Atendiendo los llamados públicos del Ministerio de Salud fui la mañana de este 8 de abril al Hospital Bertha Calderón a vacunarme contra la peste que afecta al mundo en la fase que cubre a aquellos que cumplimos los 60 años o más, que tienen afectaciones oncológicas o que tenemos padecimientos crónicos como la diabetes, hipertensión, cardiopatías u otras. 

Partiendo de lo anterior quiero testimoniar que me fue fácilmente perceptible captar en un galerón bajo techo y debidamente sentadas a más de trescientas personas, -por lo menos eso había hasta las 9 de la mañana que llegué- con la marca de la esperanza en sus rostros porque seguramente, así como yo creen que la Covishield que nos fue donada por la India más que una vacuna es un antídoto contra un veneno que está en cualquier parte y que ha reducido a la humanidad. 

Quiero resaltar el alto sentido de humanidad con el que el personal del MINSA trata a quienes llegamos a protegernos o inmunizarnos contra la peste. Vi a gente muy elegante, de apariencia muy acomodada, vi a gente pobre no tan bien vestida, pero todos atendidos y conducidos a través de un proceso donde personas muy viejitas con dificultad para caminar eran tratados con la delicadeza que requiere un infante. 

El primer paso de la experiencia que les comparto fue llegar al galerón del Bertha Calderón. Una muchacha me pidió la cédula para confirmar mi edad, comprobó que eran 60s cumplido, pero igual le dije que si me quería ver con ojos de 35 no me molestaba. Luego, tomado del brazo, ya por una enfermera, me sentaron por tan solo unos minutos en la segunda estación donde me solicitaron otra vez la cédula, me preguntaron si la dirección del documento es la misma en la que habito y sobre los padecimientos crónicos que padecía y le dije que era diabético, hipertenso y con cardiopatía. Después me dieron un papelito con la que mi amable enfermera me condujo a un módulo contiguo donde me tomaron la presión que andaba como de chavalito 120/80 y luego a sentarme junto a una amable señora que me sugirió leer la carta donde acepto voluntariamente la vacunación y de una vez el certificado de vacunación donde está el nombre de la vacuna, el lote del que viene, la fecha en que fue inoculada y por supuesto el cuándo de mi segunda dosis que será el 10 de junio en el mismo Bertha Calderón. 

Habiendo agotado estos tres primeros pasos del proceso la misma dulce enfermera, que además fue mi espontanea fotógrafa, me condujo a lo que interpreto es el auditorio del hospital donde un gélido aire acondicionado me refresco el infierno externo del que procedía. Inmediatamente me sentaron en una hilera de espera donde una señora que me identificó como visitante de la Iglesia el Verbo me comentaba que un día antes una familiar no pudo ponerse la vacuna en Estados Unidos porque no tuvo los trescientos dólares para pagarla y que en contrasta en un país pequeño y empobrecido como Nicaragua la inyección era gratis lo cual me dijo es una bendición de Dios. No pude comentar sobre la gran verdad que me decía porque inmediatamente llamó mi atención otra enfermera, creo que, de alto rango, que comenzó a explicarnos con mucha empatía, lo que significaba todo aquello, en qué escala de la fase estábamos todos los que seríamos a ser vacunados y que éramos parte de un proceso donde la voluntad era vacunar a todos aquellos que voluntariamente lo requirieran en la medida que fueran llegando al país las dosis requeridas.   

Dicho lo anterior me llevaron a otra mesa donde introdujeron mis datos al sistema de control informático y donde también recibieron la carta donde acepto voluntariamente la vacunación y acto seguido me llamaron a una de tres estaciones para ser vacunado. En lo personal me tocó una enfermera muy joven, muy pero muy guapa, con una voz muy tierna que me explicó la cantidad de líquido a aplicarme, el tipo de vacuna que me pondría, las posibles reacciones al Covishield, aunque hasta ese momento no había visto ninguna en ningún vacunado y dio todo eso me dijo que me relajara por unos minutos. Llegado el momento de la bendición, de la inoculación de la vacuna, me mostró que la jeringa estaba extrayendo el líquido, me dijo que respirara y cuando me percaté la mano del Ángel me había por fin puesto la primera dosis sin sentir ni el más mínimo dolor. 

Para finalizar me instruyó solo sostener por tres minutos el algodón sin hacer masaje alguno y pasar a un salón, también con aire acondicionado, para esperar 30 minutos de rigor que pasaron sin sentir ninguna molestia. En la espera de la luz verde para salir de esa hermosa experiencia, alguien desde afuera gritaba, evidentemente con éxtasis de júbilo, “Esto solo con el sandinismo no más, si esta pandemia nos agarra con un gobierno neo liberal aquí todos estuviéramos muertos”, una frase que tiene un profundo significado para quien sepa escuchar. 

Gente mala pretende desde algunos medios de comunicación vender miedos para que la gente independientemente de su posición política o ideológica, de credo o posición social, no vaya a los centros que están siendo destinados para esta vacunación contra el Coronavirus. De la espalda a esa campaña y acuda a protegerse o inmunizarse sin perder de vista que a pesar de ello usted debe continuar cuidándose por el bien de todos. 

Felicito al gobierno de Nicaragua por este modelo de vacunación que tenemos y por supuesto a las autoridades del MINSA y a todo su personal por la humanidad con que nos tratan porque se capta la voluntad de preservar la vida de todos los nicaragüenses. 

Es mi testimonio de esta experiencia y lo comparto agradecidamente a Dios porque todo esto es parte del gran milagro que vive Nicaragua. 

Moisés Absalón Pastora.