las elecciones de 2006, las autoridades estadounidenses habían cooptado a los ex sandinistas como colaboradores. Pero cuando Daniel Ortega y el FSLN ganaron esas elecciones, y luego manejaban exitosamente la crisis de 2008-2009 y después triunfaron en las elecciones de 2011, el apoyo del gobierno de EE.UU. a la oposición política en Nicaragua pasó a promover los esfuerzos para un cambio de régimen. Dentro de Nicaragua, los ex sandinistas, desprovistos de apoyo popular, abusaron de sus redes sin fines de lucro para camuflar sus actividades de oposición política al gobierno y encubrir la acumulación de los recursos necesarios para montar el intento de golpe de Estado de 2018.

Ese sistemático subterfugio abusivo ha sido eliminado y ahora sus protagonistas han tenido que rendir cuentas. Así que ahora los partidarios extranjeros de los  ex sandinistas opositores al gobierno camuflan su defensa militante, agresiva y políticamente impulsada bajo falsas preocupaciones por los derechos humanos. En 2018, lo hicieron para encubrir la extrema violencia de los ex sandinistas durante el fallido intento de golpe de Estado. Ahora, falsamente alegan abusos de los derechos humanos para encubrir la criminalidad traicionera de los ex sandinistas colaboradores de EEUU. La falsa manipulación de la propaganda de los derechos humanos hace posible que, en Norte América y Europa y otras partes también, los defensores de la variedad progresista de la solidaridad neocolonial trabajen en paralelo con sus homólogos de la derecha. Incluso muchas figuras supuestamente de izquierdas han escrito artículos o han firmado declaraciones en apoyo a los ex sandinistas colaboradores del gobierno yanqui  y a  los aliados de la derecha de ellos. Lo hacen por tres razones principales.

En primer lugar, muchas figuras supuestamente de izquierda que ahora atacan a las autoridades nicaragüenses por defender la independencia y la soberanía de Nicaragua tienen algún grado de amistad con los ex sandinistas ahora siendo investigados, por lo que los defienden por razones esencialmente personales. En segundo lugar, es probable que muchos supuestos izquierdistas que apoyan a los ex sandinistas colaboradores del gobierno de  Estados Unidos hayan sido engañados por la masiva guerra psicológica contra Nicaragua sin molestarse en pensar dos veces y cuestionarla. Una tercera razón principal para ese tipo de solidaridad neocolonial de parte de personas que deberían saber mejor, es que temen tener problemas con sus redes de apoyo y simplemente están señalando lo virtuosos que son para evitar ser cuestionadas.

En cualquier caso, la actual situación política en Nicaragua, al igual que el fallido intento de golpe de Estado de 2018, define categóricamente dónde están las lealtades de cada uno. Las personas genuinamente comprometidas con los principios de la independencia soberana y la autodeterminación de los pueblos reconocen que las autoridades nicaragüenses están aplicando las leyes y el código penal del país para defenderlo de la intervención estadounidense que pretende derrocar al gobierno legítimo. En cambio, las personas que creen las falsas acusaciones de violación de los derechos humanos o las afirmaciones de que las actuales procesos de investigación están motivados por consideraciones electorales, están participando en el tipo de solidaridad neocolonial que se despliega regularmente para justificar otra operación más de cambio de régimen imperialista. Para cualquiera que sea lo suficientemente engañada como para dar crédito a las negaciones de los ex líderes sandinistas de su complicidad con el gobierno de Estados Unidos, esta serie de fotografías debería ayudar a desengañarles.

VERSIÓN EN INGLÉS

Nicaragua - varieties of neocolonial solidarity

Just as in 2018, Nicaragua is once again the subject of the kind of mass international bad faith news coverage and perception management more usually associated recently with US and allied government offensives against Bolivia, Cuba, Iran, Syria and Venezuela. In Nicaragua's case the current offensive is aimed at influencing the country's elections scheduled for next November 7th. Currently, all the opinion polls show that, should President Daniel Ortega stand again for election, he and his FSLN party will win easily with over 60% support against around 20% for the the country's right wing opposition.

The campaign against Nicaragua's Sandinista government is clearly intended to encourage punitive coercive economic measures from the US and European Union governments aimed at influencing voter opinion in those November elections against President Ortega and the FSLN. Right now, the main false accusation is that “Ortega” has unjustly imprisoned over twenty opposition leaders, among them several presidential candidates. All US attempts to overthrow governments resisting US and allied government dictates depend on this kind of big lie. The standard big lie is that target governments are unpopular, repressive dictatorships. Invariably, the truth is very different if not the complete opposite.

For example, in 2009, the big lie in preparation for the coup against then Honduran President Manuel Zelaya was that the proposed Fourth Ballot referendum aimed to secure him re-election so as to impose a dictatorship. In Nicaragua's case, the current big lie is that “Ortega” is arresting opposition leaders to prevent them defeating him in next November's elections. These big lies only flourish in an essentially fascist culture of corporate dominated government in which truthful information is systematically suppressed and substituted by false beliefs.

Typical Western false beliefs or presuppositions are, for example, that the US and its allies are a force for good in the world, that Western culture is morally superior to others and that capitalism promotes optimal economic and social outcomes. These ridiculous false beliefs are fundamental tenets of Western intellectual life and public discourse. They make possible the kind of psychological warfare repeatedly unleashed against governments that obstruct the wishes of Western corporate elites and the governments they own.

An important component of Western psychological warfare shaping the moral dimension of any given disinformation assault is the essentially class based solidarity with the target country's imperialist proxies. This neocolonial solidarity operates in reactionary and progressive varieties, both claiming a Western monopoly on freedom, democracy and defence of human rights. Both essentially agree that governments resisting Western demands deserve to be attacked one way or another.

The reactionary variety, prevalent mostly among the business and financial classes and related professionals, insists on abandoning international law in favour of intervention based on Western dictated rules. The progressive variety, prevalent mostly among non profit organizations, academics and other socially oriented professionals, agrees but is more diffident about the means of intervention deployed, demanding alibis to satisfy susceptibilities over humanitarian and human rights concerns. The right wing variety generally favors aggressive, overt or covert military-based solidarity with armed opposition rebellion, while the progressive variety favors smart-power coercive measures prioritizing solidarity with some version of opposition civil society or popular movements.

Nicaragua experienced the first right wing version of neocolonial solidarity during the Contra war of the 1980s when president Reagan declared, with more truth than he realized, that the CIA-run narco-terror campaign was “the moral equivalent of the founding fathers”. Subsequently, ever since the Sandinista FSLN party returned to government in 2007, Nicaragua has experienced principally the progressive version of smart power neocolonial solidarity developed under president Obama. That policy, supporting Nicaragua's anti-Sandinista opposition, intensified under president Trump and continues unchanged now under “Biden”.

Self-evidently, these varieties of neocolonial solidarity thrive on their respective class loyalties and ideological susceptibilities. In 2018, a massive disinformation campaign covered up the Nicaraguan opposition's extreme violence and their deliberate campaign of destruction. As Harold Pinter remarked in relation to the 1980s Contra War, even as the opposition violence of 2018 was happening, the murders, the extortion, the arson, the torture, it was made to seem that nothing happened. Now, when the Nicaraguan authorities have acted to preempt a repeat of that failed 2018 coup attempt, a furious psychological warfare assault is taking place to conceal the coup mongering opposition's treasonous collusion with the US and EU country governments.

As regards progressive and left wing opinion in general, militant foreign supporters of Nicaragua's ex-sandinista opposition have long been important protagonists covering up the ex.sandinistas' anti-democratic collaboration with Western imperialist intervention. Even before the 2006 elections, the US authorities had coopted ex sandinistas as collaborators. But when Daniel Ortega and FSLN won those elections, successfully managed the crisis of 2008-2009 and then triumphed in the 2011 elections, US government support for the opposition switched to promoting efforts at outright regime change. Inside Nicaragua, the ex sandinistas, devoid of popular support, abused their non profit networks to camouflage their political opposition to the government and the accumulation of resources necessary to mount the 2018 coup attempt.

That systematic abusive subterfuge has been eliminated and its protagonists held to account. So now foreign supporters of the ex sandinista opposition again cloak their militant, aggressive, politically driven advocacy under phony human rights concerns. In 2018, they did so to cover up the violent role of the ex sandinistas in the failed coup attempt. Now, they falsely allege human rights abuses to cover up ex sandinista US collaborators' treasonous criminality. The false human rights propaganda motif makes it possible for proponents of the progressive variety of neocolonial solidarity in North America, Europe and elsewhere, to work in parallel with their right wing counterparts. Even many supposedly left wing figures have written articles or signed declarations in support of the ex-Sandinista US collaborators and those people's right wing allies in Nicaragua. They do so for three main reasons.

Firstly, many supposedly left wing figures attacking the Nicaraguan authorities for defending Nicaragua's independence and sovereignty have some degree of friendship with the ex-sandinistas now under investigation, so they defend them for essentially personal reasons. Secondly, it is likely that many supposed left wingers supporting the ex Sandinista US collaborators have been duped by the massive psychological warfare assault on Nicaragua without bothering to question it. A third main reason for that kind of neocolonial solidairty from people who should know better, is that they fear alienating their support networks and are simply signaling how virtuous they are so as to avoid criticism.

In any case, the current situation, just like the 2018 coup attempt, categorically defines where everyone's loyalties lie. People genuinely committed to the principles of sovereign independence and self-determination recognize the Nicaraguan authorities are applying the country's laws and criminal code to defend the country against US intervention aimed at overthrowing the elected government. People who believe the bogus human rights accusations and claims that the current criminal investigations are driven by electoral considerations are engaging in the kind of neocolonial solidarity regularly deployed to justify yet another operation of imperialist regime change. For anyone foolish enough to credit the ex sandinista leaders denials of complicity with the US government, this series of photographs should help disabuse them of that false belief.