Hay un programa de televisión que tiene, bajo un mismo nombre, “Go Talent”, un mismo propósito, pero transmitido en diferentes países, con diferentes escenarios, con un mismo formato, en diferentes idiomas, pero con un factor común, identificar talentos donde los competidores no necesariamente tienen por nacionalidad el país desde donde se origina el show.

A mí en lo particular me tiene atrapado el “Go Talent”, de la versión española cuyas temporadas se transmiten desde Telecinco y cuando tengo tiempo para verlo, me lleno de buenas vibras, me entretengo ampliamente y recargo mis energías, sobre todo ahora en tiempos de pandemia, que nos impone auto regular nuestras actividades para no exponernos innecesariamente y contribuir así a la lucha contra este virus, al que le vamos a ganar la guerra, porque Dios primero nos concederá una segunda oportunidad para que toda la perversidad que hemos hecho contra el planeta sea totalmente depuesta.

Llegar al escenario de “Go Talent” requiere pasar por un casting riguroso que hace un filtro a través de un jurado que te califica, que de previo determina si efectivamente hay talento en los competidores que si lo llegan a pasar, es porque demostraron que lo suyo vale la pena para enfrentar a unos jueces implacables, que saben de música, danza, arte y de una infinidad de conocimientos que son los que determinan si se continua o no hacia la competencia subsiguiente y en la medida que vas pasando etapas sientes más difícil el camino a la final del programa y todo se torna más extenuante y exigente para los protagonistas del espectáculo qué, independientemente de nacionalidad, raza , edad o condición física, todos son súper estrellas que aspiran tocar el cielo.

Para ver estas presentaciones en el desarrollo de la competencia hay que tener en muchos casos un corazón a prueba de bala para que a uno no se le rompan las cuerdas más íntimas del alma y desgraciadamente no me cuento entre esos porque soy sentimentalmente frágil y fácilmente permeable cuando de por medio hay historias que te mueven el piso por la alta carga de sufrimiento humano que contiene ante la injusticia marcada en la vida de esos seres humanos que llegan a esos programa para demostrar el talento que tienen y usarlo como una llave que les abra la puerta hacia un futuro con el que solo sueñan.

Debo pensar bien que son millones, así como yo, los que vemos estos programas de “Go Talent”. En lo personal no lo veo en vivo, pero sí con toda tranquilidad y en el momento que lo desee a través de YouTube donde están subidas temporadas por temporadas y capítulos por capítulos y este fin de semana me impactó en lo profundo la presentación de una espectacular maga venezolana que me impresionó porque con una baraja hizo un recorrido de toda su vida, desde cuando nació, cómo creció, habló de su familia, de cómo perdió a su madre, posteriormente a su padre, las precariedades de su pubertad, de porque tuvo que irse de su país, qué la llevó a España, qué hace en España y así una seguidilla de eventos trascendentales que con la voz quebrada concluyó refiriendo que tuvo que tomar la decisión de marcharse porque en Venezuela no había esperanzas, ni futuro.

Esa conclusión proferida con sus ojos humedecidos me congeló el alma e igual sucedió con los que llenaban el auditorio y lo mismo pasó a los implacables jueces que unánimemente le dieron un sí y además un pase de oro que es un avance inmediato a la semifinal del evento que es difícil de lograr y que solo es posible con una presentación fuera de serie.

 

Conozco Venezuela en dos momentos. La visité en 1993, para participar de un seminario dirigido a jóvenes latinoamericanos sobre la industria petroquímica y en representación del Círculo de Periodismo Científico de Nicaragua y a finales del 2019 como parte de una delegación de periodistas del poder ciudadano en el Primer Congreso Mundial de las comunicaciones celebrado en Caracas. La Venezuela de 1993 era un país sumergido en una crisis originada por el vencimiento de sus partidos tradicionales y testigo protagónico del liderazgo emergente de Hugo Chávez Frías que en aquel momento era un preso político.

La Venezuela de 2019 era la post Chávez, la representada por una revolución en marcha y defendida por la inmensa mayoría de su pueblo, pero indiscutiblemente empobrecida por la política injerencista e invasiva de un imperio criminal que es el causante de que muchos pueblos sufran y se vean empujados a emigrar a otros países como le pasó a esa maga venezolana, Diana Díaz, que estremeció el corazón de sus coterráneos con un acto impresionante, imposible de descifrar, pero comprensible desde todo punto de vista.

Es indignante e injusto conocer cómo Venezuela siendo un país tan rico atraviese por una situación económica que ha llevado a miles de sus ciudadanos a buscar vida en otros países y es más indignante que el imperio norteamericano sea el culpable de semejante crimen, porque no es Chávez, no es Maduro, no es la revolución bolivariana que tiene a Venezuela como está, sino que el responsable es Estados Unidos, el imperio, la soberbia de la Casa Blanca, que quiere quebrar económica y moralmente a naciones que no piensan ni como Joe Biden ni como cualquiera de sus antecesores y que por tener un concepto equidistante de la democracia que quiere imponer el capitalismo salvaje, prefiere la democracia social para sus pueblos.

Vean a la Bolivia bajo la administración de Evo Morales que hasta que fue víctima del golpe de estado financiado y propiciado por el imperio a través de su sicario en la O.E.A, Luis Almagro venía creciendo a un ritmo del 8% anual, era la mejor economía de América Latina, sus estándares sociales iban al tope, nunca la sociedad étnica que es su gran componente, había sido tan incluida, hasta que apareció el más rancio fascismo y los servidores del imperio y hoy aquella próspera Bolivia que retomó su rumbo con un contra golpe de votos volvió por su autodeterminación y soberanía.

Vean la Argentina destruida por Mauricio Macri después de haberla recibido recuperada por su antecesora, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Bastaron cuatro años para que lo alcanzado por la peronista y lideresa del partido justicialista pasara a la oposición para que Macri desmantelara lo bien que iba aquella economía, sometiendo a Argentina a un endeudamiento inmisericorde con el Fondo Monetario Internacional y a un saqueo monstruoso de más de 50 mil millones de dólares que desaparecieron, que no se sabe dónde fueron a parar, que fueron despilfarrados y que tenían por fin no mejorar la vida de los argentinos, sino desmantelar toda posibilidad de que los gauchos volvieran a retomar el camino de la izquierda y en eso estaba metido el imperio que de todas formas no evitó la victoria de Alberto Fernández quien volvió a mirar a su país desde un lente profundamente social.

Vean ustedes lo que sucedió en Brasil, Lula Da Silva había catapultado a su país, Dilma Rousseff, siguió la misma senda y cuando Lula manifestó su intención de retomar el proyecto social con el que los cariocas estaban fascinados, entonces el imperio profundizó su injerencia y promovió un golpe de estado contra Rousseff a fin de crear las condiciones para que asumiera Jair Bolsonaro, un hijo de Trump, un fascista, un enfermo que desmanteló y destruyó un Brasil que estaba a la altura del primer mundo y hoy no llega ni a la pinta de una caricatura mal hecha.

Vean ustedes a la Cuba heroica, acosada a lo largo de sesenta años, con un bloqueo criminal que no tiene nombre, sobreviviendo todos los días contra la voracidad genocida del imperio que la cataloga de terrorista, que la califica de amenaza, cuando en realidad es una Cuba que anda por el mundo haciendo lo mismo que siempre la ha distinguido como es compartir su medicina, como es curar enfermos lo que es un pésimo mal ejemplo para una Casa Blanca que más bien debería pedir con humildad a la Habana ayuda para exterminar al asesino silencioso del planeta.

Vean ustedes El Salvador en las manos de Nayib Bukele que comprendió que Estados Unidos no es aliado ni amigo de nadie, que logró identificar en la O.E.A y al sicario de Luis Almagro al enemigo de los pueblos de Latinoamérica y en consecuencia al más grande traidor de nuestro hemisferio, que por donde asoma recibe los escupitazos de quienes hemos sido víctimas de sus puñales al extremo que su Secretaria General hoy nos luce pegada con chicle.

Vean ustedes México, presidido por primera vez en su historia por un político de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, con altísimas calificaciones entre sus ciudadanos, que acaba de vencer en las elecciones de medio periodo a pesar de las condiciones que le crearon para un golpe de estado suave o blando donde el imperio, metió dinero a través de la ONG para intervenir en los asuntos internos de los Aztecas lo que fue denunciado claramente por un AMLO que ya hizo historia porque está configurando poco a poco un país que nunca más volverá a ser el mismo porque está introduciendo temas sociales que a su vecino del norte no le gustan.

Finalmente veamos nosotros los nicaragüenses cómo estábamos antes del 2018 y cómo estamos ahora. Por supuesto nos estamos recuperando pero no estamos igual. El mismo imperio criminal que destruyó económicamente a Venezuela, Bolivia, Argentina, Cuba, El Salvador y México también nos empobreció y generó también una migración de connacionales que creían que estarían mejor en el mismo imperio y en Ticolandia, pero la medicina ahora la saben peor que la enfermedad porque no hay nada más triste para un ser humano que estar fuera de su patria porque en otras partes, peor si estas indocumentado, eres menos que un paria y de todo de eso el culpable es el decadente imperio norteamericano que nos agrede, y desgraciadamente, a instancias de algunos vende patria de aquí y de la gusanera de Miami, que son magos célebres que desaparecieron millonadas de dólares para la vida palaciega de terroristas que no merecen nuestra nacionalidad.

Hoy ese imperio ladra desde Washington y pretende exigir la liberación de investigados con graves presunciones de haber actuado en perjuicio del estado de Nicaragua, una como lavandera de dinero y de activos y el otro como traidor y gestor de agresiones contra el pueblo. Estas fichas que están bien guardaditas están procesadas por nuestras leyes cuya aplicabilidad es parte sustancial del Estado de Derecho que nuestras instituciones públicas están obligadas a observar por lo que poco o nada de lo que puedan berrear las más venenosas víboras del fascismo imperial podrá modificar la irrenunciable búsqueda de la verdad como vía para que la justicia se imponga en los casos que sean necesarios.

El imperio, sus sicarios y lacayos nacionales deben entender que tanto fue el cántaro al agua que al final se rompió y es que no se podía más con aquellos que de mil maneras fueron advertidos hasta que echaron la gota que derramó el barril y es que se les imaginó que aquí habría dudas a la hora de decidir no seguir poniendo la otra mejía porque si hay algo que reconocer es la sobrada tolerancia que aquí se tuvo con un oposicionismo bestializado que fue totalmente incapaz para determinar que todo tiene su límite y que creyéndose el cuento de que eran huevoncitos se les ocurrió que podían cruzar la raya las veces que quisieran. Se equivocaron, se enredaron, apostaron y jugaron mal.